Ciencia básica y startups: el hallazgo argentino que nació sin plan de negocio
Tres empresas biotecnológicas argentinas surgieron de investigaciones que no buscaban un producto comercial, según un análisis sobre el valor de la ciencia básica.

Un grupo de investigadoras del Conicet empezó hace más de 25 años a recorrer los salares de la Puna argentina, a más de 3500 metros de altura, para estudiar cómo sobrevive la vida en uno de los ambientes más hostiles del planeta. No buscaban una aplicación agrícola. Buscaban entender los límites de la vida microbiana, una pregunta de biología básica sin ningún cliente esperando el resultado. Hoy, esa colección de más de 2500 cepas caracterizadas es la base científica de Puna Bio, una empresa argentina que desarrolla bioinsumos agrícolas y que recibió inversión de Corteva, uno de los gigantes globales del agro, y de la Fundación Gates.
El caso no es aislado. Bioeutectics, otra startup argentina, construyó su ventaja competitiva sobre más de una década de investigación en química verde que tampoco nació pensando en un producto comercial. Kresko RNAtech, en Rosario, llegó a lo que hoy llama una nueva categoría de nutrientes a partir de 20 años de estudio del ARN regulatorio, sin ningún suplemento dietario en el horizonte original de esa investigación.
Tres empresas, un mismo patrón: en ningún caso alguien diseñó la ciencia pensando en el negocio que terminó naciendo de ella. La aplicación llegó después, y llegó porque la investigación básica había acumulado, durante años, un conocimiento tan profundo y específico que nadie más en el mundo podía replicarlo rápido, ni siquiera con mucho capital.
El punto contradice una intuición muy instalada sobre la relación entre ciencia y desarrollo. Esa intuición sostiene que primero hay que definir un problema concreto, después financiar la investigación que lo resuelva, y así la ciencia se aplica y le sirve al país. La lógica es razonable y en muchos casos funciona. Pero hay un tipo específico de innovación, la que no mejora algo que ya existe sino que crea algo que antes no tenía nombre, que esa lógica tiene muy pocas chances de producir. Para definir el problema hay que saber de antemano qué se está buscando. Y lo más valioso de estos tres casos es, precisamente, que nadie lo sabía.
El planteo no es un argumento contra la ciencia aplicada, indispensable para convertir un hallazgo en un producto que funcione, sea seguro y llegue a escala. Es un argumento sobre el lugar que ocupa, en la conversación pública, la investigación que todavía no tiene ninguna aplicación a la vista. Esa investigación no aparece en ningún informe de gestión como un activo. Aparece, en el mejor de los casos, como una línea de trabajo con impacto no evidente, exactamente el tipo de partida que un sistema de evaluación de corto plazo tiende a recortar primero cuando el presupuesto aprieta. El costo de ese recorte no se ve nunca, porque lo que se pierde es algo que todavía no existía: la próxima categoría que esa investigación, 15 o 20 años después, podría haber hecho posible.
La cuestión excede a cualquier gestión en particular y no se resuelve con un anuncio ni con una partida presupuestaria puntual. Es una pregunta sobre el tipo de paciencia institucional que un país está dispuesto a sostener, más allá de qué gobierno esté a cargo: ¿se evalúa la ciencia básica biológica por lo que produce el año que viene o por la capacidad que puede acumular en dos o tres décadas? Los tres casos argentinos no existirían si alguien, en algún momento, hubiera decidido que esa investigación no tenía sentido porque no mostraba resultados inmediatos.
Argentina tiene, en su sistema científico y en su biodiversidad territorial, un activo que muy pocos países pueden igualar. Los salares de la Puna, la trayectoria acumulada del Conicet en biología molecular y en química de sistemas naturales, generaciones de investigadores formados con rigor y sin apuro: nada de eso se puede comprar con capital ni replicar rápido desde otro país. Es, en el sentido más literal, una infraestructura estratégica. Tratarla como un gasto cultural postergable, en lugar de como la base de la que puede nacer la próxima categoría de tecnología e industria, es no haber entendido de dónde salieron Puna Bio, Bioeutectics y Kresko RNAtech, entre muchas otras compañías de base biológica.
No hace falta anticipar dónde va a aparecer la próxima. Nunca se puede, y esa es la enseñanza más importante de estos tres casos. Lo que sí se puede hacer es sostener, con paciencia y continuidad, la investigación que hoy no promete nada concreto. Porque entre esas preguntas cuya utilidad todavía se desconoce puede estar acumulándose el conocimiento sobre el que se construya la próxima industria argentina.
Por qué importa
El debate afecta el financiamiento del Conicet y de la investigación básica: recortar lo que no muestra resultados inmediatos puede eliminar la base de futuras industrias biotecnológicas argentinas.
Qué sigue
La discusión sobre el presupuesto científico y los criterios de evaluación del sistema de investigación seguirá abierta, con el desafío de sostener proyectos de largo plazo sin resultados visibles en el corto.
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