Adultos mayores también viven pegados al celular: la nueva cara de la hiperconexión
Mientras crece el uso de redes sociales entre mayores de 65 años, los jóvenes buscan desconectarse. Los expertos advierten sobre una doble vara cultural.


El uso intensivo de tecnología en adolescentes suele criticarse como un problema de salud mental y social. Pero un fenómeno menos visibilizado está ganando terreno: adultos mayores absorbidos por redes sociales y dispositivos, que muestran los mismos patrones de comportamiento que históricamente se asociaban con los jóvenes. La diferencia es que la sociedad tiende a interpretarlo de manera radicalmente distinta.
Cuando un adolescente pasa horas en TikTok o Instagram, se habla de adicción y deterioro de la atención. Cuando una persona mayor realiza exactamente el mismo comportamiento, frecuentemente se considera saludable, una forma de mantenerse conectada e integrada socialmente. Esta doble vara cultural enmascarara una tendencia más profunda: la dependencia tecnológica dejó de ser un problema exclusivamente juvenil.
Los números lo confirman. El uso de redes sociales entre mayores de 65 años creció de 11% en 2010 a 45% en 2021. Un estudio de Nielsen de 2025 muestra que este grupo etario duplicó el tiempo en YouTube respecto de dos años atrás. Los adultos mayores de 50 pasan aproximadamente 22 horas semanales en dispositivos, mientras que los jubilados recientes tienen más probabilidades que menores de 25 de poseer tablets, laptops y smart TVs.
En Argentina, según la consultora Trendsity, 45% de mayores de 56 años declara pasar tiempo libre navegando redes sociales. Además, 30% siente la necesidad de chequear sus redes diariamente y 14% reconoce realizar compras online regularmente. La tendencia se extiende también a herramientas de inteligencia artificial: 30% de mayores de 50 años usa IA para explorar temas de bienestar, emociones o salud mental.
La pandemia aceleró radicalmente esta adopción digital. La telemedicina, los trámites en línea, las reuniones familiares virtuales y las actividades sociales migraron a las pantallas. Pero hay otro factor crucial: la jubilación trae más tiempo libre, menos estructura cotidiana y, con frecuencia, mayor soledad. Esto genera condiciones ideales para más tiempo de pantalla.
Los comportamientos que emergen son los mismos que históricamente se atribuyeron solo a adolescentes: doomscrolling, dificultad para conversar sin revisar el teléfono, consumo compulsivo de Facebook, YouTube o ChatGPT, e "aislamiento silencioso" incluso en compañía de otros.
Para Fabián Jalife, fundador de BMC, la diferencia radica en cómo la sociedad interpreta estos comportamientos. "En los jóvenes cae rápido el estigma de la adicción. Pero cuando los adultos entran intensamente en estos universos, el relato cambia. Se lo ve como aprendizaje, vigencia, actualización, necesidad de no quedar afuera. El contrato moral es diferente", explica.
Marilea Mociulsky, CEO de Trendsity, complementa: "Lo interesante no es solo que los adultos mayores estén más conectados, sino que se rompe una idea histórica: que la dependencia tecnológica era exclusivamente juvenil". Si durante años la tecnología parecía natural para jóvenes y externa para adultos, hoy esa frontera se desdibujó: la digitalización es estructural, no generacional.
El alargamiento del ciclo de vida impulsa esta transformación. Las personas vivirán casi 30 años más que generaciones anteriores. El temor a quedar obsoletas y la presión de reinventarse en distintas etapas de la vida generan una necesidad de actualización tecnológica que se siente más urgente. Las disrupciones en inteligencia artificial, en particular, crean una sensación permanente de amenaza respecto de quedar afuera, lo que lleva a muchos adultos a adoptar estas herramientas.
Psicológicamente, los adultos mayores ingresan al ecosistema digital en una etapa vital donde ciertas necesidades crecen: conexión con la vida cotidiana, compañía, estimulación, pertenencia. Las pantallas ofrecen exactamente eso: vínculo, entretenimiento, información, sensación de participación. Esto se convierte fácilmente en algo adictivo.
En paralelo, emerge un movimiento inverso entre los más jóvenes. Como crecieron inmersos en entornos digitales desde la infancia, la hiperconectividad no representa progreso sino hiperestimulación y encapsulamiento algorítmico. Los algoritmos personalizados crean burbujas de pensamiento que refuerzan constantemente las propias opiniones, generando aislamiento y una experiencia asfixiante de la realidad.
La búsqueda de muchos adolescentes es por contacto directo y cuerpo a cuerpo. Buscan salir del encapsulamiento digital para experimentar vínculos presenciales, situaciones impredecibles, espacios donde el algoritmo no determine todo. Fenómenos como detox digital y regreso a experiencias analógicas reflejan esta tendencia.
Mociulsky advierte sobre simplificar ambas experiencias. "Para muchos adultos mayores, la digitalización conserva algo de expansión: acceso, actualización, autonomía, descubrimiento, integración social. Para jóvenes, representa lo opuesto: captura, algoritmo, homogeneización". Los expertos coinciden: la tecnología puede ser expansiva o problemática en cualquier etapa de la vida, dependiendo del contexto, la intención y el grado de control que la persona ejerza sobre su uso.
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