Asma Mhalla: el tecnofascismo y cómo las empresas rediseñan el Estado
La politóloga francesa advierte sobre la fusión entre corporaciones tecnológicas y aparatos estatales, y cómo esto erosiona las bases de la democracia liberal.


La publicación de un manifiesto por parte de Palantir hace poco más de un mes encendió las alarmas sobre el rol de las grandes empresas tecnológicas en la defensa nacional y la geopolítica global. El texto de la compañía liderada por Alex Karp, que ha firmado contratos por casi 900 millones de dólares con agencias federales estadounidenses, contenía afirmaciones que muchos interpretaron como síntoma del tecnofascismo: la idea de que el poder en el siglo XXI se construye sobre software y que ciertas culturas permanecen irremediablemente disfuncionales.
Asma Mhalla, doctora en Ciencias Políticas por la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París e investigadora en la Universidad de Nueva York, es una de las voces más autorizadas para interpretar estos cambios. Especialista en geopolítica de la inteligencia artificial y las grandes tecnológicas, Mhalla llegará a Buenos Aires el 22 de mayo para participar en la Noche de las Ideas en el Teatro Colón y explorar cómo la imbricación entre Estado y empresas tecnológicas redefine la política contemporánea.
En conversación con Demo Diario, Mhalla despliega su análisis del término fascismo-simulacro, que diferencia del totalitarismo clásico. Mientras que el fascismo histórico del siglo XX se manifestaba con milicias en las calles y líder carismático, la versión actual preserva las ceremonias democráticas. "Hay elecciones, la prensa funciona y los partidos hacen campaña", explica. "Pero dentro de ese teatro preservado, una lógica amigo-enemigo estructura al Poder Ejecutivo, y el desprecio por el procedimiento institucional se vuelve un estilo de gobierno".
El totalitarismo, por su parte, nombra algo más amplio: la saturación de toda la vida social a través de un único principio ordenador. Para Mhalla, esto cobra nueva dimensión con las tecnologías contemporáneas. "La cognición, la percepción, los afectos, la atención, el lenguaje y todas las categorías del pensamiento pasan por infraestructuras de propiedad privada que operan como una tecnología total", sostiene.
El caso de Palantir ejemplifica esta nueva realidad. La empresa ya no puede ser regulada como un actor comercial más: es simultáneamente un operador geopolítico, político y corporativo. Su infraestructura de datos ha absorbido funciones que antes ejecutaba la administración pública. "La soberanía ha migrado en la medida en que el Estado delega su capacidad en una firma privada", advierte Mhalla. La misma arquitectura de software que sirve al Pentágono alimenta sistemas de deportaciones migratorias, integra datos de salud pública en Reino Unido y dirige operaciones en Gaza.
Esta fusión alcanzó un punto de inflexión cuando Donald Trump otorgó rango militar a ejecutivos de OpenAI, Meta y Palantir, habilitándolos para dirigir programas de armas autónomas y vigilancia fronteriza. El gesto desmanteló el muro categorial entre autoridad corporativa y mando militar. Para Mhalla, esto representa la integración estructural de Silicon Valley en el aparato estratégico estadounidense.
"La IA cambió la escala del problema porque es, al mismo tiempo, una tecnología económica, militar, cognitiva y geopolítica", explica. Esto crea una paradoja fundamental: las democracias liberales se construyeron históricamente sobre la separación entre autoridad pública, poder militar e intereses privados. La lógica democrática presupone que los medios de coerción transitan por canales electos con supervisión civil. Esa arquitectura se erosiona cuando corporaciones privadas controlan la infraestructura sobre la cual descansa la soberanía estatal.
Mhalla describe este nuevo orden como un BigState o Leviatán híbrido de dos cabezas. Una es performativa y visible: el aparato electo, las conferencias de prensa, las órdenes ejecutivas. La otra es infraestructural: megacorporaciones fuera del alcance de los procedimientos democráticos ordinarios. Buenos Aires, advierte Mhalla, no está fuera de esta geografía. "La geografía de la doctrina se está trazando en tiempo real y Buenos Aires está dentro de ella", aseguró la pensadora francesa.
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