Ricardo Barreda, el femicida de La Plata, habló de su familia en su última entrevista
Internado en el Hospital Eva Perón de San Martín, el dentista condenado por matar a su esposa, sus hijas y su suegra se negó a responder sobre las víctimas.

Ricardo Barreda sabía de qué no quería hablar. En una de sus últimas entrevistas, a fines de 2019, el femicida condenado por matar a su esposa, sus dos hijas y su suegra en La Plata evitó referirse al crimen que marcó la historia argentina. Estaba internado en la habitación 318 del Hospital de Agudos Eva Perón, en San Martín, con 83 años, más delgado y con problemas de memoria que preocupaban a los médicos.
Había llegado allí después de que el encargado del Hotel España, donde vivía, lo encontrara desnudo, tirado en el piso y semidesvanecido. Una ambulancia lo trasladó y los médicos, bajo la dirección de Amelia Franchi, lograron salvarle la vida. Los estudios revelaron alteraciones psíquicas y pérdida de memoria, un cuadro que derivó en un principio de Alzheimer.
Barreda aceptaba conversar y recordaba a algunos conocidos, pero cuando la charla llegaba a las cuatro mujeres que asesinó en 1992, el límite aparecía de inmediato. Ante la pregunta sobre si se acordaba de su familia, respondió: “Me cuesta por lo que pasó”. Luego pidió: “Pero te pedí que no me preguntes más por ellas”.
Las víctimas fueron Gladys Mac Donald, su esposa; Cecilia y Adriana, sus hijas; y Elena Arreche, su suegra. Habían pasado casi tres décadas desde aquella mañana de noviembre de 1992, pero ese capítulo seguía siendo el punto más oscuro de su historia.
La visita tenía dos motivos: una entrevista para LA NACION y el trabajo de investigación para un documental junto a Natalia Denegri y su productora Trinitus Productions, con la colaboración de Iris Gallardo, productora y militante feminista. Sobre la mesa junto a la cama había una botella de agua mineral y un paquete de galletitas Express. En la cabecera lucía un papel con el teléfono de Pablo Marti Krenz, su biógrafo, que preparaba el libro “No me olviden”.
En un momento ingresó una enfermera para darle medicación porque llevaba días inmóvil y tenía problemas intestinales. Se negó. “Cuando Barreda dice que no, es no”, advirtió la enfermera. Poco después retomó la charla y recordó: “Vos ya me viniste a visitar otras veces”. Consultado sobre un posible traslado a un geriátrico, respondió: “No sé”.
Habló de los hombres del club Chacarita, del bar donde comía en la estación San Martín y de dos personas que recordaba. “Extraño un poco el encuentro con los muchachos de Chaca, especialmente a los Mellizos, buenos pibes... Si andás por ahí, mandales un saludo”, dijo. Cuando se le preguntó si sabía que había estado en riesgo de vida, contestó: “Eso dicen, ¡qué sé yo!”.
La productora Iris Gallardo planteó una de las preguntas más difíciles. Durante el debate oral de 1995 se ventiló que Barreda había violado a sus hijas. “No. Eso que dijeron en el juicio es una barbaridad”, respondió. Los peritos habían detectado moretones en los muslos de las víctimas y fosfatasa ácida prostática, una enzima presente en el semen, en las vaginas de las dos hijas. El legista Elio Linares sostuvo que el odontólogo abusó sexualmente de ellas después de asesinarlas.
Para entender la reacción de Barreda había que regresar al domingo 15 de noviembre de 1992 en la casona familiar de La Plata. Según su relato, esa mañana se encontró con Cecilia, quien habría dicho: “Parece que ‘Conchita’ se levantó temprano y se puso a trabajar”. Ese era el apodo con el que, según él, las mujeres de su familia lo llamaban en la intimidad. La frase quedó instalada en su cabeza.
Barreda salió con la idea de recortar la parra, pero cambió de decisión. Volvió a su habitación y tomó una escopeta Víctor Sarasqueta calibre 16 que años antes le había regalado su suegra, traída desde España. La cargó. Gladys Mac Donald recibió dos disparos. Cecilia, tres. Adriana, otros dos. Elena Arreche completó la lista de víctimas.
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