Etiquetado frontal: la necesidad de un debate integral en Argentina
La discusión sobre los sellos en alimentos no debe reducirse a una oposición binaria, sino evaluar su eficacia real.

El sistema de etiquetado frontal en alimentos y bebidas se ha convertido en uno de los debates más relevantes de la política alimentaria argentina. Sin embargo, la discusión corre el riesgo de simplificarse en una oposición binaria: quienes defienden los sellos defienden la salud, y quienes los cuestionan defienden intereses económicos. Esta simplificación no contribuye a mejorar la alimentación de la población.
Existe un consenso general sobre la importancia de abordar la obesidad y las enfermedades crónicas no transmisibles, así como el derecho de los consumidores a acceder a información nutricional clara. La pregunta central es si la herramienta específica del etiquetado frontal vigente es la más eficaz para lograr esos objetivos, o si hay aspectos técnicos y metodológicos que justifican una evaluación.
Un argumento frecuente es que los consumidores reconocen los sellos de advertencia. No obstante, la pregunta relevante es si esa identificación se traduce en cambios concretos y sostenibles en los hábitos de consumo. Según una encuesta nacional reciente, apenas el 5% de los argentinos considera al etiquetado frontal como el factor más importante para promover hábitos saludables, mientras que la amplia mayoría prioriza la educación alimentaria (42%), el mejor acceso a los alimentos (37%) y la actividad física (14%).
La experiencia internacional muestra que no existe un consenso sobre cuál es el sistema más eficaz: hoy conviven en el mundo más de 60 sistemas de etiquetado frontal con criterios diferentes. Evaluar el sistema vigente no implica cuestionar el objetivo de la política pública, sino preguntarse si la herramienta elegida es la mejor para alcanzarlo.
En Argentina, más del 95% de los productos presenta al menos un sello y el 81,9% tiene dos o más simultáneamente. En Uruguay, la proporción de productos con múltiples sellos es del 41%; en Brasil, del 34,2%. Esta situación plantea interrogantes sobre la capacidad comparativa y orientativa de un sistema que advierte sobre casi todo.
Otro punto relevante es la armonización regional. Dentro del Mercosur coexisten distintos sistemas de etiquetado, lo que genera que un mismo producto pueda llevar sellos en Argentina y no en Brasil o Uruguay. Esta falta de coherencia puede confundir al consumidor y socavar la credibilidad de las regulaciones. La armonización implicaría construir estándares comparables y técnicamente consistentes para toda la región.
Finalmente, la educación alimentaria emerge como una dimensión clave. Una advertencia en el envase no reemplaza el aprendizaje necesario para comprender qué significa una alimentación saludable. Los hábitos no se transforman por un sello, sino a partir de información, educación y un entorno que favorezca mejores decisiones. Pretender resolver un problema complejo con una única medida regulatoria supone simplificar una realidad que exige un enfoque integral.
El debate que la Argentina necesita no es si hay sellos o no, sino qué sistema regulatorio es el más eficaz para ayudar a los consumidores a comer mejor. La armonización regulatoria ofrece un horizonte de mayor previsibilidad y la oportunidad de construir herramientas más eficaces. Ese es el debate que Copal quiere dar, con datos y experiencia.
Fuente: LA NACION
Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.
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