Una casa en la costa bonaerense construida con restos de un velero alemán naufragado
En Punta Médanos, la hacienda Palantelén fue levantada en 1895 con materiales del Anna, un barco que encalló en 1891 frente a la costa.


En el kilómetro 369 de la Ruta 11, en Punta Médanos, emerge una silueta inesperada: una antigua hacienda que parece encallada en la arena. No es una casualidad. La estructura, descripta por arquitectos de la zona como “arte espontáneo nacido por necesidad”, fue construida en 1895 con piezas reales de una embarcación.
Palantelén es el nombre que recibió el campo donde está ubicada la vivienda. “Significa ‘Pisadas misteriosas’ en una lengua indígena”, declaró María Laura Viñales, una de las actuales dueñas, y señaló que probablemente aluda a los antiguos pajonales donde pastaban caballos salvajes.
Los materiales utilizados para levantar el casco principal son incluso más antiguos que el faro de Punta Médanos, operativo desde 1893. Antes de su funcionamiento, la falta de luz representaba una amenaza constante para los marineros. La oscuridad fue una de las causas de que, en 1891, un velero alemán se hundiera frente a esas costas.
“Todo lo que se pudo rescatar del barco se usó en la casa”, contó la propietaria. Tanto en el exterior como en el interior aún se conservan materiales provenientes del naufragio.
La historia de Palantelén se remonta al siglo XIX y tiene como protagonista a la familia Cobo. Doña Josefa Lavalle de Cobo, hermana del general Juan Galo Lavalle, heredó campos en la costa tras la muerte de su primer marido, Sáenz Valiente, en 1821. Con su segundo esposo, Juan Francisco Cobo, la propiedad se extendió hasta alcanzar las 60.000 hectáreas, abarcando desde San Bernardo hasta Pinamar y desde el océano Atlántico hasta la laguna La Salada.
En julio de 1891, cerca del faro de Punta Médanos, el Anna, un velero procedente de Hamburgo, encalló en la costa argentina en medio de una sudestada. La tripulación fue rescatada por el personal de la estancia, que en ese momento se llamaba Centinela. Al día siguiente, los marineros trataron de salvar el navío, pero los esfuerzos fracasaron. Durante ese operativo, el capitán murió ahogado. Sin líder, y ante la imposibilidad de trasladar el barco, abandonaron sus restos que permanecieron por años en la orilla.
Según medios locales, la nave —construida en 1885 por el astillero alemán Germaniawerft— pertenecía a Christian Michael Matzen, y había recorrido los puertos de Liverpool (Inglaterra), Yacarta (Indonesia), Sourabaya (Indonesia), Río de Janeiro (Brasil) y Montevideo (Uruguay) antes del accidente en la costa bonaerense.
En 1895, cuatro años después del encallamiento, Rafael Cobo —nieto de Josefa— autorizó a su arrendatario a utilizar los materiales del barco, principalmente hierro y madera, para construir una vivienda. La casa fue refugio de peones y peregrinos durante tres décadas, hasta que en 1925 sufrió su primer gran modificación. Lili Cobo, también nieta, junto con su marido Javier Celestino Rosas, transformaron la pequeña vivienda en su residencia de verano.
“Para alojar a la familia, se añadieron cuartos utilizando la boiserie del Anna, las puertas, los herrajes y hasta el tablado de los pisos”, explicó la actual dueña. Durante aquellos años, los visitantes de la estancia dependían del clima para poder acceder a su vivienda. “La única forma de llegar hasta la casa era desde la playa, y todo estaba sujeto a las mareas”, relató. En 1980, con la construcción de la ruta 11, el acceso se volvió más estable.
“Con el tiempo la pampa le fue ganando a la playa y los restos del Anna perdieron la vista al mar para siempre”, explicó Hernán Cuadrado Cortez, fotógrafo e historiador. Actualmente, unos hierros y una plataforma marcan el lugar del encallamiento, aproximadamente a 500 metros del mar.
Además de los materiales estructurales, la propiedad conserva objetos originales del velero: dos puertas pertenecientes a la embarcación, una en el cuarto principal y la otra en la entrada de la sala de estar; la chimenea del barco fue reciclada como base de la mesa de la pérgola; y las cornamusas de hierro delimitan el estacionamiento. La playa también dejó su impronta: las paredes de la casa se levantaron con conchillas y arena, lo que las vuelve, según sus dueños, “casi imposible” de demoler.
Aunque el casco principal, con lugar para ocho personas, se roba la atención de los visitantes, no es la única opción de alojamiento. María Laura, junto con uno de sus hijos, Diego Ramos Mejía (h), rehabilitó otros espacios icónicos de la hacienda y los transformó en propuestas turísticas, como Las Calas, una casa con tres habitaciones y dos baños para seis personas, y La Usina, una construcción de dos ambientes internos y pérgola para cuatro personas.
Fuente: Lanacion.
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