Los talleres del Teatro Colón: el arte invisible detrás de cada función
Peluqueros, sastres, escenógrafos y zapateros mantienen oficios centenarios en la fábrica artesanal del teatro.

Detrás de los mármoles, vitrales y aplausos del Teatro Colón funciona una fábrica artesanal que construye mundos. Peluqueros, sastres, escenógrafos y zapateros trabajan a diario para crear los detalles que el público ve apenas unas horas sobre el escenario. Este patrimonio invisible, hecho de saberes y herramientas, se transmite de generación en generación.
El edificio inaugurado en 1908, diseñado por Francesco Tamburini, Vittorio Meano y Jules Dormal, es uno de los máximos exponentes del eclecticismo arquitectónico. Sin embargo, en sus niveles subterráneos, lejos de la sala principal, un equipo de especialistas mantiene vivos oficios que casi no existen fuera del ámbito teatral.
Los talleres no son espacios detenidos en el tiempo. Son lugares de trabajo con oficinas, mesas y herramientas, donde personas concentradas resuelven lo extraordinario. Allí se producen pelucas cabello por cabello, vestidos de época y calzados diseñados para soportar horas de danza.
Eugenia Palafox, jefa del Taller de Peluquería y Caracterización, coordina un equipo de 18 personas. Hace 29 años que trabaja en el Colón y explica que, aunque incorporaron nuevas tecnologías, el trabajo de implante sigue siendo igual que hace 200 años. Cada cabello se coloca manualmente sobre una base diseñada a medida para cada artista.
Las pelucas destinadas a los solistas pueden requerir semanas de elaboración. "Si uno no implanta mucho pelo, no va a implantar bien", resume Palafox. En su oficina se conserva una reliquia: una peluca utilizada por Vaslav Nijinsky en L'Après-midi d'un Faune (1913), confeccionada con hilos de seda.
A pocos metros, Carlos Pérez coordina el Taller de Sastrería. Para una producción como Otello, el área llega a confeccionar 280 trajes y utiliza entre 4500 y 5000 metros de tela. "La sastrería teatral es otro mundo", dice. Un traje escénico debe responder a exigencias de movimiento, iluminación y resistencia, y suele atravesar varias manos antes de terminarse.
"Es un oficio que se está perdiendo", se lamenta Pérez. La frase resuena en otros talleres del teatro.
En Escenografía, Lucila Rojo coordina un equipo de 35 personas distribuidas entre el Colón y La Nube, el centro de producción en Chacarita. Allí se fabrican fondos pintados, estructuras y elementos escénicos. Los dibujos se trasladan a escala real y las pinturas se aplican con técnicas históricas. "Seguimos pintando a la italiana", explica.
El calzado también tiene su espacio. Los zapateros del Colón crean zapatillas de puntas y botas que deben resistir horas de danza. Cada par se adapta al pie del artista y a las exigencias del personaje.
Estos oficios constituyen uno de los mayores patrimonios del teatro, aunque permanezcan lejos de los reflectores. La transmisión de conocimientos se da en la práctica diaria, junto a otros, y no siempre puede adquirirse en libros o universidades.
El Colón no solo preserva su arquitectura centenaria, sino también una red de saberes que hacen posible la magia de cada función. Detrás de cada ópera o ballet hay un equipo de especialistas que mantiene viva una tradición única en el país.
Fuente: LA NACION
Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.
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