A los 77 años, con dos trasplantes de hígado y más de 600 carreras, sigue corriendo
Alberto Domínguez compite en los Juegos Mundiales para Trasplantados y asegura que cada carrera es una celebración de la vida.

Alberto Domínguez tiene 77 años, dos trasplantes de hígado y más de 600 carreras en su haber. A pesar de las adversidades, sigue compitiendo en los Juegos Mundiales para Trasplantados, donde representó a la Argentina en pruebas de 100, 200 y 400 metros. Su historia es un ejemplo de superación y esperanza para quienes esperan un órgano.
Su primera carrera fue en 1998, a los 49 años, en los Juegos Latinoamericanos para Trasplantados, realizados en el CENARD. En esa oportunidad, logró la medalla de bronce en los 100 metros, una hazaña que recuerda con emoción. "Me acompañó mi señora, que me apoyaba siempre, en todo, al igual que el resto de mi familia y amigos. Fue mi gran compañera, que partió hace cuatro años", relató.
Alberto estima haber largado en más de 600 carreras, compitiendo en países como Australia, Suecia, Inglaterra, España, Francia, Alemania y Sudáfrica. Su casa en Tigre está repleta de medallas y trofeos, obtenidos no solo en los Juegos Mundiales, sino también en los Juegos Argentinos para Trasplantados y en los Juegos Bonaerenses.
Pero no siempre fue atleta. Durante años trabajó en una gomería, donde llegó a pesar 125 kilos. "Era divertido ser gomero, un laburo que te deja descargar cualquier bronca o frustración del día con el trabajo pesado. Yo la pasaba bien… hasta que enfermé", contó. Tras un bajón anímico, decidió cambiar su vida: "Algo tengo que hacer con mi vida, porque me la pasaba comiendo porquerías. Entonces, me puse a hacer una dieta y logré bajar 60 kilos en un año".
Todo cambió a mediados de los 90, cuando su cuerpo comenzó a hincharse. Le diagnosticaron cirrosis criptogénica, una enfermedad que requería un trasplante de hígado. Por su grupo sanguíneo, cero negativo, esperó dos años hasta encontrar un órgano compatible. Durante ese tiempo, su esposa, María Concepción, estuvo siempre a su lado. "Una mujer como ninguna", la recuerda.
El primer trasplante llegó en noviembre de 1996. La cirugía se extendió durante 18 horas y media. "Nunca tuve miedo, yo siempre me mantuve tranquilo", aseguró. Tras la operación, su recuperación fue notable, apoyada en su fortaleza física y mental.
El deporte llegó a su vida casi por casualidad. Tras el trasplante, los médicos le recomendaron hacer ejercicio para recuperar su peso ideal. Un día, en el gimnasio, vio una noticia sobre atletas trasplantados que competían en el CENARD. "Supe de inmediato que era mi oportunidad", recordó. Se anotó para correr los 100 metros, pero una semana antes de la carrera se lastimó el gemelo con la puerta de su auto y tuvo que hacerse siete puntos de sutura. El médico le advirtió que no corriera, pero él no escuchó: "Me vendé bien la pierna, me paré en la pista y corrí con el alma hasta cruzar la meta en tercer lugar".
El primer hígado funcionó durante casi dos décadas, pero en 2013 comenzó a fallar debido a una obstrucción de las vías biliares. Alberto volvió a la lista de espera y, tras dos años, recibió un segundo trasplante. "Cuando murió mi esposa, pensé en largar todo, pero tuve fuerzas: hubiese sido desmerecer todo lo que ella había hecho por mí", confesó.
Hoy, Alberto sigue entrenando dos o tres horas por día y compite con la misma pasión de siempre. "Cada carrera es una celebración, una fiesta. Todos me conocen, me alientan; debo ser uno de los más viejos", dijo entre risas. Su historia es un mensaje de esperanza para quienes esperan un trasplante: "Después de tanta lucha, siempre florece una segunda oportunidad".
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