Historia

Libreros desafiaron la censura de la dictadura con resistencia y solidaridad

Durante el terror, muchos libreros ocultaron y vendieron libros prohibidos, en un acto de valentía que marcó una época.

Redacción3 min de lectura
La heroica resistencia de los libreros para sortear la censura de la Dictadura

Durante la última dictadura cívico-militar, los libreros argentinos protagonizaron una resistencia silenciosa frente a la censura. En medio del terror y la persecución, muchos continuaron proveyendo a sus clientes de libros prohibidos, construyendo un acto de solidaridad que desafió al régimen.

El historiador y archivista Horacio Tarkus recordó cómo se las ingeniaban: “Había muchos libros prohibidos, lo que pasa es que los libreros, como no los querían tirar y se los podían confiscar, en general los recolocaban. Por ejemplo, los sacaban de los estantes de política o de marxismo, y reaparecían en filosofía o sociología”.

Tarkus explicó que títulos como Marxismo y religión, que antes estaban en el rubro marxismo, pasaban a la sección religión para evitar su destrucción. “Por supuesto que hubo librerías que fueron cerradas, pero todavía se podían encontrar cosas perdidas en Hernández”, agregó.

El mecanismo de venta clandestina requería confianza. “Cuando el librero conocía al cliente, le guardaba algún libro, se lo vendía envuelto, y le decía: ‘Llevátelo rápido’”, relató Tarkus.

Héctor Yánover, de Librería Norte, también vivió esa época. “En 1976 cambió el viento, comenzaron a desaparecer libreros que seguían vendiendo esos libros. ¿Y qué iban a hacer? ¿Destruir eso que era dinero y que les había costado sacrificios ganar? Los ponían bajo el mostrador y los vendían a escondidas”, afirmó.

Yánover contó que un distribuidor fabricó una pared falsa en su depósito para esconder los libros. “Tuvo suerte de tener amigos en la SIDE que lo ayudaron a irse del país”, señaló.

En su propia librería, Yánover tomó una decisión dramática: “Una noche junté a mis empleados en el sótano y los invité a decidir juntos el destino de muchos libros. Se trataba de sus vidas tanto como de la mía. Nombrábamos a uno por uno y entre todos sentenciábamos”.

El pulgar abajo significaba la destrucción del ejemplar. “Los restos eran depositados en esas bolsas para basura que usan los consorcios. Grandes bolsas negras, de luto, que iban apilándose hasta formar un ejército de asco y miseria”, describió. La palabra “sociología” se volvió ominosa, como en los cuentos de Lovecraft.

Osvaldo Bayer, escritor y periodista, recordó los allanamientos a las librerías de la avenida Corrientes y Callao. “Un camión lleno de soldados y con un oficial fueron, librería por librería. El oficial marcaba con el índice los libros que había que ‘liquidar’ y los soldados los tiraban a la caja del camión”, contó.

Bayer vio cómo se llevaban sus obras: Severino, los dos primeros tomos de La Patagonia Rebelde y el recién salido Los anarquistas expropiadores.

La industria del libro cayó estrepitosamente. En 1975 se habían editado 5.096 títulos con una tirada promedio de 8.086 ejemplares, totalizando 41.206.804 libros. En 1976, la cantidad de títulos creció a 6.600, pero la tirada promedio se redujo a la mitad (4.700 ejemplares), lo que significó poco más de 31 millones de libros.

Entre los ejemplares publicados ese año y luego prohibidos se encontraban El beso de la mujer araña, de Manuel Puig; Monte de Venus, de Reina Roffé; Strip-tease, de Enrique Medina; Sergio y Los cisnes, de Manuel Mujica Láinez; Los cuartos oscuros, de Carlos Gorostiza; La hora detenida, de Estela Canto; Aquí, fronteras, de Abelardo Arias; Jardín de invierno, de Fernando Sánchez Sorondo, y Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro.

Fuente: Clarín

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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