Historias Personales

Una joven crea brigadas de apoyo escolar en barrios populares y transforma su visión de la pobreza

Julieta Herrera, de 26 años, lidera un grupo que da clases en San Juan desde hace seis años y descubrió que la educación pública no es accesible para todos.

Redacción3 min de lectura
Una joven crea brigadas de apoyo escolar en barrios populares y transforma su visión de la pobreza
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Julieta Herrera tiene 26 años y hace seis dirige Brigadas Educativas, un grupo de jóvenes que brinda apoyo escolar en barrios populares de San Juan. Lo que comenzó como voluntariado durante la pandemia se transformó en una experiencia que cambió radicalmente su mirada sobre la pobreza y la educación en Argentina.

Estudiante de Derecho en la universidad pública sanjuanina, Herrera creció en una familia de profesionales donde estudiar era un acto natural, casi inevitable. Su padre es médico, su madre psicopedagoga, y sus hermanos menores cursan licenciaturas en la misma institución. Ese mundo ordenado se quiebra cuando acepta colaborar en un merendero durante el confinamiento.

Lo que encontró en ese merendero desarmó sus certezas. Chicos con cuadernos pero sin comprensión de las tareas. Otros imposibilitados de conectarse a clases virtuales por falta de internet o dispositivos. Familias donde un solo celular debía servir para varios hijos. Hambre, hacinamiento, falta de agua: realidades que las estadísticas no capturan.

"Yo voy a volver a estudiar por Zoom, a leer mis apuntes, a dormir en una cama calentita. ¿Cómo hacen ellos para estudiar acá?", recuerda haber pensado Herrera tras sus primeros días en el barrio. Ese contraste la obligó a mirarse a sí misma: descubrió prejuicios que ni sabía que tenía. Antes, si pasaba cerca de un barrio popular en auto, sentía miedo. Se cuestionaba por qué los chicos no iban a la escuela si la educación era pública. Las colectas solidarias la hacían creer que entendía la pobreza, pero era una ilusión.

El barrio actúa como espejo incómodo. Te obliga a escuchar historias sin estadísticas, a reconocer a niños que juegan y ríen aunque no hayan cenado la noche anterior. Una tarde, Brisa, una nena de siete años, le dijo que tenía sed. Cuando Herrera la acompañó a su casa, Brisa explicó con total naturalidad que los tanques de agua municipales ya no alcanzaban para todo el fin de semana. Habían estado jugando durante horas. Quizás la niña tenía sed desde hacía rato.

Con el tiempo, Brigadas Educativas evolucionó. Ya no se limitaba a apoyo escolar: articulaban con otras organizaciones, hacían colectas, acompañaban trámites, generaban talleres para adolescentes. Pero el aprendizaje clave fue otro. Muchas veces lo más importante no era explicar matemática o imprimir guías, sino que los chicos sintieran que alguien preguntaba cómo estaban, que alguien regresaba el sábado siguiente, que alguien recordaba su nombre.

Una de esas historias es la de dos hermanitos que miraban mientras otros hacían la tarea, sin cuaderno, sin pedir ayuda. Tiempo después descubrió que habían dejado de ir a la escuela. Con apoyo de organizaciones y organismos públicos, lograron que la familia los reinscribiera. La mamá le envió una foto: los chicos en guardapolvo, sonriendo, cargando la bandera. Herrera aún la guarda.

El mensaje que recibió de Gonzalo, un chico de diez años que durante mucho tiempo creyó que su futuro era abandonar la escuela para trabajar, resume el sentido del trabajo. "Juli, quiero volver a la escuela", escribió. Para Herrera, esas palabras cortas contienen algo enorme: alguien había vuelto a imaginar un futuro distinto.

Los barrios la transformaron más de lo que imaginaba. La hicieron cuestionar incomodidades y miedos profundos. Le mostraron desigualdades que muchos prefieren no mirar porque duelen. Pero también revelaron la fuerza de la comunidad, el deseo de aprender, la importancia de sentirse visto. Y aunque hay días difíciles y problemas que parecen imposibles, sigue volviendo cada sábado.

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