Liderazgos y desmesura: los desafíos globales del siglo XXI
La falta de mesura y el personalismo en la toma de decisiones agravan los conflictos internacionales y erosionan la cooperación multilateral.

Los mayores desafíos del siglo XXI son de orden global y ningún país, por más poderoso que sea, puede abordarlos en soledad. Así lo plantea el embajador Ricardo E. Lagorio en un análisis sobre la situación internacional actual, donde la diplomacia cede terreno a la armamentización y el personalismo en las decisiones.
En su libro Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Christopher Clark describe el período previo a la Primera Guerra Mundial como un laberinto existencial del cual la única salida es el conflicto armado. Sin querer entrar en analogías históricas, el momento actual presenta similitudes que recuerdan la frase de Mark Twain: “La historia no se repite, pero a menudo rima”.
En los últimos años, se observa una creciente “armamentización” de la diplomacia en desmedro de la acción diplomática, lo que inicia una espiral de violencia que rápidamente se transforma en ese laberinto al que se refiere Clark. Esta situación se ve agravada por el excesivo personalismo en los procesos de toma de decisión, dejando de lado los lentos pero seguros mecanismos diplomáticos de prevención y análisis.
En aras de la desburocratización, se margina el asesoramiento profesional –tanto diplomático como militar– y se privilegian los preconceptos ideológicos o las respuestas viscerales. Se recurre al diktat frente al lento proceso de negociación, que implica un complejo mecanismo de concesiones mutuas, en el que experiencia, confianza y conocimiento son cualidades fundamentales.
En apoyo de la tesis de que el uso de la fuerza prima en las relaciones internacionales, se cita una frase del “Diálogo de los melios” de Tucídides: “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Sin embargo, se obvia que en ese libro, luego de esta referencia, el autor describe la desastrosa campaña de Atenas en Sicilia, cuyo fracaso contribuyó a su derrota en manos de Esparta.
La utilización de frases descontextualizadas, el desconocimiento del pasado, la minimización de la experiencia y la reescritura de la historia forman parte cada vez más de la “caja de herramientas” de muchas diplomacias del mundo.
Difícilmente en la actualidad un jefe de Estado considere efectivo leer un nuevo largo telegrama, como el histórico cable de 8000 palabras escrito por George Kennan en 1946. La era digital de X, Facebook, Instagram y TikTok es tan frenética que los líderes ya no tienen tiempo para un ejercicio intelectual de esta índole, renunciando al pensamiento crítico de largo plazo, insumo fundamental para el diseño de políticas y cursos de acción diplomáticos.
En este contexto se inician las llamadas “guerras de elección”, conflictos que comienzan sin un claro objetivo político ni una salida estratégica bien definida, y que en general no responden a amenazas inminentes ni a riesgos evidentes.
La invasión de Rusia a Ucrania, la guerra contra Irán, así como otras acciones más sutiles como bloqueos, medidas unilaterales coercitivas, armamentización de tarifas, fake news y batalla cultural, junto con el no respeto de los derechos humanos y la negación de los efectos del cambio climático, diseñan un laberinto de ilegalidad y deslegitimidad dentro del cual muchos liderazgos sonámbulos transitan desconcertadamente.
Los dos principales conflictos armados de la actualidad involucran a miembros permanentes del Consejo de Seguridad –EE.UU. y Rusia– cuyo derecho de veto les fue otorgado en función de una responsabilidad sistémica de resguardo de la paz y seguridad internacionales, y no como un privilegio de uso desmesurado.
La hubris, la falta de mesura, moderación y sobriedad, no hace a la buena y efectiva diplomacia. Como bien señala Amin Maalouf en su libro El laberinto de los extraviados: “…pues vamos por mal camino si creemos que la humanidad debe tener necesariamente una potencia hegemónica al timón, y que solo cabe esperar que sea la menos mala, aquella que menos nos pisotee, aquella cuyo yugo pese menos…”.
En un momento en que se está eligiendo un nuevo secretario general de la ONU, se debe fortalecer el principio de benevolencia en las relaciones internacionales, ya que, como decía Marco Aurelio, “es propio del hombre el trato benevolente entre sus semejantes”. Benevolencia que, en el sentido estoico, está en el centro de la concepción multilateral de las relaciones internacionales, ya que, como dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos, “todos somos miembros de la familia humana”.
En la actualidad, la ONU no está cumpliendo con su papel de foro mundial generador de cooperación internacional, y los países más poderosos se desentienden de la legalidad. Ya no hay más ideas de largo plazo, ni pensamiento estratégico, ni imaginación; solo una letanía de palabras. Es imprescindible reformar la organización y adaptarla a los desafíos del siglo XXI, tal como lo ha comenzado a hacer el actual secretario general, Antonio Guterres, a través de su plan UN80. Pero ello no debe desviar el objetivo principal: fortalecer el compromiso de los países miembros con la cooperación y colaboración global, a través de las instituciones internacionales, y evitar crear mecanismos alternativos que no garantizan ni legalidad ni legitimidad internacional, tales como la Junta para la Paz.
Los mayores desafíos del siglo XXI son de orden global –lo que Kofi Annan llamaba los “problemas sin pasaporte”– y ningún país, por más poderoso que sea, puede abordarlos en soledad. El mundo globalizado y altamente interdependiente necesita de la polifonía de las naciones y no de solistas o duetos.
Como señaló el presidente de los EE.UU. Harry Truman en su discurso en la conferencia de la ONU en San Francisco el 25 de abril de 1945: “Aunque estos grandes Estados tienen una responsabilidad especial de hacer cumplir la paz, su responsabilidad se basa en las obligaciones que recaen en todos los Estados, grandes y pequeños, de no usar la fuerza en las relaciones internacionales, salvo en la defensa de la ley. La responsabilidad de los grandes Estados es servir y no dominar a los pueblos del mundo”.
Busquemos urgentemente salir del laberinto, ya que la marcha del sonámbulo no debe ser identificada con una visión realista, en contraposición con los idealistas e ingenuos que creen en la cooperación y colaboración universal, condiciones permanentes y necesarias para el progreso de la humanidad.
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