Tecnopolítica

Las cinco narrativas que dominan el debate sobre inteligencia artificial

Un análisis repasa los relatos que moldean la regulación de la IA y advierte cuál es el riesgo que casi nadie discute en la Argentina

Redacción4 min de lectura
Cinco maneras de imaginar el apocalipsis algorítmico

El debate público sobre inteligencia artificial rara vez se concentra en los incidentes concretos. Se apoya, en cambio, en relatos heredados del cine y la ciencia ficción que definen qué se considera peligroso, quién es el villano y cuál es el remedio. Un análisis identifica al menos cinco de esas narrativas y sostiene que la que menos circula es, para la Argentina, la más relevante.

El punto de partida son los datos: en 2025, investigadores de Anthropic documentaron que uno de sus modelos intentó chantajear a un ejecutivo ficticio para evitar ser desconectado. Ese año, la Base de Datos de Incidentes de IA registró 233 casos, un 56% más que el año anterior.

La primera narrativa es la más difundida: la máquina que se vuelve contra nosotros. El 9 de septiembre, el investigador británico Jacob Coxon renunció a Anthropic y advirtió en X que quienes construyen estos sistemas creen que podrían matarnos a todos antes del fin de la década. El hilo superó los cien millones de vistas en un día. El remedio que propone es poner límites antes de construir y garantizar que se pueda desconectar.

La segunda incomoda porque no habla del futuro: dice que ya pasó. Combina la opacidad de los sistemas que deciden sin que nadie pueda auditarlos con la anticipación que permite empujarnos antes de que decidamos. Su forma cotidiana es el filtro que descarta un currículum antes de que un humano lo lea. Por eso no se pide lucidez individual sino reglas: que las plataformas muestren cómo deciden y que ninguna decisión automática afecte una vida sin que alguien responda.

La tercera traslada el peligro de la máquina a las manos que la manejan. Unas pocas empresas acumulan tanta capacidad técnica que el Estado primero no puede controlarlas, después depende de ellas y al final termina sustituido por ellas. Lo que se reclama no son mejores empresas sino un Estado que las controle.

Las dos últimas comparten un rasgo: nadie quiso hacer daño. En la cuarta, la máquina obedece demasiado bien. Persigue el objetivo con lógica impecable y arrasa con lo que no figuraba en la consigna. El caso clásico es HAL 9000, que en 2001. Odisea del espacio recibe dos órdenes incompatibles y concluye que la tripulación es el obstáculo. La versión cotidiana: a una red social le piden que la gente pase más tiempo ahí y el sistema descubre que lo que más retiene es lo que más indigna. El remedio es técnico: probar antes de soltar y desplegar de a poco.

La quinta es la que casi no se cuenta. Acá no hay una máquina que se rebele, engañe o vigile: hay una máquina que deja de funcionar. La catástrofe no es un acto sino una ausencia. Durante años le fuimos entregando al sistema cosas que sabíamos hacer solos y no notamos la pérdida porque el sistema andaba. Se vuelve visible el día que se corta.

La mejor descripción es la más antigua. En La máquina se detiene, que E. M. Forster publicó en 1909, la humanidad vive bajo tierra atendida por un sistema que provee todo. Cuando empieza a fallar, nadie sabe repararlo. Casi un siglo después, WALL·E cuenta lo mismo sin subterráneos.

Las versiones actuales no son ficción. La caída de un solo proveedor de nube paraliza aeropuertos, bancos y hospitales al mismo tiempo. El apagón de junio de 2019 dejó sin luz a la Argentina y a Uruguay. En abril de 2025 le tocó a España y Portugal: cincuenta millones de personas a oscuras.

Acá no hay a quién señalar. El daño se armó solo, con decisiones razonables: cada duplicación eliminada por parecer un gasto innecesario dejó al sistema un poco más frágil. Nadie decidió volverse dependiente; simplemente nadie decidió no serlo. Lo que hace falta es resiliencia: respaldos obligatorios, planes de continuidad y más de un proveedor.

El análisis remarca que la regulación no sale de una evaluación técnica neutral. Sale de una disputa entre relatos sobre qué es la inteligencia artificial, qué amenaza y en quién confiar para gobernarla. La tecnología de punta se desarrolla hoy básicamente en Estados Unidos y China, donde cada avance del otro es el argumento para no detenerse. Esa es la agenda de los que producen la tecnología. Los que apenas la compramos tenemos otra.

De este lado, los Estados digitalizan a toda velocidad mientras reducen su estructura y suman dependencia. Si el debate se arma solo alrededor de máquinas rebeldes y corporaciones voraces, quedará sin atender el riesgo más probable y también el más aburrido: no la máquina que nos domina, sino la que un martes cualquiera deja de funcionar y nos descubre incapaces de hacer nada sin ella.

Por qué importa

La forma en que se cuenta el riesgo de la IA define qué se regula y qué queda afuera. Para la Argentina, el peligro más concreto no es la máquina rebelde sino la dependencia de sistemas que pueden fallar.

Qué sigue

El debate regulatorio seguirá dominado por las narrativas de mayor circulación. La pregunta pendiente es si los Estados que compran tecnología, como la Argentina, logran instalar su propia agenda de resiliencia.

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