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Un ensayo reivindica el liberalismo político que veía al Estado como solución y no como problema

El texto recupera a Arendt, Aron y Berlin frente al libertarismo de Milei y al liberalismo progresista, dos corrientes que, sostiene, coinciden en desconfiar del Estado

Redacción••3 min de lectura
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Un ensayo reivindica el liberalismo político que veía al Estado como solución y no como problema

Un ensayo sobre historia de las ideas reivindica una tradición del liberalismo que entendía al Estado no como el problema sino como la solución, en contraste con las dos versiones que hoy dominan el debate público. El texto, firmado por el académico Andrés Rosler, sostiene que tanto el liberalismo libertario que encarna el presidente Javier Milei como el liberalismo anglosajón o progresista comparten un mismo supuesto: que el Estado es redundante o contraproducente.

Según el autor, el libertario quiere destruirlo y el progresista está dispuesto a utilizarlo hasta alcanzar la liberación esperada. Ambos, afirma, coinciden en que una vez que el bien triunfe sobre el mal el Estado no tendrá razón de ser. Frente a eso, recupera la figura del liberalismo político, una corriente que veía en el Estado una institución indispensable para proteger la libertad.

El ensayo aclara que esa etiqueta no debe confundirse con el liberalismo político de John Rawls. Rosler acusa al filósofo estadounidense de publicidad engañosa: su consenso superpuesto toma como ejemplos a Kant, a Mill y a sí mismo, es decir, predica para el coro liberal. Para graficarlo, compara esa operación con discutir cuál fue el mejor River de la historia entre el de Ángel Labruna, el de Ramón Díaz y el de Marcelo Gallardo: por profundo que sea el desacuerdo, desde afuera parece una conversación entre hinchas del mismo club.

La línea fundadora que rescata aparece en una monografía de 1892 del historiador suizo Francis de Crue sobre el partido de los políticos al día siguiente de la San Bartolomé. De Crue describe a los Politiques como monárquicos y católicos que reivindicaron las libertades políticas y religiosas en beneficio de una minoría de la que no formaban parte.

Uno de esos liberales políticos fue Michel de L'Hospital, canciller de Francia entre 1560 y 1568. El filósofo Louis-Jean Lévesque de Pouilly relata en su biografía que, al llegar a la cancillería, L'Hospital impidió que se estableciera la Inquisición en Francia, en un contexto donde cada uno veía aprobada su religión y perseguida la del otro. Esa supeditación de la religión al razonamiento político no era bien vista por quienes insistían en la justicia de su causa incluso al precio de la guerra civil.

El panfletista católico Artur Desiré lo atacó en 1568: "Su virtud es la de ser un Proteo / Su neutralidad es ser ateo". El tercer partido de los políticos, según Lévesque de Pouilly, sin renunciar a los dogmas católicos aprobaba buena parte de los cambios que los protestantes habían aportado a la disciplina eclesiástica. Establecía que juzgar lo que hay en el fondo de los corazones solo le corresponde a Dios y que todos los ciudadanos de un Estado tienen igual derecho a las ventajas que la sociedad civil pueda procurarles.

Católicos y protestantes comprendieron que, para evitar la guerra civil de religión, debían establecer un sistema institucional con autoridad soberana: el Estado moderno. El historiador alemán Reinhart Koselleck señala que al Estado le fue tan bien en esa tarea que en la Enciclopedia de Diderot y D'Alembert ni siquiera figura la voz "guerra civil". Los iluministas llegaron a creer que se habían deshecho del problema y se ilusionaron con una sociedad sin Estado.

La mala prensa de la expresión hizo que la guerra civil fuera reemplazada por el término "revolución", asociado a una base fértil para la innovación. El historiador David Armitage plantea que las guerras civiles remiten a querellas antiguas y divisiones totales, mientras que las revoluciones indican el camino a un futuro abierto y expansivo. La revolución, entonces, es la guerra civil sin sus contraindicaciones, y por eso se convirtió en la enemiga mortal del Estado durante el siglo XX.

Eso explica, según el texto, por qué los defensores del Estado suelen quedar bajo fuego cruzado. En 1972, Hans Morgenthau preguntó a Hannah Arendt qué era, y la discusión derivó en una defensa del liberalismo político como espacio de tolerancia frente a las utopías que prometen liberarlo todo.

Por qué importa

El texto ordena el debate ideológico que atraviesa la política argentina: muestra que el rechazo al Estado no es patrimonio exclusivo del libertarismo y recupera una tradición liberal que lo defendía como garantía de libertad.

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