Educación

Agrupamientos flexibles: una estrategia para que los estudiantes vuelvan a querer ir a la escuela

La reorganización temporal de los alumnos según intereses y necesidades busca fortalecer vínculos y combatir el ausentismo.

Redacción2 min de lectura
Agrupamientos flexibles, una efectiva estrategia pedagógica

Uno de cada dos estudiantes secundarios acumula un mes de clases perdidas en Argentina, según un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). La problemática se repite tanto en colegios públicos como privados, y el desinterés aparece como una de las principales causas: 4 de cada 10 alumnos dijeron faltar por no tener ganas de ir a la escuela.

Detrás del ausentismo existen múltiples factores: condiciones sociales y familiares, problemas de salud, dificultades de acceso, situaciones de violencia, responsabilidades de cuidado y obstáculos materiales. Sin embargo, cuando una proporción tan significativa de estudiantes dice que no tiene ganas de ir, la pregunta por el vínculo con la escuela se vuelve inevitable.

Frente a este panorama, la innovación educativa no siempre implica sumar tecnología. Revisar cómo enseñamos, cómo aprenden los estudiantes y cómo organizamos la experiencia escolar puede ser una forma más profunda de innovar. Durante mucho tiempo, la escuela se estructuró sobre un principio de homogeneidad: los estudiantes fueron agrupados principalmente por edad y se establecieron tiempos y modos de aprender uniformes. El problema es que en una misma aula conviven chicos con intereses, necesidades y tiempos muy diferentes.

Un estudiante puede tener un talento matemático extraordinario y necesitar acompañamiento para escribir un cuento. Otro puede requerir más tiempo para comprender un contenido y desenvolverse con creatividad en una experiencia artística. Cuando se ofrece un único camino para todos, algunos quedan rezagados y otros se aburren, y en ambos casos se arriesga perder la curiosidad y desconectarse.

Los agrupamientos flexibles son una estrategia para transformar esa lógica. Consisten en reorganizar temporalmente a los estudiantes según distintos criterios. En algunos momentos, los grupos pueden ser pequeños; en otros, pueden reunir estudiantes de diferentes cursos o edades para escuchar una charla, desarrollar un proyecto solidario o participar de un club temático. No se trata de clasificar a los chicos según capacidades fijas ni de separar permanentemente a quienes “pueden” de quienes “no pueden”. La flexibilidad implica que los grupos cambien y que cada estudiante pueda ocupar diferentes lugares.

Además, los agrupamientos flexibles amplían los vínculos. En una sociedad donde con frecuencia nos relacionamos solo con quienes se nos parecen, la escuela tiene la responsabilidad de enseñar a convivir con la diferencia. Este modo de organizar la escuela permite ofrecer distintos itinerarios para alcanzar objetivos comunes. La escuela puede definir puntos de llegada, pero eso no significa que todos deban recorrer el mismo camino, al mismo ritmo y de la misma manera.

Frente a la desconexión escolar, no alcanza con exigir asistencia. Necesitamos comprender por qué un estudiante deja de querer ir y preguntarnos qué experiencias le ofrecemos cuando llega. Lograr que los chicos estén en la escuela es indispensable, pero conseguir que quieran estar, que sientan que allí hay algo que los desafía, los reconoce y los conecta con otros, es el verdadero desafío. Y también debería ser una de las formas más concretas de pensar la innovación educativa.

Fuente: LA NACION

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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