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Limoges, la ciudad francesa que vive de la porcelana desde hace mil años

Un recorrido por los museos y talleres de la capital francesa de las artes del fuego, a mitad de camino entre París y Toulouse

Redacción••4 min de lectura
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Limoges: los secretos de un destino tan francés como refinado

Caminar por el centro de Limoges es atravesar capas de tiempo: la Edad Media, la Revolución Industrial y el presente conviven en sus calles. En esa ciudad casi oculta en el corazón de Francia, a mitad de camino entre París y Toulouse, nacieron los dos oficios que la consagraron como la capital de las artes del fuego: el esmalte y la porcelana.

La historia es larga y tuvo un golpe de suerte decisivo. A Limoges le llegó cuando se descubrió uno de los yacimientos de caolín más puros del mundo en los alrededores de la ciudad. Corría el siglo XVIII.

El antiguo palacio obispal se transformó en el Museo de Bellas Artes, mientras un viejo hospital para enfermos mentales es hoy el mayor museo del mundo dedicado a la porcelana.

El relato arranca con un personaje mítico: Martial, un evangelizador que recorrió las Galias y murió a mediados del siglo III en la ciudad de los lemovices, donde fue enterrado y se convirtió en santo. Sus reliquias atrajeron peregrinos y dieron a la pequeña localidad un lugar relevante como centro espiritual. Al mismo tiempo, los esmaltes locales ganaban fama en el mundo cristiano. Cuando Limoges se volvió una etapa importante en uno de los caminos hacia Santiago de Compostela, los peregrinos europeos se encargaron de difundir y prestigiar esa producción.

Eric Boutaud, guía experto de Limoges, acompaña a los grupos que hacen las caminatas interpretativas por la ciudad. Conocedor de la historia local, enriquece la visita al Museo de Bellas Artes y sostiene que la colección "rivaliza con las del British Museum o del Hermitage de San Petersburgo, con más de 1200 piezas desde el siglo XI hasta hoy".

"En mis visitas llamo particularmente la atención sobre los esmaltes champlevés, una técnica que nació hacia 1130 en Limoges y que tuvo un éxito tan grande en toda Europa que cada pieza se identificaba como opus lemovicense, una denominación de origen muy anterior a la porcelana o las protecciones industriales modernas", agrega.

Entre las piezas que siempre aparecen en sus explicaciones hay una modesta medallita azul de motivos geométricos y apenas tres centímetros de diámetro. Se hizo en torno al año 1000 y es la más antigua del museo. También hay relicarios medievales y esmaltes pintados del Renacimiento, sobre todo los de Léonard Limosin, el más grande de los esmaltadores, que vivió en el siglo XVI y dejó retratos de un realismo revolucionario para la época gracias a su técnica de esmaltes pintados sobre placas de cobre.

"Los esmaltes en Limoges no son solo piezas de museo. Muchos artistas siguen abriendo talleres nuevos y producen, manteniendo una tradición creativa que ya tiene más de un milenio de existencia", remarca el guía. Un ejemplo es la virgen negra de la catedral Saint-Étienne, realizada íntegramente en esmalte por Léa Sham's y Alain Duban.

Gracias a los esmaltes, todo estaba listo para el nacimiento de la porcelana: el talento de los decoradores y pintores, y los "hombres del fuego" que sabían controlar tiempos y temperaturas de los hornos. Faltaba emular a los chinos, que guardaban celosamente el secreto de fabricación.

Algunas leyendas locales vinculan el hallazgo del caolín con el trazado del ferrocarril entre París y Toulouse, el mismo ramal que existe hoy y hace su principal parada intermedia en la monumental estación de Limoges. Sin embargo, fue muy anterior: hacia 1760, un cirujano de la región mandó analizar una tierra blanca que su esposa usaba para lavar la ropa. Identificó la materia prima de la porcelana y comprobó que era una veta de pureza excepcional. Alertado, el rey Luis XV impulsó la producción en los talleres de Sèvres.

La ubicación fue una suerte doble: la ciudad estaba a pocas decenas de kilómetros de las canteras y tenía cerca una cantidad inagotable de bosques para alimentar los hornos. Del esmalte a la porcelana el salto fue rápido. Cambió el arte, pero no el saber hacer ni el dominio del fuego.

El Museo Nacional Adrien Dubouché lleva el nombre de un mecenas del siglo XIX que impulsó la primera colección de piezas producidas localmente. Para entonces, la Revolución Industrial había llegado a Limoges de la mano del tren y las máquinas de vapor. Fueron tiempos ambivalentes: la ciudad creció como nunca y ganó prestigio en las mesas más refinadas del mundo, pero también se hundió en una realidad de miserias y penurias difíciles de imaginar hoy.

Las salas del Dubouché cuentan ese contraste. Boutaud recuerda que la segunda mitad del siglo XIX fue la edad de oro de la porcelana, impulsada por las Exposiciones Universales, "cuando las fábricas comenzaron a marcar sus piezas para que fueran reconocidas internacionalmente y se consolidó el prestigio de los Blancos de Limoges, famosos por su blancura y perfección". El guía orienta la visita hacia obras maestras como el servicio "Grain-de-riz" de la manufactura Pouyat, de 1878, o las innovaciones de la fábrica Haviland, que introdujo el japonismo en la región.

Por qué importa

La nota muestra cómo una ciudad mediana de Francia convirtió un recurso natural y un oficio artesanal en una marca global que todavía hoy sostiene talleres, museos y fábricas. Es un caso de identidad productiva construida a lo largo de siglos.

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