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Pasión, locura y conspiraciones: el "argentum" mundialista que corre por dentro

Para los argentinos, el juego es la forma interior de la nación; el fútbol devuelve tangible el aura nacional, según una mirada filosófica y cultural.

Redacción2 min de lectura
Pasión, locura y conspiraciones: el "argentum" mundialista que corre por dentro
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El Mundial de fútbol se convierte en un oráculo para los argentinos, un ritual donde se manifiesta el argentum, ese metal semiprecioso que conduce el calor de la nación. Como los griegos iban a Delfos o estudiaban las vísceras de las bestias, los argentinos miran el Mundial: no hay afuera, todos están adentro.

Abuelas, bibliotecarias y cajeras devienen sacerdotisas del gualicho ancestral, operando su magia sobre plasmas y heladeras que cobran vida. Cuando una Selección como la actual juega un Mundial, las diferencias sociales y de género caen, y la separación entre magia y realidad desaparece. Dios no está en el cielo: camina con piernas cortas hiperveloces sobre el césped.

La pregunta de qué es una nación fue constante en este Mundial. ¿Basta un pasaporte francés para ser francés? ¿Puede una nación formada en los años 70, como Cabo Verde, ser considerada nación? ¿Los imperios colonizadores tienen mejores equipos? En la Argentina, el fútbol engloba los signos de la invención de las naciones, como pensó Eric Hobsbawm: himno, épica, territorio, mitos, héroes y venganzas. Para los argentinos, el juego es la forma interior de la nación.

Durante el Mundial, la Argentina mostró su versión de nación libre y soberana, en un momento en que la democracia liberal está amenazada. Antes de enfrentar a Inglaterra, los jugadores juraron con gloria morir como un haka guerrero. El himno canónico se mezcla con canciones espontáneas, como "Muchachos", donde reaparecieron "los pibes de Malvinas". La bandera de Malvinas no estuvo fuera de lugar: forma parte del folklore de ganarle a los ingleses.

La teoría conspirativa es la forma de la verdad contemporánea. Necesitamos una explicación de por qué perdimos contra un país que no nos calentaba particularmente. La conspiración funciona porque, en ese mundo posible, no perdimos realmente. El Mundial es el palimpsesto donde se graba la memoria, donde los argentinos se intoxican de argentum; un rito fuera del tiempo.

Es duro perder. La teoría de que la final estaba arreglada tiene valor terapéutico. El domingo pasado, la Argentina perdió un partido de fútbol. El rival lo superó físicamente, presionando arriba. Francia perdió en 90 minutos; nosotros duramos 110 con un hombre menos y un solo gol. Al que pierde se lo castiga: ganar no es solo el oro, sino evitar la jauría simbólica.

La Argentina parece una contracultura díscola, dionisíaca, a contrapelo del decálogo global. Premia el brillo del individuo excepcional, la fricción, la fuerza, el vigor rabioso de Copa Libertadores y el placer estético de ver a un Simeone saltar a la yugular. Prevalece el culto del héroe, mientras en el mundo "civilizado" el héroe está en retirada. Lo nuestro es el desborde, el roce y el contacto, versus la telaraña de pasesitos. Son los atributos de nuestra civilización.

Durante el Mundial, formamos parte de un antiguo culto guerrero cuyos valores son la amistad, la gracia y la fiereza. Nuestros hombres tienen el garb... (texto cortado en original).

Fuente: Lanacion.

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