Psicología

Rocío Ramos-Paúl: por qué repetir las órdenes mil veces empeora el conflicto con los adolescentes

La psicóloga española conocida por Supernanny propone anticipar consecuencias, sostenerlas y dejar que el adolescente elija, en lugar de perseguirlo con recordatorios.

Redacción••3 min de lectura
Compartí esta nota:
Rocío Ramos-Paúl: por qué repetir las órdenes mil veces empeora el conflicto con los adolescentes

Repetir una orden una y otra vez puede convertir una regla familiar en una discusión interminable. La psicóloga española Rocío Ramos-Paúl, conocida por el programa Supernanny, propone otro camino: acordar la conducta esperada, anticipar una consecuencia relacionada y permitir que el adolescente decida qué hacer. La especialista explicó su enfoque en una entrevista con la prensa española.

“Lo que más molesta a los adolescentes es que sus padres les repitan mil veces las cosas”, afirmó Ramos-Paúl. La frase no significa que los adultos deban renunciar a las normas, sino que el recordatorio constante puede desplazar el foco desde la responsabilidad hacia el enfrentamiento.

La especialista describió escenas habituales: un adolescente permanece en el sofá, no ordena o posterga el estudio mientras escucha la misma indicación. El problema, según su planteo, no se resuelve aumentando el volumen ni la frecuencia. La alternativa es que la regla y la consecuencia sean conocidas antes de la situación.

“Lo ideal es establecer consecuencias y adelantárselas a nuestro adolescente”, sostuvo. Anticipar evita improvisar castigos en medio del enojo; también permite que la consecuencia tenga una relación comprensible con el incumplimiento y que no dependa del humor del adulto.

Ramos-Paúl usó el estudio como ejemplo. La indicación puede ser cumplir una hora de trabajo escolar todos los días. Si el adolescente no la completa, tendrá que recuperar ese tiempo durante el fin de semana, incluso si coincide con una salida. La consecuencia no aparece después como sorpresa: forma parte del acuerdo desde el principio.

La psicóloga lo expresó así: “Tu misión ahora es cumplirlas, pero tienes que permitir que tu hijo elija qué hacer”. La elección no elimina el límite. El adolescente puede estudiar en el horario previsto o asumir la consecuencia informada. El adulto conserva la responsabilidad de aplicarla de forma proporcional y coherente.

Ese esquema exige medir bien la regla. Una consecuencia imposible, humillante o desconectada del comportamiento puede deteriorar la confianza. También importa que los adultos del hogar mantengan criterios compatibles. Si una persona aplica lo acordado y otra lo anula, el mensaje pierde claridad.

La propuesta no consiste en ignorar. Ramos-Paúl sugiere comunicar una vez, comprobar que el adolescente entendió y evitar la persecución verbal. “No vamos a andar detrás de él mil veces”, dijo al referirse a órdenes como ordenar el armario o ponerse a estudiar.

El cambio traslada una parte de la experiencia al joven. Si cumple, mantiene las opciones previstas. Si no cumple, enfrenta una consecuencia conocida. Para los padres, el desafío es sostener el acuerdo sin discursos repetidos, amenazas nuevas ni negociaciones que cambian cada vez. En esa línea, la dificultad para decir lo que pasa aparece como un obstáculo frecuente en la comunicación familiar.

La edad y la capacidad del adolescente importan. Las reglas deben adaptarse a tareas que pueda realizar, horarios realistas y necesidades de descanso. Un problema persistente de organización, ánimo, atención o rendimiento puede requerir conversar con la escuela o consultar a un profesional, en lugar de interpretar todo como desafío voluntario.

Un límite útil es específico. “Estudiá” puede ser ambiguo; definir una hora, una tarea o un resultado permite saber qué se espera. La consecuencia también debe tener un final. Quitar toda actividad social durante semanas por una demora puntual suele ser desproporcionado y dificulta que el adolescente recupere la confianza.

La conversación funciona mejor fuera del momento de conflicto. Los adultos pueden explicar la razón de la norma, escuchar objeciones y establecer qué ocurrirá si no se cumple. Eso no garantiza acuerdo, pero reduce la sensación de arbitrariedad y deja menos espacio para discutir la existencia misma de la regla cada día. Parte de ese trabajo pasa por enseñar a reconocer lo que sienten desde chicos.

Ramos-Paúl centra su consejo en una distinción sencilla: poner límites no es repetirlos sin pausa. La autoridad se expresa al anticipar, mantener la calma y cumplir lo acordado. La voz del adolescente puede participar en la organización, mientras la responsabilidad adulta sigue presente.

Por qué importa

Padres y madres de adolescentes suelen quedar atrapados en la repetición y el conflicto diario. El enfoque de Ramos-Paúl ofrece una herramienta concreta para sostener límites sin escalar la discusión.

¿Te gustó esta nota?

Recibí lo más importante del día en tu correo. Sin spam, con opción de baja siempre.

Más en Psicología