Historia

Thomas Moynihan: "La extinción es algo que tenemos que tomarnos seriamente"

El historiador británico analiza en su libro cómo la humanidad descubrió su propia mortalidad y por qué ese descubrimiento cambió para siempre nuestra visión del futuro.

Redacción2 min de lectura
Thomas Moynihan: "La extinción es algo que tenemos que tomarnos seriamente"
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A los cuatro años, Thomas Moynihan escuchaba historias sobre criaturas extraordinarias que vivieron hace más de 500 millones de años durante la explosión cámbrica. Aquella fascinación infantil se transformó en una pregunta de doctorado en la Universidad de Oxford: ¿cuándo la humanidad comprendió que también podría desaparecer? El resultado es Riesgo de extinción. Cómo la humanidad descubrió su propio final, publicado por Interferencias, un ensayo que rastrea cómo los pensadores de los últimos tres siglos imaginaron el fin de nuestra especie.

"Creo que la extinción es algo que tenemos que tomarnos seriamente. Como historiador puedo dar cuenta de la cantidad de veces que a una sociedad un evento la tomó totalmente de sorpresa", afirmó Moynihan desde Londres. El autor subraya que las sociedades tienden a subestimar "el rango de lo que es posible". Su analogía más clara: a principios del siglo XX, numerosos científicos creían imposible que la humanidad accediera a los secretos del átomo. Décadas después, ese conocimiento generó una amenaza existencial.

El libro sostiene que la idea moderna de extinción humana difiere profundamente de la apocalíptica religiosa. Mientras el apocalipsis bíblico contiene un orden moral donde la justicia divina marca el final, la extinción representa el colapso del sentido mismo. "No hay humanos y se acaba el orden moral universal", explica Moynihan. "Es el final del significado, de las ambiciones y metas humanas." Este cambio de perspectiva germinó en la generación romántica tardía, particularmente en escritores como Mary Shelley, cuya novela El último hombre imaginaba a la humanidad desapareciendo por pandemia mientras el resto de la biosfera florecía sin nosotros.

La investigación de Moynihan desvela cómo este pensamiento surgió desde múltiples campos científicos y culturales simultáneamente, consolidándose como una "poderosa fuerza cultural" a partir del siglo XIX. Los románticos británicos fueron quizá los primeros en concebir un final humano desvinculado de propósitos divinos o religiosos. Mary Shelley y Percy Shelley envisagaban un mundo que continuaría su curso sin nosotros, un giro radical frente a Blake y Wordsworth, para quienes el fin siempre incluía la disolución del universo entero.

Respecto a las soluciones tecnológicas como la geoingeniería, Moynihan ha evolucionado su posición tras publicar el libro. Reconoce que la búsqueda obsesiva de supervivencia a cualquier precio puede generar sus propios peligros. "Sobrevivir y expandir la vida de la humanidad sería excelente, pero no obligatorio", sostiene ahora. El historiador advierte que enmarcar la supervivencia como un deber absoluto puede sacrificar aquello por lo que realmente vale la pena existir. La aceleración tecnológica sin límites le genera hoy mayor escepticismo que cuando concluyó su investigación.

Moynihan clasifica los riesgos existenciales en dos categorías: antropogénicos, derivados de acciones humanas, y naturales. Afirma que contamos con razones para creer que las amenazas creadas por nosotros mismos resultan más probables que las cataclísmicas. Sin embargo, rechaza posicionarse como predictor del futuro. "Ser historiador de estas ideas no te transforma en experto que puede predecir qué pasará", aclara. "Dejo eso a los científicos." Su tarea es reconstruir cómo llegamos a imaginar nuestro propio fin y cómo esa consciencia moldea nuestras decisiones presentes.

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