La historia de la familia que abrió un canal a pala entre dos ríos del Delta
Hace 130 años, los Ortiz cortaron una isla del Delta del Paraná para crear un atajo que hoy sigue siendo clave para la navegación local.


En el Delta del Paraná, a una hora de la Estación Fluvial, el canal Ortiz es un paso estratégico entre los ríos Carapachay y Caraguatá. Pero no siempre existió: fue abierto a pala y azada por una familia de isleños a fines del siglo XIX. La hazaña, que comenzó como una broma entre primos, terminó transformando la vida en la región.
Víctor Pedro Ortiz, hijo y sobrino de los primos que realizaron la obra, recordó en 2012 que en esa época no había turismo ni lanchas grandes. "Eran tiempos de selva brava y mucho trabajo", contó. La isla donde vivían tiene unos 20 kilómetros de largo por dos de ancho, y hasta entonces cruzar de un margen al otro implicaba sortear la selva o remar largas distancias para "pegar la vuelta".
Los abuelos de Don Víctor ya desmontaban pajonales a pura guadaña. Su padre y cuatro tíos crecieron allí y compraron tierras cerca del Carapachay. Un día, decidieron hacer un atajo. "Empezó en broma, pero un buen día se decidió hacer un atajo. Primos y tíos encararon el desafío con palas y azadas a la altura del giro, donde la tierra se achica", relató Ortiz. La zanja inicial tenía unos 800 metros de largo y el ancho de un bote mediano. Fueron semanas de trabajo hasta cortar la isla al medio.
Con el tiempo, el canal se agrandó con dragas a vapor y máquinas municipales, alcanzando cinco metros de ancho y tres de profundidad. Hoy, aunque su navegabilidad depende de la marea, sigue siendo un atajo vital para lanchas, canoas y kayaks. "Lo más llamativo es que, más de cien años después, el Ortiz sigue vivo y útil", afirmó Graciela Diamante, vecina y propietaria de La Morada, el único alojamiento habilitado en ese tramo del Caraguatá.
Diamante llegó a la zona en 1988 con su esposo y dos hijas. En 2005 crearon la hostería, que en 2017 recibió el Premio Tigre de Oro por su calidad turística. Hace seis años se mudaron definitivamente a la isla. "Seguimos recibiendo a huéspedes que, como nosotros, aman la naturaleza", dijo.
Otra vecina destacada es Úrsula Verna, que gestiona el reciclaje de más de 250 kilos mensuales de residuos en la zona. "Nos ocupamos del destino sostenible de materiales reutilizables que separan los vecinos", explicó. Con los plásticos recuperados del río fabrican relleno para bolsas impermeables y filamento para impresoras 3D.
El canal Ortiz, abierto a pura fuerza humana, sigue siendo un símbolo de la vida isleña. "Permitió sacar con mayor facilidad las frutas, el mimbre y otras producciones de los isleños", resumió Diamante. Hoy, navegar por él es sumergirse en un túnel vegetal donde los árboles forman un techo que apenas deja pasar los rayos de sol.
Fuente: Lanacion.
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