Política

Skanska: la confesión grabada que 20 años después llevó a De Vido y López a la cárcel

El primer gran escándalo de corrupción del kirchnerismo dejó un mapa de cómo se repartía la obra pública: coimas, fideicomisos y empresas fantasmas.

Redacción5 min de lectura
Skanska: la confesión grabada que 20 años después llevó a De Vido y López a la cárcel
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“El negocio es así en la Argentina. Al menos en esta etapa va a ser así. Vamos así y somos prolijos, o no laburamos.” La frase la dijo Javier Azcárate, gerente comercial de Skanska Argentina, en marzo de 2006, en una conversación de 84 minutos con el síndico de la empresa, Claudio Corizzo, que hacía una auditoría interna. Azcárate no sabía que lo estaban grabando.

Confesó que la constructora sueca había pagado comisiones —5% del contrato, dijo, repartido en 3% para el Enargas y 2% para Nación Fideicomisos— para asegurarse la adjudicación de la ampliación de dos gasoductos. Y agregó algo que, con los años, se volvió la frase que resume el expediente entero: “Ya sabían, antes de presentar la oferta, que iban a ganar”.

En la Argentina de los recursos procesales infinitos, una confesión de haber pagado coimas, estampada en una auditoría interna, tardó dos décadas en llegar a una sentencia de primera instancia. Esa grabación se convirtió en condena cuando el Tribunal Oral sentenció a cinco años de prisión a Julio De Vido y a su secretario, José López, por cohecho pasivo y administración fraudulenta contra el Estado.

Para entender por qué esas coimas terminaron por ser casi una condición de entrada al negocio, hay que recordar cómo estaba diseñado el circuito en el primer gobierno de Néstor Kirchner. La ampliación de los gasoductos Norte y Sur, decidida en 2004, no se pagó con presupuesto público ni se licitó de manera pública: se financió con un fideicomiso, integrado por aportes de Transportadora Gas del Norte (TGN), Repsol YPF y el Banco de Desarrollo de Brasil, y administrado por Nación Fideicomisos, una empresa del Banco Nación.

Ese esquema le permitió al Gobierno, durante años, sostener un argumento: la obra era privada, no había licitación pública y la plata no salía de las arcas del Estado. Pero el decreto 1882/04, que dio origen al fideicomiso, establecía que TGN debía contratar “por instrucción y con la aprobación previa” de un organizador, y que ese organizador era la Secretaría de Energía. Un abogado especialista en derecho administrativo lo explicó sin vueltas en 2007: hay obras que se pagan con dinero privado pero que, por el grado de intervención del Estado en la decisión, funcionan como obra pública igual.

Ese diseño —fideicomiso, concurso privado en lugar de licitación pública, fiduciario estatal con margen de discrecionalidad— no fue exclusivo de Skanska. Fue el mecanismo general con el que un grupo acotado de empresas se repartió buena parte de la obra pública de la década kirchnerista. La coima era solo una parte del esquema que ya se había utilizado en la probeta política que fue Santa Cruz para el kirchnerismo. La otra punta era la cartelización previa entre las empresas y el reparto de la obra “preacordado sobre una mesa”, antes incluso de que se lanzara el fideicomiso.

Hubo un actor que rondó el expediente sin terminar de entrar en él: Techint. En las escuchas entre Corizzo y Azcárate se mencionaba que Skanska tenía una relación en la obra con el grupo de la familia Rocca. La conexión pasaba por TGN, controlada por Gasinvest, donde Techint —a través de TecGas— tenía una participación que le permitía nombrar al gerente general de la transportadora. La relación entre el kirchnerismo y Techint fue, en esos años, pendular. Al principio, Paolo Rocca integraba las comitivas oficiales, y el propio Kirchner había gestionado ante Hugo Chávez para evitar la nacionalización de Sidor, la siderúrgica que el grupo tiene en Venezuela. Con el tiempo, la relación se enfrió: hubo malestar oficial por un supuesto respaldo de la Organización Techint a la candidatura presidencial de Roberto Lavagna, y cruces públicos entre Rocca y la entonces ministra de Economía, Felisa Miceli.

Finalmente, después de que trascendieron los audios y la auditoría de la propia Skanska, Techint decidió salir del negocio de la obra pública mientras duraron los mandatos del matrimonio Kirchner. No participaron en licitaciones, se concentraron en la obra privada y solo solían ser subcontratistas. Skanska, por su parte, vendió sus activos en el país a la familia Perez Companc, cambió su management y se dedicó a negocios con el sector privado, específicamente en energía.

El origen del proceso empezó en 2005. Empleados de la línea técnica de la DGI, puntualmente del área de Grandes Contribuyentes Nacionales, hicieron la denuncia en el juzgado penal económico de Javier López Biscayart a riesgo de ser desplazados. Los funcionarios del organismo recaudador encontraron una red de empresas fantasmas que emitían facturas falsas —Infiniti Group y Calibán— que luego vendían para que otras compañías justificaran gastos que no hicieron. Skanska había usado esas facturas truchas por $1,2 millones para “justificar gastos en blanco” y luego sacarlos de la caja para pagar los sobornos.

La causa se partió en dos. Por el lado tributario, el juez López Biscayart investigaba una maniobra de evasión mucho más amplia, de la que Skanska era apenas uno de más de 100 casos. Por el lado federal, el juez Guillermo Montenegro y el fiscal Carlos Stornelli avanzaron sobre los sobornos a funcionarios. En 2007 hubo allanamientos a TGN, indagatorias a directivos de Skanska y hasta dos funcionarios —Fulvio Madaro, del Enargas, y el propio Ulloa— echados por decreto presidencial. Skanska, por su parte, despidió a siete gerentes y pagó unos 10 millones de pesos en multas a la AFIP.

Ahí podría haber terminado la historia, pero no terminó. En 2008 la Cámara Federal declaró nula la grabación de Azcárate por haber sido registrada sin su conocimiento y sin orden judicial. Con esa prueba afuera del expediente, el juez Norberto Oyarbide sobreseyó a buena parte de los acusados entre 2010 y 2011, año en que además un peritaje de la Corte Suprema descartó que hubiera existido sobreprecio en la obra. La causa quedó, durante años, prácticamente dormida.

La reactivó una pelea impulsada por el entonces procurador de Investigaciones Administrativas, Manuel Garrido, para revalidar la grabación. En 2015 la Corte Suprema abrió esa puerta; en 2016 la Cámara Federal la reincorporó. Finalmente, en 2025, el Tribunal Oral Federal 7 condenó a De Vido y López, cerrando un capítulo que empezó con una confesión grabada y que expuso el ADN de la corrupción en la obra pública argentina.

Fuente: Lanacion.

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