Perdieron todo en la sequía de 2009 y cuadruplicaron la producción de carne
Con un rediseño del manejo del agua, el pastoreo y el trabajo, un campo en Algarrobo pasó de producir 200.000 kilos de carne por año a 872.000.


Tras perder todo el rodeo de cría durante la sequía histórica de 2009, la familia Ostrovsky replanteó por completo el funcionamiento de su campo en Algarrobo, sur de Buenos Aires. Lo que empezó como una estrategia para sobrevivir en una zona donde llueven apenas 450 a 550 milímetros al año terminó multiplicando la producción: pasó de generar entre 160.000 y 200.000 kilos de carne por año a 872.000 kilos, con 5500 animales de recría y 500 vacas en las mismas 2500 hectáreas.
“El objetivo cuando empezamos no era producir más, sino sobrevivir a otra sequía. Después nos dimos cuenta de que el sistema permitía aumentar muchísimo la producción”, contó Diego Ostrovsky, integrante de Chosoico SA, durante una charla organizada por Agua Siempre en la Exposición Rural de Palermo.
En la década del 80 el campo funcionaba con manejo extensivo, tenía unas 250 vacas y producía alrededor de 30.000 kilos de carne al año. Tras el desmonte en los 90 pasó a un esquema de recría que permitió manejar entre 1500 y 2000 animales y elevar la producción hasta entre 160.000 y 200.000 kilos anuales. Sin embargo, el sistema empezó a mostrar agotamiento. “Al principio era sencillo. Sembrábamos verdeos, prácticamente no fertilizábamos ni fumigábamos. Después fueron apareciendo más costos y, sumado al clima, nos fuimos secando de a poco”, recordó Ostrovsky.
El golpe definitivo llegó entre 2007 y 2009. “Perdimos todo el rodeo de cría y tuvimos que reinventarnos”, relató. La primera decisión fue atacar el acceso al agua. Los animales caminaban largas distancias para llegar a las aguadas, castigaban el suelo y dificultaban el pastoreo intensivo. La empresa instaló una red de distribución que abasteciera prácticamente todo el campo, una obra compleja porque el establecimiento está a 25 kilómetros de la red eléctrica y tiene unos 120 metros de desnivel. El proyecto fue pensado para abastecer hasta 10.000 animales en forma simultánea. “Cuando le mostré el proyecto a mi papá se quiso morir. Pensaba que estaba completamente loco”, recordó.
Pero el agua por sí sola no resolvió el problema. “El agua llegaba a todos lados, pero el campo no funcionaba”, contó. Se dieron cuenta de que seguían manejando el establecimiento igual que antes: los empleados recorrían el campo a caballo, hacían uno o dos cambios de lote por día. “El agua trae cambios de hábitos muy grandes”, resumió. A partir de ahí reorganizaron todo: pasaron a trabajar con pocos rodeos muy grandes, de entre 1500 y 2500 animales cada uno, y los cambios de parcela pasaron a realizarse entre ocho y doce veces diarias, según la época.
Cada parcela mide unos 66 por 80 metros y cuenta con un punto de agua. Los animales permanecen apenas una hora o una hora y media antes de avanzar. “Comen todo. Comen la avena, la cola de zorro, la flor amarilla... prácticamente no dejan nada”, relató el productor. Esa alta concentración distribuye uniformemente la bosta y la orina, reduce el pisoteo y mejora la fertilidad del suelo, lo que permitió disminuir el uso de fertilizantes y herbicidas. Actualmente mantienen unas 1500 hectáreas de verdeos de avena con vicia. Los terneros ingresan con 180 a 200 kilos y salen con 350 a 380 kilos, incorporando entre 160 y 170 kilos durante la recría. En años normales logran ganancias de peso de entre 700 y 800 gramos diarios por animal.
Ostrovsky aseguró que la infraestructura fue apenas una parte de la transformación. El otro gran cambio ocurrió con las personas. “En el campo no quedó ningún caballo. Hay motos”, contó. Cada trabajador administra un solo rodeo, organiza sus horarios y una parte de su remuneración depende de los kilos que producen los animales que maneja. “El empleado pasa a ser socio de la empresa porque quiere meter kilos”, dijo. Esa adaptación fue incluso más compleja que instalar la red de agua. “Mucha gente no se adaptó. Primero tuvimos que aprender a cuidar a las personas antes que a los animales”, relató. Como ejemplo mencionó a un responsable del rodeo de cría de 70 años que nunca había trabajado en el campo antes de jubilarse y que hoy es uno de los mejores empleados.
Después de consolidar la recría, la empresa volvió a incorporar un rodeo de unas 500 vacas, manejadas con inseminación artificial a tiempo fijo y un servicio concentrado de 45 días. Durante la parición los movimientos se reducen a uno por día. A más de una década del cambio, Ostrovsky asegura que ninguna tecnología alcanza por sí sola. “Hacer una red de agua es muy rentable y genera muchísima producción, pero si uno no cambia la forma de trabajar, no alcanza”, apuntó.
Fuente: Lanacion.
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