Salud Mental

Crecen las consultas por dismorfia corporal: qué es y cómo se trata

Una especialista en trastornos de ansiedad explica cómo reconocer este cuadro, cuánto afecta la vida diaria y qué tratamientos funcionan.

Redacción••4 min de lectura
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Crecen las consultas por dismorfia corporal: qué es y cómo se trata

Las consultas por dismorfia corporal crecieron en los últimos años, según advirtió la psicóloga Teresa Esparza Baigorri, especialista en trastornos de ansiedad, duelo, depresión y estrés postraumático. La profesional trabaja con pacientes con este cuadro en el Centro de Ansiedad y Trastornos Relacionados (CEAN) y aseguró que el trastorno sigue siendo poco conocido, pese a que la actriz Megan Fox lo visibilizó en 2021 al contar públicamente que lo padecía.

La dismorfia corporal es una preocupación obsesiva por uno o más defectos percibidos en la apariencia física que, en general, no son visibles para los demás o que la persona exagera. “Nos llegan más consultas”, afirmó la especialista, licenciada en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctora en Medicina por la Universidad de Zaragoza.

El cuadro combina dos grupos de síntomas. Por un lado, la preocupación, que puede ocupar entre tres y ocho horas por día. Las áreas más habituales son la cara, la piel, las pecas, los granos, el color de la piel, el pelo, la nariz o la boca. “Todas las personas tenemos cierta disconformidad con algún aspecto físico. Uno puede mirarse al espejo y pensar: no me gusta tanto mi nariz, pero después sigue con su vida. La persona que tiene dismorfia no”, explicó.

Por el otro, aparecen los comportamientos compulsivos, rituales o conductas de reaseguro: acciones que la persona hace para disimular, ocultar o corregir su apariencia. Mirarse en exceso al espejo, grabarse desde distintos ángulos, observarse en superficies reflectantes como el tapón de una ducha, un auto o una vidriera, o recurrir al maquillaje. “Hay personas a las que salir para ir a trabajar les puede llevar al menos una hora por todo el proceso de maquillaje y cuidado de la piel”, detalló.

También aparece el evitamiento. Los pacientes dejan de dormir en casa de otros por no poder hacer sus rituales de camuflaje o evitan ir a la pileta para no exponer lo que consideran defectos. Una paciente de la especialista tardaba dos horas en conectarse a una sesión porque necesitaba encontrar el ángulo desde el cual se veía mejor.

La dismorfia está clasificada dentro de los trastornos obsesivos y otros trastornos relacionados. Según el DSM-5 TR, tiene muchas similitudes con el trastorno obsesivo compulsivo (TOC) y el tratamiento comparte elementos con el de ese cuadro, aunque la preocupación se centra en la imagen corporal. “En una época se pensaba que era un trastorno psicótico delirante; en otra, que era una preocupación vinculada a la salud”, recordó.

Existe además una fuerte relación con los trastornos de la conducta alimentaria (TCA). Alrededor del 30% de los pacientes con dismorfia tienen un TCA, y se cree que cerca del 60% de quienes tienen un TCA presentan dismorfia. La diferencia principal es que los TCA suelen focalizarse en el peso, mientras que la dismorfia va más allá: una persona puede tener un peso considerado normal y sentir una gran preocupación por la panza, los muslos o los brazos.

En cuanto al perfil de los pacientes, cerca del 60% son mujeres y el 40% varones. Las mujeres suelen preocuparse más por la cara, el pelo, la panza o los brazos; los varones, por la alopecia, la musculatura o, a veces, el tamaño del pene. Consultan más las mujeres, aunque muchas personas tienen dismorfia sin saberlo y llegan derivadas por otros profesionales.

La especialista remarcó que el trastorno no es lo mismo que la baja autoestima ni la vanidad. “Yo tenía una paciente que era modelo. Objetivamente era una persona muy atractiva, pero tenía dismorfia y sufría muchísimo”, contó. Preguntar de manera constante es uno de los rituales más frecuentes y el paciente no se cree la respuesta: aunque le digan que está bien, diez minutos después vuelve a preguntar.

Las causas son multifactoriales. Hay factores genéticos, neurobiológicos, ambientales y de personalidad. Tener familiares con TOC o trastornos de ansiedad puede aumentar la vulnerabilidad. También hay investigaciones que sugieren que algunas personas procesan su imagen corporal con una especie de efecto lupa o zoom, con más atención al detalle que al conjunto. Se suman experiencias como el bullying o determinados mensajes familiares, y rasgos como el perfeccionismo, la autoexigencia o la sensibilidad al rechazo.

La adolescencia es uno de los momentos de mayor riesgo, sobre todo entre los 12 y los 13 años, cuando el cuerpo empieza a cambiar. También se ven casos en mujeres que notan los efectos del envejecimiento y les cuesta tolerarlos. Los estudios no muestran una prevalencia mayor según el nivel socioeconómico: lo que cambia es el acceso a tratamientos estéticos para intentar corregir los supuestos defectos.

Por qué importa

La dismorfia afecta a entre el 1,7% y el 3% de la población y suele confundirse con inseguridad o vanidad, lo que retrasa el diagnóstico. El crecimiento de las consultas muestra mayor visibilidad, pero también la presión de las redes sobre la imagen corporal.

Qué sigue

Queda pendiente ampliar la formación de profesionales de la salud para detectar el cuadro de forma temprana y mejorar el acceso a tratamientos, sobre todo en adolescentes, el grupo de mayor riesgo.

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