Economía

El Gobierno y el desafío de sostener la estabilización cuando el tiempo juega en contra

Un análisis advierte que la paciencia social necesita resultados concretos para que el programa económico no dependa solo de la continuidad electoral.

Redacción4 min de lectura
Cuando el tiempo empieza a jugar en contra

El programa económico del Gobierno enfrenta una encrucijada que excede la discusión sobre si conviene perseverar o cambiar de rumbo. Según un análisis del economista Luis Secco, la dificultad central pasa por distinguir entre lo que todavía no ocurrió porque necesita tiempo y lo que no ocurre porque algo debe cambiar. La inflación bajó de manera extraordinaria respecto del punto de partida, desapareció el déficit fiscal y algunos sectores exportadores muestran dinamismo, pero la actividad lleva más de un año sin entrar en una trayectoria sostenida de crecimiento.

El Gobierno sostiene que buena parte de los resultados faltantes llegarán si se mantiene el rumbo. Hay argumentos para esa visión: una economía que acumuló décadas de inflación, controles y cambios permanentes de reglas no reconstruye crédito, inversión y confianza en pocos meses. Los activos financieros pueden reaccionar rápido, pero construir una planta o endeudarse a veinte años requiere bastante más confianza.

Sin embargo, el tiempo no es una variable neutral. La recuperación continúa siendo desigual: energía, minería y agro avanzan bastante más que industria, construcción y muchas actividades vinculadas con el mercado interno. El empleo privado formal sigue rezagado, los salarios encuentran dificultades para recuperar terreno y la mora de las familias aumentó de manera considerable. Ninguno de esos datos invalida los progresos macroeconómicos, pero en conjunto cambian la naturaleza del problema.

Al comienzo de una estabilización puede resultar razonable pedir paciencia. A medida que transcurre el tiempo, esa paciencia necesita empezar a ser remunerada con resultados. No solamente con mejores variables agregadas, sino con empleo, ingresos, ventas y perspectivas suficientemente difundidas como para que hogares y empresas perciban que el esfuerzo conduce hacia algún lugar.

El análisis advierte sobre los costos de la espera prolongada. Una empresa que decide no invertir puede hacerlo más adelante, pero una que cierra pierde proveedores, clientes, conocimiento y trabajadores capacitados. Algo parecido ocurre con los hogares: una familia que acumula deudas o agota sus ahorros llega a la recuperación con un balance deteriorado. Esperar tiene costos de histéresis: algunas decisiones tomadas durante la transición dejan consecuencias que no desaparecen cuando mejora la macroeconomía.

Entre empresarios se escucha cada vez más una frase comprensible: “esperemos a 2027”. Desde el punto de vista individual puede ser racional postergar una decisión irreversible si existe incertidumbre sobre la continuidad del programa. Pero si suficientes empresas hacen lo mismo, la prudencia individual se convierte en debilidad macroeconómica: menos inversión produce menos empleo y menos actividad, y esa menor actividad puede aumentar las dudas políticas que llevaron a postergar la inversión.

Los mercados tampoco esperan al día de la elección. Si disminuye la probabilidad asignada a la continuidad del programa, aumenta el rendimiento requerido para mantener activos argentinos. Un riesgo país más elevado encarece el financiamiento privado y público, dificulta el rollover del Tesoro y agrava la situación de familias y empresas endeudadas.

Con ese círculo vicioso en el horizonte, el análisis considera demasiado simple plantear que solo existen dos caminos: perseverar exactamente con la combinación actual de políticas o regresar a las recetas que llevaron al fracaso argentino. Entre ambos extremos hay bastante política económica. Los objetivos pueden mantenerse mientras cambian algunos instrumentos.

No se trata de un argumento a favor de una expansión fiscal electoral ni de volver a emitir para financiar al Tesoro. El problema es más difícil: encontrar mecanismos para ampliar la recuperación sin debilitar las anclas que hicieron posible la estabilización. Una normalización más previsible de la liquidez, una mayor profundidad del mercado de capitales, la eliminación de regulaciones y una estructura tributaria más favorable a la producción pueden ayudar sin comprometer las cuentas públicas.

El texto también señala dos cuestiones clave para facilitar la transición. Primero, la educación: los sectores que lideran el crecimiento demandan capacidades que no necesariamente coinciden con las de quienes pierden oportunidades en las actividades rezagadas. Segundo, la oferta de bienes públicos a nivel provincial y local: rutas, transporte, seguridad e infraestructura urbana condicionan dónde puede instalarse la inversión y hasta dónde pueden extenderse sus beneficios.

Por último, el análisis remarca que los programas de estabilización no se sostienen solamente porque sus fundamentos sean correctos. Necesitan construir una coalición social suficientemente amplia que perciba beneficios en su continuidad. La Argentina conoce demasiado bien el movimiento pendular como para dar por sentado que la sociedad concederá tiempo ilimitado solo porque la alternativa de la vuelta al pasado es peor.

Fuente: LA NACION

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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