El Huevo de Dragón: la cabaña de Trevelin que factura US$15.000 al año en 22 metros
El arquitecto Martín de Estrada convirtió una casa curva de 22 metros cuadrados en un alojamiento turístico rentable en Chubut.

En Trevelin, Chubut, una cabaña con forma de huevo se convirtió en un fenómeno turístico y en un negocio rentable. Se trata del Huevo de Dragón, una obra del arquitecto Martín de Estrada que combina una búsqueda artística con un modelo de alojamiento poco convencional. La estructura, de apenas 22 metros cuadrados, factura alrededor de US$15.000 al año, de los cuales un tercio se destina a gastos de impuestos, electricidad, limpieza y manutención.
El proyecto se sostiene sobre una idea central: la diferenciación arquitectónica puede traducirse en valor económico. Según su creador, la forma curva y la experiencia de dormir dentro de un huevo generan una intriga inmediata en los huéspedes, dispuestos a pagar más por una estadía distinta a la de un hotel tradicional.
De Estrada explicó que el proyecto surgió en un momento personal difícil. “Estaba muy mal, en el peor momento económico, psicológico, en todos los posibles niveles de análisis. Por eso pensé en términos de un lugar de protección, de paz, de reconstrucción donde juntar todos los pedacitos de lo que era y tratar de armar algo nuevo”, afirmó el arquitecto. Y agregó: “El huevo es por esencia un lugar de cuidado, es una referencia al útero, a la protección durante la reconstrucción”.
Esa visión inicial impuso una exigencia constructiva: si el exterior prometía una experiencia extraordinaria, el interior no podía ser una habitación recta convencional. Todos los elementos debían ser curvos, desde las paredes hasta las puertas y los muebles. Para resolver la estructura, el equipo construyó y ensayó previamente una sección a escala real. Las piezas principales fueron cortadas con router CNC y ensambladas como un rompecabezas. A eso se sumaron revoques interiores de barro, arcilla y cal, estucos, terminaciones con cera de abeja y trabajos artesanales complejos.
El arquitecto reconoció que no tenía certezas sobre la recepción comercial del proyecto. “No, para nada. Sí sabía que iba a ser exitoso en términos visuales. Desde que vi el render pensé que iba a generar impacto”, sostuvo. “Hay una intriga muy simple que aparece enseguida: ¿cómo será dormir en un huevo? También sabía que la experiencia del huésped iba a ser buena. Esas dos cosas las tenía claras; lo que no sabía era cuál iba a ser el resultado comercial”, añadió.
Consultado sobre por qué alguien está dispuesto a pagar más por esa experiencia, De Estrada apuntó al agotamiento de lo repetitivo. “Creo que hay una especie de aburrimiento, agotamiento de lo repetitivo en general. La arquitectura se ha vuelto un poco aburrida en algún punto. Pago un poco más porque acá me voy a encontrar con algo diferente; estoy de vacaciones y quiero vivir algo distinto”, remarcó.
La obra también despertó reacciones encontradas en la comunidad. El propio creador admite que generó “amor y odio”, una consecuencia esperable para una propuesta que busca trascender. Esa capacidad de provocar una reacción, sostiene, puede leerse como una cualidad artística.
El caso del Huevo de Dragón introduce una lógica distinta para pensar la rentabilidad hotelera. No alcanza con preguntarse cuánto cuesta construir cada metro cuadrado. También importa cuántos ingresos puede generar cada metro construido y cuál es el retorno sobre la inversión total. Concentrar una experiencia de alto valor percibido en una superficie mínima permite optimizar el negocio.
La cabaña se emplaza en Trevelin, un pueblo patagónico de fuerte tradición galesa. Según De Estrada, el diálogo con el paisaje y la cultura local es parte constitutiva del proyecto. La forma no es un recurso aislado: estructura, interiores, materiales y entorno responden a una misma idea.
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