Arquitectura

Regar el suelo puede bajar hasta 10 grados la temperatura: la técnica japonesa que combate el calor

La arquitecta Julia Ayuso explica cómo el uchimizu, tradición centenaria en Japón, refresca patios y calles con eficacia limitada pero real.

Redacción4 min de lectura
Julia Ayuso, arquitecta: “Regar el suelo de un patio o terraza puede bajar entre 6 y 10 grados su temperatura”

Regar el suelo para refrescarlo no es un invento nuevo. Mucho antes de que el aire acondicionado fuera la primera respuesta frente al calor, mojar patios, aceras y entradas ya era una costumbre extendida. En Japón tiene incluso un nombre propio: uchimizu, una tradición centenaria que consiste en echar agua sobre el suelo, especialmente a primera hora de la mañana o cuando empieza a caer el sol.

La arquitecta Julia Ayuso, especialista en sostenibilidad y con dos años de residencia en Tokio, revisó los estudios disponibles y las cifras hablaron por sí solas. “El suelo puede enfriarse entre 6 y 10 ºC, mientras que la temperatura del aire baja bastante menos, alrededor de 1,5 ºC”, aseguró en diálogo con La Vanguardia.

La diferencia puede parecer pequeña, pero cobra sentido cuando se tiene en cuenta que el cuerpo no percibe únicamente lo que marca el termómetro, sino también el calor que irradian el pavimento, las fachadas y el resto de las superficies. En Arizona, por ejemplo, se midió una temperatura del aire de 48 ºC y una radiante de 76 ºC: casi treinta grados de diferencia entre lo que marca el termómetro y lo que recibe el cuerpo.

Sin embargo, Ayuso advierte que regar no debería convertirse en una receta universal contra las altas temperaturas. Su eficacia depende mucho de las condiciones: funciona mejor en climas secos, sobre superficies capaces de retener el agua y cuando el pavimento ya no recibe sol directo. En un país como España, además, el consumo de agua es una cuestión importante. Por eso, la arquitecta insiste en que esta técnica debe entenderse como un complemento y no como la primera medida. “Regar es el último gesto, no el primero”, resume.

Cuando se moja una acera caliente, el agua se convierte en vapor y, para hacerlo, roba calor. Lo toma primero del suelo, que está en contacto directo, y solo después del aire. Por eso el efecto es tan desigual: las mediciones hablan de entre 6 y 10 grados menos en el suelo, alrededor de 1,5 grados en el aire y entre uno y dos grados en temperatura percibida.

Una de las limitaciones es la duración. En Kobe se midió durante un verano entero el riego municipal de las calzadas y, en un día soleado, el efecto duraba menos de media hora. Se produce una paradoja: cuanto más caliente está el pavimento, más enfría el agua, pero menos dura porque se evapora antes. Vaciar un cubo de diez litros sobre una terraza de diez metros cuadrados cancela aproximadamente cuarenta minutos de sol, y eso en el mejor de los casos.

En París, donde regaron una calle entera cada media hora durante toda la tarde, el asfalto se mantuvo entre 6 y 13 grados por debajo del de una calle de control. Por eso la tradición japonesa recomienda regar a primera hora o al atardecer y, preferiblemente, en zonas de sombra. En el estudio de Delft, el mayor enfriamiento del aire se produjo en la parcela sombreada, mientras que en la más caliente, con el suelo a casi 48 ºC, el aire no se enfrió nada.

En un patio español, la técnica funciona muy bien; en un balcón, poco. El patio español ya es, por sí mismo, un buen dispositivo de refrigeración. Hay seis patios de Sevilla y Córdoba monitorizados por la Universidad de Sevilla en los que el pico de temperatura llega a situarse entre 7 y 14 grados por debajo del de la calle. Pero ese resultado procede sobre todo de la geometría y de la sombra: el riego suma, pero no las sustituye.

El clima también es determinante. En agosto, la humedad media está alrededor del 41 % en Madrid y del 48 % en Sevilla, mientras que alcanza aproximadamente el 68 % en Barcelona y Valencia y el 72 % en Bilbao. El enfriamiento por evaporación necesita aire seco, así que tiene más recorrido en el interior peninsular y en el valle del Guadalquivir que en el litoral mediterráneo o en el norte, donde parte de lo que se gana en frescor puede perderse en sensación de bochorno.

En cuanto a las superficies, el material no enfría por sí mismo; es el agua lo que enfría. Lo que importa es cuánto tiempo consigue mantenerla cerca de la superficie, y ahí mandan sobre todo la rugosidad y la porosidad. En París, la acera y la calzada se regaron al mismo tiempo, con la misma cantidad de agua y bajo el mismo sol, y la acera se enfrió menos y durante menos tiempo simplemente porque su asfalto era más liso y el agua se escurría. Un pavimento poroso o rugoso, como el barro cocido sin esmaltar, la piedra natural sin pulir o el hormigón con textura, retiene mejor el agua que una superficie lisa o esmaltada. Y la tierra y las plantas tienen todavía más efecto: en verano un pavimento duro puede superar en más de diez grados la temperatura de una superficie con hierba.

En Japón llevan años utilizando pavimentos diseñados expresamente para retener agua. Estas superficies, con una porosidad controlada, pueden prolongar el efecto refrescante. La combinación de riego, sombra y materiales adecuados puede ofrecer un alivio significativo en los días más calurosos, siempre que se entienda como un complemento y no como la solución definitiva.

Fuente: Clarín

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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