La vigencia de los negocios de barrio en la era digital
Un recorrido por una casa de pastas centenaria revela el valor de la proximidad y el trato humano en el comercio cotidiano.

Un local de pastas con más de un siglo de historia sigue funcionando en el mismo lugar, atendido por la tercera generación de la misma familia. El negocio, ubicado en una avenida que alguna vez fue señorial, conserva su estructura original y su estilo de atención. Una visita casual del periodista Miguel Gaya, que pasó por su viejo barrio, se convirtió en una reflexión sobre el valor de estos comercios.
El local tiene dos grandes vidrieras, una puerta doble de hierro y un interior amplio con azulejos en las paredes. La heladera de madera, típica de mediados del siglo pasado, sigue en uso, y una joven elabora fusillis a mano con un fierrito. Sobre el mostrador, un frasco de kinotos en almíbar se luce entre sorrentinos y raviolones de calabaza.
El muchacho que atendió a Gaya era la versión juvenil del hombre que lo atendía hace veinte años. Mostró la misma amabilidad distante, la misma paciencia y meticulosidad para hacer paquetes y cobrar. Incluso escribió en la caja de ravioles los minutos de cocción, un gesto que el periodista recordó con agrado. Entre la apertura del negocio y ese joven, transcurrieron tres generaciones.
Gaya afirma que le gustan los negocios de barrio, pero no por sentimentalismo. No se refiere a esos almacenes detenidos en el tiempo, que inspiran nostalgia o pena. Habla de los comercios que elige para su compra diaria, a los que llega caminando, que abren y cierran, y a veces perduran. Incluye también a las ferias municipales itinerantes, que evocan los mercados antiguos, y lamenta que se hayan perdido tantos.
Los negocios de proximidad, como se los llama ahora, tienen para él una dimensión sensata y un futuro deseable. Sin romantizarlos, le gustan porque allí uno se siente humano y es tratado como tal. No disimulan su condición comercial, no usan eufemismos con los precios y la mercancía. No piden fidelidad ni ofrecen felicidad; están para vender y uno entra para comprar, y eso es suficiente.
En ese negocio de pastas, que atendió a la misma clientela por tres generaciones, ni unos se hicieron ricos ni los otros más glamorosos. Apenas proveen lo que se necesita, sin crear necesidades, sino resolviéndolas. Para Gaya, no está mal para un intercambio honesto entre personas.
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