Un experto compara el agro de Brasil y Argentina: qué se puede aprender
Gabriel Delgado analiza por qué el agro brasileño creció con continuidad institucional y qué ejes debería priorizar la Argentina para convertir eficiencia en inversión.

La comparación entre la agricultura argentina y la brasileña suele derivar en conclusiones apresuradas. Brasil mostró una expansión extraordinaria en las últimas décadas y la tentación es buscar allí una receta. Para el especialista Gabriel Delgado, la pregunta está mal planteada: lo que la Argentina necesita aprender de Brasil es la capacidad de sostener en el tiempo una visión compartida del agro como plataforma de desarrollo.
El punto de partida es reconocer que se trata de dos agriculturas distintas. El crecimiento brasileño respondió a una historia singular: la incorporación productiva del Cerrado y la construcción de capacidades científicas, con Embrapa como pieza central, para adaptar cultivos y tecnologías de zonas templadas a condiciones tropicales. Es una agricultura de enorme escala, pero también más demandante de insumos y con déficits logísticos.
La Argentina, en cambio, construyó una agricultura de altísima eficiencia productiva y empresarial, capaz de adaptarse incluso a la presión fiscal y a la inestabilidad macroeconómica. Esa diferencia de origen marca también diferencias en los desafíos pendientes.
La principal lección de Brasil, según Delgado, es la continuidad institucional. "Allí también hay disputas, cambios de gobierno y diferencias entre actores. Pero la dirección general del agro se discute menos que los instrumentos", sostuvo. Esa estabilidad redujo la incertidumbre y favoreció decisiones privadas de largo plazo.
Entre los instrumentos que Brasil sostuvo durante décadas aparecen los biocombustibles, con mandatos de mezcla e incentivos que vincularon al agro con la matriz energética. El Plano Safra demostró que el crédito puede ser una herramienta de política productiva, no solo por su volumen, sino por su articulación con el conjunto de la política agrícola. La inversión en investigación agrícola se pensó como política productiva y no solo como complemento de las universidades. Y la presión internacional empujó a Brasil a transformar exigencias ambientales en activos económicos.
Ninguno de esos instrumentos habría funcionado por sí solo: forman parte de una arquitectura con coordinación y horizonte temporal. La propuesta de Delgado no es copiar una nueva lista de programas, sino organizar una secuencia de decisiones capaces de inducir inversión privada, escalar exportaciones y generar desarrollo territorial.
El primer eje es la agroindustria. Una política estable de biocombustibles puede activar una cadena mucho más amplia que el combustible en sí. El maíz destinado a etanol genera burlanda, que a su vez mejora la producción animal y favorece la inversión en riego. Cada eslabón vuelve más viable al siguiente.
El segundo eje es el riego, que debe dejar de pensarse como una tecnología de campo. Es infraestructura productiva y territorial: estabiliza rindes, intensifica la producción, mejora el carbono y atrae inversiones regionales.
El tercer eje son los fertilizantes. Brasil depende fuertemente de insumos importados, mientras que la Argentina tiene gas en Vaca Muerta y potasio en Mendoza y Neuquén. El objetivo es doble: resolver las restricciones domésticas y construir una plataforma de abastecimiento para Brasil y el resto del Cono Sur.
A esos ejes se suman dos más. Por un lado, reglas confiables para el carbono y la conservación, que permitan que la sostenibilidad genere valor y financiamiento en lugar de más incertidumbre. Por el otro, incorporar la inteligencia artificial con un criterio simple: lograr predicción no solamente en lo privado.
Delgado remarcó que esto no depende de una sola administración. "Productores, empresas, universidades, sistema científico, financiamiento y Estado deben construir acuerdos básicos capaces de sobrevivir a los ciclos políticos", afirmó. La institucionalidad debe custodiar la dirección estratégica incluso cuando cambien los instrumentos.
La asimetría de escala entre Brasil y la Argentina es real, pero no impide una relación basada en respeto profesional, aprendizaje recíproco y complementariedad productiva. Esa integración no debería limitarse a comerciar más entre ambos países. Su verdadero valor está en aumentar la capacidad conjunta de negociación frente a las grandes potencias y los grandes proveedores globales de tecnología e insumos, y en reducir el riesgo de quedar expuestos a decisiones externas unilaterales sobre tecnologías que los propios sistemas consideran seguras.
Convergencia regulatoria, cooperación científica y coordinación comercial son, para el especialista, herramientas de autonomía y no de aislamiento. El objetivo no es cerrar la región, sino llegar al mundo con mayor capacidad de decisión.
El agro del futuro integra energía, minería, industria, ciencia, tecnología, financiamiento e infraestructura. Biocombustibles, maíz, riego, carne, fertilizantes, gas, potasio, carbono e inteligencia artificial no son agendas separadas: son piezas de una misma estrategia de desarrollo. La Argentina tiene los activos. Lo que falta, concluyó Delgado, es la capacidad de ordenarlos detrás de reglas previsibles y sostenerlos en el tiempo.
Por qué importa
La comparación con Brasil define qué políticas necesita el agro argentino para dejar de depender de los ciclos políticos y atraer inversión de largo plazo. Está en juego la capacidad de escalar exportaciones y desarrollo territorial.
Qué sigue
La discusión pendiente es cómo construir acuerdos básicos entre productores, empresas, universidades y Estado que sobrevivan a los cambios de gobierno. La clave será si esos ejes se traducen en políticas sostenidas.
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