Sociedad

Nowstalgia: el 77% de los argentinos quiere que su vida vuelva a ser como antes

Una encuesta global de Ipsos revela que dos tercios de la humanidad prefiere el pasado y desconfía del futuro, en plena crisis de la idea de progreso

Redacción••3 min de lectura
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Una deprimente epidemia de “nowstalgia” compromete las promesas del futuro

Una epidemia silenciosa recorre el mundo y no la detecta ningún laboratorio. Se llama nowstalgia, la nostalgia del presente, y empuja a millones de personas a refugiarse en un pasado que ya no pueden recuperar mientras miran el porvenir con desconfianza. El dato más elocuente surge de una encuesta del instituto Ipsos realizada en 50 países sobre 50.000 personas durante 2024: el 57% de los consultados afirmó que quisiera que su vida “fuera como antes”.

La Argentina aparece entre los países más golpeados por ese desencanto. La proporción de argentinos que prefiere el pasado saltó del 44% al 77% en una década, el salto más pronunciado de la muestra. En Estados Unidos el indicador pasó de 45% a 65%, y en Brasil, uno de los cinco países más afectados, trepó de 45% a 69%. El podio lo completan Indonesia (de 45% a 78%), China (de 35% a 59%), Suecia (de 28% a 63%) y Alemania (de 35% a 58%).

El fenómeno no distingue ideologías ni niveles de desarrollo. En Francia, donde en 2013 apenas el 56% de la población compartía esa sensación, diez años después la angustia alcanzó al 64%. A escala europea, el indicador subió del 46% al 56%. Sociólogos y psicólogos observan con preocupación los efectos que esa tendencia puede dejar en las próximas generaciones.

La nowstalgia no es un fenómeno aislado. El ensayista francés Bruno Patino, presidente del canal cultural Arte, describe en su libro El tiempo de la obsolescencia humana una “vergüenza prometeica” de una humanidad “condenada a someterse a la perfección calculadora de sus propias máquinas”. Para Patino, el aspecto más dramático es el impacto invisible de las innovaciones: el hombre adopta las nuevas tecnologías antes de comprender su alcance y, cuando lo hace, ya está dentro del abismo.

El derrumbe de la idea de progreso tiene fecha. El filósofo francés Georges Canguilhem la sentenció en 1987, aunque el concepto ya venía en retirada desde hacía décadas. En La economía de la felicidad, publicado en 2014, la profesora de la Sorbona Claudia Senik demostró que solo el 30% de los franceses espera el futuro con entusiasmo, mientras los dos tercios restantes preferirían vivir en la década del 80, recordada como un período más comprensible y menos vertiginoso.

El malestar tampoco es nuevo. A principios del siglo XIX, el diplomático Charles-Maurice de Talleyrand consideraba que la “vida serena” había desaparecido con la Revolución Francesa. Un siglo después, el escritor austrohúngaro Stefan Zweig sentenciaba que su época había puesto fin a la “edad de oro de la seguridad” y en 1942 se quitó la vida en su refugio de Petrópolis, Brasil.

En Homo occidentalis, el sociólogo Jérôme Fourquet y el psicoanalista Ruben Rabinovitch exploran ese vértigo existencial. El cineasta Ridley Scott, de 88 años, también percibe “malos signos” y su último film postapocalíptico, The Dog Star, imagina un regreso al tribalismo donde “la capacidad individual de garantizar su seguridad definirá la frontera entre los sobrevivientes y los otros”.

El debate se reactualizó en los últimos días con las advertencias de numerosos científicos sobre la inteligencia artificial como posible amenaza existencial para la humanidad. Algunos episodios protagonizados por agentes descontrolados de IA reavivaron la discusión sobre un hipotético IA-pocalypsis, un escenario que difícilmente apacigüe las tensiones de sociedades cada vez más deprimidas.

Por qué importa

El rechazo al presente y la desconfianza en el futuro ya no son una reacción individual: son un estado de ánimo colectivo que crece en casi todo el mundo. En la Argentina, ese desencanto alcanza a más de tres de cada cuatro personas y presiona sobre la política, el consumo y las expectativas de las nuevas generaciones.

Qué sigue

La discusión sobre la inteligencia artificial como amenaza existencial seguirá escalando tras las advertencias de los científicos. Habrá que ver si el debate público logra canalizar esa angustia o si la nowstalgia se consolida como el rasgo dominante de la década.

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