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Escándalo en la Supercopa Internacional: el fútbol argentino bajo sospecha

La final entre Rosario Central y Estudiantes en Santiago del Estero expuso fallos polémicos y reavivó las críticas contra la gestión de Claudio Tapia en la AFA.

Redacción••3 min de lectura
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Ya nadie le cree al fútbol argentino: la tarde que debería indicar el principio del fin

La final de la Supercopa Internacional entre Rosario Central y Estudiantes, jugada en Santiago del Estero, terminó envuelta en una polémica que excedió lo deportivo. Tres fallos clave del árbitro Darío Herrera cayeron del lado del equipo rosarino: el penal que definió el título, la segunda amarilla que no recibió Elías Verón y una mano de Ignacio Ovando en el cierre que el VAR ni siquiera revisó. El partido se cerró con un gol del joven Julián Fernández, pero la discusión quedó instalada en otro plano.

El malestar no se limita a una jugada discutida. La acumulación de decisiones controvertidas, sumada al contexto institucional, llevó a que el foco dejara de estar en el resultado y pasara a estar en la credibilidad del sistema. Estudiantes no explotó por un penal en contra: el desborde, siempre injustificable, respondió a una serie de episodios que el club considera parte de un patrón.

Entre esos antecedentes aparecen el título que se le entregó a Central un año atrás por una competencia que nadie sabía que existía, el pasillo que se obligó a hacer a su adversario sin reglamento que lo impusiera y un documento en pdf con una regla inexistente hasta ese momento. También los descensos suspendidos en medio de un torneo y el ascenso vertiginoso de equipos con supuestos vínculos con el poder.

La propia Supercopa Internacional arrastra cuestionamientos. Se juega en la Argentina entre dos equipos argentinos, surgió por una oferta económica del mundo árabe y, tras la caída de los sponsors, se sostiene por la sola idea de mantener un negocio. Ya son ocho los títulos que entrega el fútbol argentino por año, con treinta equipos y ocho campeones: cada Copa nueva le resta valor a las anteriores.

Detrás de la protesta de Estudiantes se encolumnan cada vez más clubes. River y Racing alzaron la voz en otros momentos, aunque muchas veces esa convicción se transforma después en arrepentimiento por miedo a las represalias. Cada vez más hinchadas se suman a los insultos contra Claudio Tapia, aunque el reclamo suele escucharse cuando un equipo pierde y se siente perjudicado.

El problema excede lo deportivo. Tapia y Pablo Toviggino están siendo investigados por retención indebida de aportes y evasión impositiva, por lavado de dinero y desvío de fondos internacionales. La lista de causas es larga y las condenas, por ahora, no aparecen.

En medio de ese clima, Ángel Di María, una leyenda del fútbol nacional, transcurre sus últimos días en el deporte profesional. No son pocos los que ya lo miran con desagrado por vincular a Rosario Central con Tapia, una asociación injusta que salpica a los próceres de Qatar. Ni Di María, ni Central, ni Estudiantes merecen este trato.

Lo que pasó en Santiago del Estero debería cambiarlo todo. Por las dinámicas que dominan al fútbol argentino, es posible que Tapia se quede por algunos años más. Pero este escándalo tendrá que ser mencionado como el principio del fin, no por lo que pasó en el partido sino por lo que simbolizó.

Por qué importa

El episodio expone la crisis de credibilidad de la AFA y el desgaste de un sistema que entrega ocho títulos por año. Afecta a todos los clubes, a los jugadores y a los hinchas, que pierden garantías deportivas.

Qué sigue

Queda por ver si la AFA abre algún canal de diálogo con los clubes que reclaman y si las investigaciones judiciales contra Tapia y Toviggino avanzan. La próxima competencia oficial será una nueva prueba de fuego.

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