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El sueño kurdo de un Estado propio se apaga entre guerras y acuerdos

Tras la disolución del PKK, los kurdos renuncian a la independencia y apuestan por integrarse a la vida política de Turquía, Siria, Irak e Irán.

Redacción••4 min de lectura
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Los sueños de soberanía se vuelven a esfumar en el Kurdistán

El centro histórico de Dyarbakir, la capital oficiosa del Kurdistán turco, ya no lo parece. Varios de sus barrios son ahora solares o casas nuevas, todas iguales. Es la consecuencia de la guerra urbana que enfrentó en 2015 a las fuerzas de seguridad turcas con militantes y simpatizantes del PKK, la guerrilla liderada por Abdullah Ocalan que aspiraba a la soberanía del Kurdistán.

Sin embargo, desde hace más de un año, cuando el PKK anunció su disolución para abrir un proceso de paz, en toda la región kurda se respira un ambiente más tranquilo. "El asedio del casco antiguo duró dos años. Fue muy violento", cuenta Akiut, un joven que muestra en su teléfono videos de las batallas de aquel periodo. "Ahora ya se acabó. Esperemos que empiecen a venir turistas", agrega quien planea abrir un restaurante italiano.

La mayoría de los kurdos afronta con alivio y cautela el posible fin de un conflicto armado que dejó cerca de 50.000 muertos desde la creación del PKK en 1978. La prudencia nace del recuerdo del fracaso de otra negociación, en 2015, que derivó en un recrudecimiento de la violencia.

"Muchos creen que Erdogan solo está interesado en promover el proceso de paz para ganarse el voto kurdo y poder ganar las próximas elecciones presidenciales", sostiene el analista turco Umut Ozkirimli. El nacionalismo kurdo encara el inicio del proceso desde una posición de debilidad que lo llevó a renunciar no solo a la independencia, sino también a la demanda de un régimen autonómico dentro de Turquía.

"Creo que no hay vuelta atrás a la lucha armada. El movimiento nacionalista kurdo llegó a la conclusión de que la violencia era una calle sin salida y puede conseguir sus derechos por la vía política", afirma Reha Ruhavioglu, director del Centro de Estudios Kurdos.

El pueblo kurdo suele ser definido como la nación sin Estado más grande del mundo. Con unos 30 millones de personas, el Kurdistán está dividido entre cuatro países: Irán, Siria, Irak y Turquía. En este último vive aproximadamente la mitad de los kurdos, pero es en Irak donde gozan de más derechos dentro de un sistema federal.

Muy apegados a su lengua y su cultura, la comunidad internacional no cumplió la promesa hecha al final de la Primera Guerra Mundial, plasmada en el Tratado de Sevres, de concederles un Estado. Desde entonces hubo incontables revueltas kurdas en el corazón de Medio Oriente.

Por ahora, el proceso de paz ya trajo un rédito: la aprobación el pasado 10 de agosto de una amnistía parcial en el Parlamento turco. En teoría, la ley permitirá la liberación de activistas kurdos encarcelados, muchos de ellos miembros o dirigentes del partido prokurdo DEM, y el retorno de militantes del PKK acusados de delitos menores y radicados en otros países. No hay cifra oficial de beneficiarios, pero se estima que serían varios millares. Quedó postergada cualquier medida de gracia hacia Ocalan, condenado a cadena perpetua tras su captura en 1998.

Ante el rechazo categórico de Ankara a discutir un sistema autonómico, los dirigentes kurdos apuestan por integrarse a la vida política turca y negociar el reconocimiento de sus derechos culturales. La empresa no se antoja fácil por la marcada deriva autoritaria de Turquía, un país con decenas de presos políticos, incluido el líder oficioso de la oposición, el ex alcalde de Estambul Ekrem Imamoglu.

Al otro lado de la frontera, en Siria, se desarrolla un proceso de reconciliación parecido, pero en una fase más avanzada. Entre muchos kurdos sirios existe una clara sensación de pérdida, porque gozaron de un ente semiindependiente durante una quincena de años conocido como Rojava. Su experimento colapsó a principios de año, cuando Washington les retiró su apoyo y las tropas de Damasco lanzaron una ofensiva militar rápida y exitosa.

La milicia prokurda de las Fuerzas Democráticas Sirias, vinculada al PKK, y las instituciones políticas de la región debieron disolverse e integrarse al Estado sirio a cambio del reconocimiento de sus derechos culturales, incluida la consideración del kurdo como lengua oficial. Por ahora, ese estatuto es más simbólico que real.

Tampoco parece que la ambición de soberanía kurda tenga más chances en Irán. Al inicio de la actual guerra en ese país, Donald Trump coqueteó con la idea de armar a las milicias kurdoiraníes basadas en Irak y usarlas como infantería, pero la iniciativa no prosperó. El régimen de los ayatollahs resultó más fuerte de lo esperado.

En Irak, la tendencia es que, con un gobierno de Bagdad reforzado, se vaya laminando la autonomía kurda. Lejos queda la esperanza que despertó la ola de cambios en Medio Oriente en 2011. Los sueños kurdos de soberanía, una vez más, deberán esperar.

Por qué importa

El fin de la lucha armada del PKK reordena Medio Oriente: unos 30 millones de kurdos repartidos en cuatro países quedan sin proyecto soberanista y dependen de concesiones culturales que, por ahora, son más simbólicas que reales.

Qué sigue

Habrá que seguir la implementación de la amnistía parcial aprobada en Turquía, que podría liberar a miles de activistas, y si Erdogan avanza hacia un reconocimiento real de derechos culturales kurdos.

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