Manuel López de Tejada reúne dos relatos sobre la supervivencia en un libro
El volumen cruza la llanura santafesina del siglo XIX con la memoria de un sobreviviente polaco del nazismo.

El escritor Manuel López de Tejada, nacido en Rosario en 1959, publicó Dos tipos de supervivencia, un volumen que reúne dos relatos unidos por la misma pregunta: cómo se sobrevive cuando todo alrededor empuja hacia la muerte. El libro, editado por Baltasara, tiene 126 páginas y un prólogo de Carolina Lieber.
El primer relato, “La lanza”, reconstruye la vida de Miguel Torres, bisabuelo materno del autor, en la llanura santafesina del siglo XIX. El eje es la resistencia a un malón ocurrida en El Bagual en 1876, episodio que López de Tejada narra con la voz de un cronista aliado a su antepasado.
“El deseo de abrirse camino solo se le presentó por primera vez a los quince años, cuando se negó a servirle la décima ginebra a un tal Liborio Sosa”, escribe el autor sobre Torres. El personaje llega desde Capilla del Señor al “latifundio desolado” de El Bagual junto a Prudencio Zarza, compañero de aventuras, y el Pocas Plumas, su caballo.
Hombre “leído”, condición por la que lo nombran alcalde, Torres se recupera de un lanzazo en Pergamino, donde, según el relato, “le han devuelto la vida, le han dado cobijo y ha encontrado novia”. La crónica familiar avanza después entre anécdotas, personajes e imágenes, entre ellos la abuela materna del autor, Victoria Calderón.
El segundo texto, “Tadeo Dziubek”, premiado por la embajada de Polonia en 2019, reproduce en primera persona el testimonio de un inmigrante polaco sobreviviente de los campos de concentración del nazismo, suegro de la hermana de López de Tejada. “La mejor regla para sobrevivir en un campo de concentración es estar en el medio. Los prisioneros de las puntas reciben las patadas, las palizas, los culatazos”, arranca a modo de recomendación funesta.
Con esos dos materiales, el libro arma un díptico donde la furia de la historia atraviesa vidas concretas: un criollo que se hizo lugar en la frontera y un europeo que aprendió a mantenerse en el centro para no morir. Ambos relatos comparten el gesto de dejar hablar a los sobrevivientes y de reconstruir, con oficio de cronista, lo que esas voces alcanzaron a transmitir.
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