El plan de Trump para redefinir el mapa de la Argentina
El vínculo entre Milei y Trump esconde un cambio geoestratégico que pone al país en el centro del Atlántico Sur, la Antártida y los pasos interoceánicos.


El vínculo directo que forjó el presidente Javier Milei con su par Donald Trump generó una corriente de relación entre la Argentina y Estados Unidos inédita en la historia. Ni siquiera en el menemismo el alineamiento había sido tan profundo. El argumento más frecuente para explicar este grado de sintonía fue el de la empatía personal entre los mandatarios, sus afinidades ideológicas y estéticas, y la vocación común de generar una liga global de líderes de la derecha dura.
Pero de fondo subyace un factor mucho más consistente: el cambio radical en la visión geoestratégica de Estados Unidos que impuso Trump, en la cual por primera vez en la historia América latina ocupa un papel de relevancia. La intervención en Venezuela, la presión sobre Cuba y los documentos de defensa y seguridad que difundió entre diciembre y enero pasados son una expresión elocuente.
En ese contexto, la Argentina se transformó en una pieza clave, especialmente por la relevancia que en la nueva doctrina norteamericana adquieren el Atlántico Sur, los pasos transoceánicos y la Antártida. En alguna medida, el jefe de la Casa Blanca está redefiniendo el mapa del país, como si fuera el planisferio invertido que tenía en su escritorio Raúl Alfonsín.
Ese significativo reseteo se sostiene en tres replanteos conceptuales. El primero, que Estados Unidos asume que ya se agotó definitivamente la etapa de la unipolaridad que marcó la post Guerra Fría, por lo cual dejó de ser la potencia hegemónica. En consecuencia, debe prepararse para un mundo más caótico, en el cual emerge una nueva bipolaridad, ahora con China. Esta línea se viene edificando desde la gestión de Barack Obama, pero ahora adquirió una nueva intensidad.
El segundo, que en ese nuevo diseño global el mundo se distribuye en áreas de influencia, y la región donde Washington proyecta su ascendencia es inevitablemente el continente americano, por geografía, por historia y por razones de seguridad. Es la versión Trump de la vieja doctrina Monroe, con la diferencia de que la potencia a repeler no es Europa, como en 1823, sino China, que ya extiende su dominio por Asia.
El tercer replanteo es que Estados Unidos reemplaza su histórica visión hemisférica horizontal, que la unía esencialmente a Europa, por una concepción hemisférica vertical, que va desde el Ártico hasta la Antártida. Desde la perspectiva trumpista, Europa ha dejado de ser confiable como aliado incondicional y sus prestaciones en materia militar han mermado. En consecuencia, avanza hacia un desacople que se expresa en las tensiones dentro de la OTAN, aun cuando la amenaza de Rusia haya aumentado tras la invasión a Ucrania.
Complementariamente, el Pentágono analiza un cambio fuerte en su operatividad al evaluar la unificación del Comando Norte (cuya área de acción es América del Norte y el Caribe, donde se encaran los problemas más críticos: inmigración y narcotráfico) con el Comando Sur (para América del Sur), en un único Comando Hemisférico, avanzando hacia una seguridad continental integrada. También prevé una actualización de su doctrina, a partir del reciente recambio en el Colegio Interamericano de Defensa, que reúne a militares y diplomáticos de la región, bajo la órbita de la OEA. Allí acaban de dejar la conducción en manos de un general del Comando Sur que tiene como misión adaptar la orientación de la institución a la nueva cosmovisión.
Dentro de este marco conceptual, una obsesión recurrente de Trump son los pasos interoceánicos, porque son los que le permiten dominar los mares que rodean y protegen el continente americano, frente a un programa naval de China que ha venido creciendo sostenidamente en los últimos años. Por esa razón, amenazó con invadir Groenlandia, hasta que logró que le habilitaran la instalación de tres bases militares en la gigantesca isla. Después presionó fuertemente a Panamá para expulsar a las empresas asiáticas de la logística del canal y lo declaró una prioridad de seguridad nacional.
Y es allí en donde emerge la gravitación del último paso interoceánico, compuesto por el estrecho de Magallanes y el pasaje de Drake al sur de la isla de Tierra del Fuego, que no sólo es uno de los seis pases estratégicos a nivel global, sino que es uno de los mejores lugares para operar y esconder submarinos balísticos, en casos de crisis.
Bajo esta lógica, para Estados Unidos se transformó en un objetivo garantizar la gobernabilidad del cono sur, que significa alejar la amenaza china, contar con socios confiables y establecer una presencia disuasiva más visible. Esta mirada no está atada exclusivamente a una dimensión militar, sino también a otro aspecto estratégico que es asegurar cadenas de suministro para las economías del futuro, en un contexto global que se ha vuelto demasiado inestable.
Por eso ahora incorpora un plano adicional a su mirada cuando transforma en un factor de seguridad a la energía y a los minerales críticos (la Argentina suministra hoy el 58,8% del carbonato de litio que importa EE.UU.), y cuando proyecta la importancia de la Patagonia como un lugar propicio para la instalación de empresas tecnológicas que son aliadas directas de la administración Trump, las que además del frío y el agua requieren también estar lejos de las zonas de conflicto. El que maneja la energía, la tecnología y los datos, gestiona un poder que ahora desafía la clásica prevalencia militarista.
En esta mirada más integral, opera un cambio fundamental: a diferencia de lo que ocurría hace 100 años, hoy la Argentina tiene objetivos mucho más complementarios con Estados Unidos, que requiere una provisión continua de energía, alimentos y minerales, sin importar al mismo tiempo el desorden que emana de proveedores tradicionales como Rusia o Medio Oriente. Todos estos tópicos vienen siendo motivo de conversación diplomática, a veces reservada.
Trump realizó en menos de un año tres gestos económicos muy fuertes de apoyo a la gestión de Milei. Intercedió para lograr un nuevo acuerdo con el FMI, lo rescató con un swap de urgencia antes de las elecciones y lo respaldó en el juicio por YPF. Ayudó al Gobierno en sus urgencias como ninguna otra administración norteamericana lo había hecho en su historia. Pero al mismo tiempo impulsó sus objetivos menos inmediatos y se movió para correr a China del proyecto de un puerto y una base integrada en Tierra del Fuego, profundizó una serie de ejercicios militares con la Argentina y avanzó en un esquema de cooperación que tuvo un punto culminante en la firma de un acuerdo de defensa que abre la puerta a la presencia de empresas como las de Peter Thiel.
Fuente: Lanacion.
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