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Malvinas: isleños critican a Milei y temen perder su libertad ante un posible acuerdo

Habitantes de las islas rechazan los dichos del Presidente y de Trump, mientras crece la expectativa por la exploración petrolera.

Redacción4 min de lectura
En Malvinas, las últimas noticias aumentaron la animosidad hacia la Argentina: “Queremos seguir siendo libres”

En las islas Malvinas, los argentinos no son bienvenidos. Las últimas noticias sobre un posible avance en el reclamo de soberanía reavivaron la animosidad de los isleños hacia el gobierno de Javier Milei.

“Como isleña, es una verdadera lástima que Milei claramente no tenga ningún plan para ayudar al pueblo argentino a atravesar las dificultades económicas, más allá de lanzarnos ataques a nosotros y manipular a Estados Unidos para obtener su apoyo”, expresó Teslyn Barkman, exlegisladora y periodista malvinense.

“Parece que somos una roca que se puede pasar de un lado a otro. No es una conversación bilateral, es una conversación sobre derechos humanos. Hay gente en el medio. Queremos seguir siendo libres”, amplió en una entrevista con un podcast del diario Times, de Londres.

James Peck, artista plástico y tatuador malvinense, consideró que el presidente argentino es un “hipócrita” por su alianza con Donald Trump y con Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, a quien considera un “genocida”. También cuestionó a la sociedad argentina por su apoyo a las gestiones de Milei.

Según Peck, en todas las otras cuestiones —seguridad, crimen, economía, las negociaciones con el FMI— los argentinos están divididos entre los que apoyan y los que critican al Presidente. “Y, sin embargo, apenas aparece la palabra Malvinas, es como: ‘Ah... bueno, ¡entonces debe ser verdad!’ ‘¡Todos tenemos que escuchar y estar de acuerdo!’ Es patético, y habría que preguntarles a los argentinos por qué ocurre eso”, dijo.

Las reacciones son la antesala del mensaje que Milei dará esta noche, en el que anticipó que hará un anuncio importante sobre la disputa de soberanía. Trump dijo que revisa la posición de Estados Unidos sobre el tema, una declaración que despertó expectativas en el gobierno argentino. Trump vinculó esa revisión con el apoyo que, según él, Gran Bretaña no le brindó durante la guerra contra Irán.

La tensión hacia los argentinos es palpable en Puerto Argentino, el principal pueblo de las islas. En el baño del Victory Bar, el pub local, hay una imagen de Leopoldo Fortunato Galtieri (presidente de facto durante la guerra de 1982) colocada sobre el urinario. En ese mismo bar, un parroquiano se bajó los pantalones frente a Guido Di Tella, excanciller de Carlos Menem, cuando visitó las islas en octubre del 2000.

El Penguin News, el semanario local, no tiene noticias de los últimos sucesos, pero sí hay una referencia a la Argentina: es por un pedido a la FIFA de los legisladores locales para que la selección de fútbol reciba una sanción por la exhibición del reclamo territorial luego de eliminar a Inglaterra en el último mundial. “No queremos que la política se mezcle con el deporte”, expresaron en un comunicado. La FIFA terminó multando al equipo argentino.

Los ruidos en la disputa por la soberanía llegan en un momento en que los malvinenses están esperanzados en que la exploración petrolera aumente su prosperidad, que ya es importante. Sin haber extraído todavía un barril de petróleo de Sea Lion, cuya producción está prevista para 2028, Malvinas ya tiene uno de los PBI per cápita más altos del mundo (cercano a los US$111.000, ocho veces el de la Argentina).

Esa prosperidad depende en buena medida de la venta de licencias pesqueras, un beneficio que obtuvieron después de la guerra de 1982. Con poco más de 3.000 habitantes, las islas capturan mucho dinero mediante las licencias que pagan las flotas extranjeras para explotar los recursos pesqueros de las aguas circundantes. Es una economía pequeña, rica y rentística: su prosperidad proviene de cobrar por el acceso a los recursos naturales que rodean las islas.

Hasta la guerra, en cambio, las Malvinas eran unas islas pobres y abandonadas. Vivían allí unas 2000 personas y la caída del precio de la lana había puesto en jaque su única industria: las ovejas. Alentada por Gran Bretaña, la Argentina le suministraba combustible, traslados en avión, maestras y hasta servicios médicos. Esa dependencia pretendía forzar negociaciones para algún tipo de entendimiento en la disputa de soberanía.

Nicholas Ridley, funcionario de la cancillería británica, viajó en noviembre de 1980 y fue explícito. Convocó a una reunión multitudinaria en el Salón Municipal del pueblo para plantearles a los malvinenses que Gran Bretaña negociaba un acuerdo de soberanía con la Argentina y que debían aceptarlo porque su economía estaba en decadencia y el gobierno de Londres no iba a seguir pagando la cuenta de su supervivencia. La guerra de 1982 hizo naufragar aquellas negociaciones y cambió también la economía de las islas.

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