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Violencia verbal en la política: el clima intoxicado que rodea al poder

Un análisis describe un ecosistema donde marcar al disidente y reportar al adversario se volvieron moneda corriente para ganar aval presidencial.

Redacción••5 min de lectura
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Violencia verbal en la política: el clima intoxicado que rodea al poder

Un clima espeso y enrarecido emana del poder en la Argentina. Alrededor del presidente Javier Milei se respira una atmósfera viciada en la que el odio parece ser un sentimiento dominante, con efectos prácticos sobre la convivencia. Rige, en la galaxia oficialista, una convocatoria tácita a marcar disidentes y a ejercer vigilancia sobre el discurso público.

Se incentiva una especie de delación y se premia el señalamiento de personas por algo que dijeron o dejaron de decir. La forma de lograr un aval del jefe de Estado no es con una propuesta o una idea, sino haciéndose notar en X con la descalificación de alguien, con un agravio o una réplica dirigidos a un enemigo seguro.

El líder se regodea en ese juego: celebra al que individualiza un culpable y al que desenmascara a un enemigo. Él se encarga de ejecutar el linchamiento en las redes y de practicar el bullying de Estado, un ritual de humillación que incluye el insulto desbordado, la burla despiadada y el sobrenombre brutal. Es una lógica que no es nueva, pero luce exacerbada, y que genera hacia abajo una mezcla de perturbación y estupor.

Lo que le acercan al Presidente son recortes, fragmentos de entrevistas, declaraciones aisladas, interpretaciones amañadas o directamente chismes. En general, es material procesado con la lógica de las redes. Según fuentes del Gobierno, Milei no lee diarios ni evalúa por su propia cuenta contenidos completos, salvo textos de la Torá o de determinados autores de teoría económica: lo que consume en materia informativa son posteos a través de un scrolleo infinito al que le dedica mucho tiempo.

También alienta que le vayan a contar diálogos privados con periodistas. "Reporté una frase que no me gustó", llegó a reconocer un economista al que el Presidente citó en varias intervenciones públicas como receptor de un insulto que nunca existió. Invita a la autocensura, a cuidar incluso lo que uno dice en una conversación informal y reservada. Cualquiera puede ser reportado, un verbo policíaco que se ha incorporado a la práctica política.

Se fomenta un clima sofocante en el que cualquier frase o comentario crítico, incluso una palabra sacada de contexto, puede convertirse en motivo de un atropello presidencial: no de una contestación, incluso airada, sino de un adjetivo soez y desmesurado, un ataque frontal y un escarnio público.

El mecanismo inocula dosis de malestar e incomodidad que fluyen por canales subterráneos en distintos estamentos sociales. Cuando se premia el señalamiento y se practica el agravio, una especie de veneno imperceptible empieza a corroer pilares básicos de la convivencia. En muchos sectores ya se mira de reojo quiénes se callan ante el ataque presidencial, quiénes festejan o justifican, quiénes alimentan esas reacciones, quiénes eligen el confort del silencio y quiénes asumen el riesgo de solidarizarse públicamente con las víctimas.

Empieza a ocurrir algo típico de los regímenes con componentes autoritarios, donde la crítica, el matiz o la simple diferencia pueden entrañar un peligro, y donde mantener la dignidad pública exige cuotas adicionales de coraje. Las propias víctimas quedan muchas veces descolocadas: no hay manuales ni certezas sobre cómo reaccionar ante el ataque personal de un jefe de Estado.

La ametralladora digital de agravios presidenciales remite a un abuso de poder, pero también a la actitud de esconderse detrás de la investidura. Milei no desconoce la absoluta falta de equivalencia entre su figura, ungida por el poder del Estado, y la de los ciudadanos comunes que son blanco de su destrato y su ira.

El solo paso del Presidente por un ámbito institucional suele dejar una estela de resentimiento que nadie registra públicamente, pero que genera divisiones y fracturas como las que en su momento fomentaba el kirchnerismo en espacios intelectuales, políticos y hasta familiares. ¿Qué pasa después de que Milei va a una escuela e incentiva a los alumnos a abuchear a un determinado sector de la sociedad y asocia a una corriente ideológica con satanás? ¿Qué ocurre después de su paso por una exposición rural en la que aprovecha una entrevista para escrachar a alguien que no puede defenderse?

El Presidente se va, pasa inmediatamente a otra cosa, pero en esos lugares queda una fisura. No hay un índice que registre el nivel de ese malestar, pero basta acercarse con un oído atento a sectores empresarios, institucionales, judiciales o profesionales para percibir esas divisiones y recelos que se potencian en este ecosistema político.

Un ejemplo: "en la ORT se instaló un clima muy tenso después de la visita del Presidente; muchos padres quedaron ofendidos con las autoridades; varios docentes terminaron en una posición incómoda ante los alumnos; hubo un debate que no quedó saldado entre los que proponían tomar distancia y los que impusieron la opción de no decir nada", comenta, off the record, un miembro de esa comunidad. Lo resume así: "la escuela quedó partida".

Hay otro efecto que produce el método presidencial: muchas personas se radicalizan. Abandonan la moderación y hasta la cortesía para asumir un lenguaje desaforado, hiriente y burlón. Ese código pasa a ser rentable para sobrevivir en el poder o acceder a él. Marcar al enemigo es un camino, pero sobreactuar la agresividad también resulta indispensable. Todo remite a una fase superior de la obsecuencia: no alcanza con adular al jefe; hay que alimentar sus arrebatos y su furia; hay que esforzarse por odiar lo suficiente.

En ese clima, no hay espacio para los matices. La realidad se lee con brocha gorda y el mero reparo puede ser suficiente para que caiga, fulminante, la declaración de enemigo. Se naturaliza un discurso que no solo rompe pactos de convivencia, sino que manipula los datos y aniquila la precisión: un pedido de juicio político sin ninguna posibilidad de prosperar se convierte en un intento de golpe de Estado; un incidente migratorio equivale a una infiltración terrorista. El debate público no solo pierde mesura, sino racionalidad.

Aparece, entonces, un peligro adicional. Sectores de la oposición kirchnerista, que ya arrastran un prontuario en materia de convivencia y pluralismo, proponen una mayor crispación, como quedó expuesto en el escándalo en la comisión por Malvinas. La política argentina parece atrapada en una espiral donde el agravio reemplaza al argumento y donde la diferencia se castiga con la exclusión.

Por qué importa

La violencia verbal desde el poder no es solo un estilo: instala autocensura, fractura instituciones y vuelve riesgoso el disenso. Afecta a ciudadanos comunes, escuelas, empresas y a cualquiera que opine distinto.

Qué sigue

Resta ver si el oficialismo modera el tono de cara a las elecciones 2027 o si la oposición responde con más crispación. La evolución del debate público y el costo político del método Milei serán clave.

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