Sara Curruchich, la cantante maya que lleva su cultura a escenarios del mundo
Nació en una familia campesina de Guatemala, sufrió discriminación y hoy difunde la cultura kaqchikel en festivales internacionales.

La cantante maya Sara Curruchich, de 33 años, nació en una familia campesina de San Juan Comalapa, Guatemala, y comenzó a escribir canciones después de sufrir discriminación por ser mujer indígena. Según contó en una entrevista, la música le permitió reafirmar su identidad y trasladar la cultura kaqchikel a escenarios internacionales.
Curruchich creció en una comunidad indígena de Chimaltenango, a unos 80 kilómetros al noroeste de la capital guatemalteca. Es la menor de seis hermanas e hija de Eladio Curruchich, trabajador de la tierra, y María Cúmez, tejedora que también se desempeñó en casas particulares.
La música formaba parte de la vida cotidiana de la familia. Su madre cantaba y silbaba mientras realizaba las tareas domésticas, muchas veces con composiciones improvisadas. Con el tiempo, la artista comprendió que aquellas creaciones eran “formas maravillosas de composición” presentes en los pueblos originarios.
Su padre también entonaba canciones durante las jornadas de trabajo. A los siete años, Sara le pidió permiso para asistir a las clases de una instructora que había llegado al pueblo para dirigir coros religiosos. Entonces comenzó a imaginarse como solista, aunque Eladio consideraba que era demasiado pequeña.
La muerte de su padre, cuando ella tenía nueve años, marcó su infancia. A través de la música, explicó, encontró una manera de mantener el vínculo con él y de acercarse a “otras dimensiones”. Tiempo después se trasladó a la ciudad para cursar estudios musicales de nivel medio, de los que se graduó.
La joven empezó a escribir canciones en 2011, durante una etapa en la que viajaba constantemente entre Comalapa y la capital para estudiar. Esos recorridos le permitieron advertir que recibía un trato diferente por su identidad y su género.
Curruchich recordó que enfrentaba comentarios presentados como bromas, aunque detrás había “racismo disfrazado de chistes”. Aquellas expresiones atravesaban su cuerpo y su manera de sentirse mujer maya.
Antes de transformarse en una actividad pública, la composición funcionó como un espacio personal. La cantautora definió ese comienzo como un proceso de “canalización” y “sanación” que fortaleció su identidad.
Su primera interpretación de una obra propia ocurrió en El Adobe, un restaurante de Comalapa que reunía a integrantes del movimiento cultural local y que ya no existe. En 2015 publicó esa canción en redes sociales y el 25 de noviembre del mismo año ofreció su primer concierto formal en L’Aperó, una pizzería de la capital.
Desde aquel debut, Curruchich construyó su carrera junto con un equipo de tres mujeres. Su música llegó a festivales y salas de España, Portugal, Finlandia, Francia, Alemania, Italia y Sudáfrica.
La artista vinculó esa expansión con la necesidad de enfrentar los discursos que buscan invisibilizar a los pueblos originarios. En ese recorrido encontró personas que todavía creen que “los pueblos mayas ya no existen”, por lo que considera disruptiva la ocupación de esos espacios.
Su propuesta combina ritmos contemporáneos con la marimba, el tambor y los instrumentos de barro. Aunque suele clasificarla como world music, ella prefiere definirla como una “música raíz que camina”.
En 2019 lanzó Somos, su primer álbum, grabado entre Guatemala, Francia y España bajo la producción artística de Gambeat, bajista de La Ventura, la banda de Manu Chao. El trabajo contó con la participación de Amparo Sánchez, exvocalista de Amparanoia.
Dos años después presentó Mujer Indígena, producido por Sánchez para Mamita Records, con colaboraciones de Lila Downs, Rosalina Tuyuc, Carmen Cúmez y Muerdo. En 2021 recibió el premio MTV MIAW Transforma por su labor artística y social a favor de la igualdad de género. En mayo de 2026 grabó “Quisiera ser” junto con Andrea Echeverri y Héctor Buitrago, integrantes de Aterciopelados.
En sus presentaciones, la acompañan tres músicas mexicanas: Sandra Moreno en la marimba, Moty en la batería y Karla Molkovich en el bajo. Curruchich señaló que la conformación íntegramente femenina todavía sorprende al público y explicó que buscan ocupar ámbitos históricamente reducidos para ellas.
Uno de los momentos que más la marcó ocurrió en 2017, durante una gira por comunidades alejadas de Guatemala destinada a descentralizar el acceso al arte. En algunos lugares solo había mujeres porque los varones habían migrado o trabajaban en el campo. Esa experiencia, dijo, reforzó su compromiso con llevar su música a quienes menos acceso tienen.
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