Reforma de un centenario puesto de estancia en Chascomús: tradición y confort familiar
La arquitecta Paula Lloret lideró una restauración que preservó la esencia rural y sumó espacios de encuentro para una familia numerosa.


Un antiguo puesto de estancia de más de cien años en Chascomús fue transformado en un hogar moderno sin perder su espíritu rural. La reforma, a cargo de la arquitecta Paula Lloret, se centró en rescatar la mística del campo mientras se incorporaban comodidades para una familia numerosa. Los dueños pidieron mantener intacta la esencia original, evitando que la casa pareciera una construcción nueva.
“La propiedad nació originalmente como un puesto de estancia y perteneció a los padres de mis clientes”, explicó Lloret. El proyecto demandó más de un año de trabajo, con artesanos que se instalaron a vivir en el campo para restaurar cada detalle. Se recuperaron molduras antiguas de forma minuciosa, sin buscar la perfección, para que la casa no perdiera su carácter histórico.
La fachada original estaba cerrada al paisaje, con una entrada de apenas 65 centímetros de ancho. Se agregó un porche y una gran puerta doble de hierro negro que le devolvió categoría al casco principal. En el interior, el living era un espacio oscuro y sin calefacción que nadie usaba. Se abrieron vanos hacia el comedor para lograr comunicación visual y luz natural. “Hoy es súper luminoso: te sentás en cualquier sillón y tenés el paisaje de fondo”, contó la arquitecta.
Uno de los mayores desafíos fue la cocina, que pasó de ser un ambiente rústico a una planta cómoda y abierta al paisaje. Se sumaron metros de mesada, una isla central y grandes ventanales. “La zona de los fuegos es de locos: mientras hacés la comida, pasan caballos, vacas y ovejas; ves el potrero del fondo con sus árboles, y hasta la puesta de sol”, describió Lloret. El piso de la cocina se eligió para que dialogara con la casa y fuera práctico si se llega con barro.
Para descomprimir la vivienda principal, se construyó un quincho independiente llamado “La Matera”, equipado con horno empotrado y cocina económica de fundición. “Rescatando el concepto de las estancias antiguas, este anexo se llamó ‘La Matera’: ese fogón donde los gauchos se reunían a tomar mate y charlar al final de la jornada. Hoy sigue siendo el gran punto de encuentro de amigos y nietos”, explicó Lloret.
La planta se reorganizó para solucionar la falta de baños: había cinco dormitorios y un solo baño para una familia numerosísima. La antigua despensa se transformó en dos baños contiguos, uno en suite y otro compartimentado; se sumó un tercero en suite, y el baño existente se convirtió en un comedor diario que conecta la cocina con la galería. “La idea era un baño sobrio, al estilo de la casa. Descartamos el mosaico porque nos parecía que iba a dar una pisada demasiado fría, y nos armamos de paciencia hasta encontrar la opción ideal”, dijo Lloret.
En el comedor principal, que antes era un patio abierto con aljibe, al renovar el piso la superficie se hundió por completo hacia el pozo. “Tuvimos que rellenar ese hueco enorme con escombros para poder reforzar el espacio”, recordó. Se conservaron reliquias familiares como un retrato de la dueña original, tejidos y piezas sobre la cómoda que custodian la historia familiar.
Fuente: Lanacion.
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