Un análisis advierte que sin confianza en el peso no habrá recuperación económica
El texto repasa el impacto del empleo registrado, la destrucción de la moneda y las tensiones entre provincias exportadoras y conurbanos industriales.

La economía argentina atraviesa una tensión que no se resuelve con discursos ni cambios de ministros: la caída del empleo registrado, el avance del cuentapropismo y la informalidad, y la necesidad de inversión, productividad y crecimiento. Según los datos que circulan en el debate público, desde la asunción de Javier Milei la cantidad de empleadores habría descendido de 512.357 a 481.015, mientras el empleo registrado bajó de 9.857.173 a 9.423.047 trabajadores. El aumento del trabajo por cuenta propia y en negro compensó esa merma.
El fenómeno expone una grieta entre las provincias beneficiadas por el crecimiento de las exportaciones y los populosos conurbanos que dependen de pequeñas y medianas industrias. La pregunta de fondo es si esos números revelan el fracaso de un plan desacertado o si ponen a la luz una situación insostenible que se incubó durante años y estalló cuando el déficit fiscal destrozó la moneda.
Durante ocho décadas, la Argentina mantuvo una estructura productiva aislada del mundo y ajena a su evolución. Esa matriz no estaba preparada para los cambios que ya ocurren en los países desarrollados: nuevas tecnologías, robotización, inteligencia artificial, bajos costos de las naciones asiáticas, crisis energética, comercio dominado por aplicaciones, trabajos a distancia, caída de la natalidad y extensión de la vida.
En paralelo crecen las demandas de bienestar, los nuevos derechos, el acceso a la salud, las licencias laborales y la atención a los longevos. Los menos favorecidos reclaman tierras, viviendas dignas, agua potable, cloacas, transporte barato y seguridad en los barrios. Los productores exigen obras en zonas inundadas y los gobernadores, pavimento en rutas destrozadas.
Esa tensión solo puede solucionarse con inversión, mayor productividad y crecimiento, palabras ajenas al vocabulario populista. La renta del campo permitió durante años sostener un proteccionismo que, en lugar de adecuar las estructuras productivas, las abarrotó de ineficiencias. Las empresas cargan con costos laborales, industria del juicio, presión fiscal en los tres niveles, falta de crédito e infraestructura obsoleta.
Esos morrales replican la superpoblación de empleados públicos en provincias y municipios, el desequilibrio previsional, los subsidios energéticos, los déficits de las empresas estatales y los montos desviados por corrupción. A eso se suman los aportes solidarios y las obras sociales que controlan los sindicatos sin auditoría.
Como nadie quiere fundirse cargando mochilas que tardarán en aligerarse, porque el sistema jubilatorio aún no puede reformarse, los subsidios se reducen de a poco, los sindicatos no renuncian a sus cajas y las provincias y municipios rechazan bajar impuestos y tasas, los nuevos trabajos se canalizan por vía informal o mediante un cuentapropismo facilitado por aplicaciones en los celulares o el zoom en las laptops.
La convertibilidad fracasó por falta de voluntad política para hacer consistente el gasto público con el uno a uno. El kirchnerismo ocultó el desajuste con ruptura de contratos, congelación de tarifas, controles de precios, cepo cambiario, prohibición de exportaciones, emisión monetaria y mayor presión fiscal. Alberto Fernández y Sergio Massa potenciaron la mentira con un plan platita que puso al país al borde de otra hiperinflación.
Lo que más daña la recuperación es la destrucción de la moneda. Sin moneda no crece el ahorro, ni el crédito, ni el mercado de capitales. Sin oxígeno no es posible la vida humana. Sin oxígeno no tiene sentido debatir sobre mejores cultivos, fábricas, viviendas, caminos, puentes, hospitales o escuelas. La moneda es el oxígeno, condición previa para permitir los intercambios.
Según el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), la economía no puede medirse solamente por la evolución de la inflación. Tendría razón en un país con moneda. En el nuestro, ese índice refleja la aversión al peso. Si el Gobierno la deja correr, subirá el dólar y drenará reservas, conduciendo a devaluaciones y controles.
Entretanto, fuertes inversiones en energía y minería, más las exportaciones de servicios y del campo, garantizarán un flujo de divisas como nunca tuvo la Argentina. Se estiman 106 mil millones de dólares este año. Esos dólares contantes y sonantes podrían comprar la confianza que, por ahora, la política no logra afianzar.
La pregunta central para quienes plantean otros rumbos es cómo harán para recuperar la confianza en la moneda. Eso es todo lo que se necesita saber, porque sin oxígeno no habrá vida. Ni en Taormina, ni en la Argentina.
Por qué importa
El debate sobre el empleo registrado y la moneda define el rumbo económico del país. Afecta a trabajadores, empresas y provincias, y condiciona las chances de crecimiento antes de las elecciones del año próximo.
Qué sigue
Habrá que seguir la evolución del empleo registrado, el nivel de reservas y las señales del Gobierno sobre el tipo de cambio. La reforma jubilatoria, la baja de subsidios y la presión impositiva seguirán pendientes.
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