Historia

Cueva de las Manos: el tesoro arqueológico de Santa Cruz que se puede ver en original

A 47 kilómetros de Bajo Caracoles, el cañadón del río Pinturas conserva pinturas rupestres de hasta 9.300 años que todavía se visitan sobre la roca original.

Redacción••4 min de lectura
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El tesoro arqueológico de la Patagonia y los exploradores que revelaron sus secretos

En el noroeste de Santa Cruz, a unos 47 kilómetros al este de Bajo Caracoles, el río Pinturas parte la estepa y forma un cañadón de paredones rojizos que llegan a los 170 metros de altura. Debajo de uno de esos farallones está la Cueva de las Manos, uno de los tres sitios de arte rupestre más importantes del mundo, con pinturas conservadas de hasta 9.300 años.

Los tehuelches llamaban a ese lugar Kolon Niyeu, tierra de colores. El paisaje se formó hace 150 millones de años, durante el Jurásico, por flujos volcánicos de alta temperatura. El sitio integra el Parque Provincial Cueva de las Manos y fue declarado Patrimonio de la Humanidad.

Lo que distingue a esta cueva de casi cualquier otro sitio de arte rupestre del mundo es que se visita sobre la roca original. En Lascaux, la cueva francesa con pinturas de 17.000 años, la última visita pública fue en 1963: la respiración humana empezó a destruir lo que había sobrevivido a la prehistoria y hoy los turistas ven una réplica. Lo mismo pasa en Altamira, en España. Acá no: se camina por una pasarela de madera con casco blanco y se para frente a la pared donde alguien apoyó su mano izquierda y dejó su silueta hace 9.300 años.

La cueva que da nombre al sitio está a 88 metros sobre el cauce del Pinturas, en un paredón de ignimbrita. Tiene 20 metros de profundidad, 15 de ancho y 10 de alto. Dentro y alrededor se encontraron fogones, puntas de flecha, raspadores, cuchillos de piedra y huesos de guanaco, zorro y puma. El sitio fue ocupado, abandonado y vuelto a ocupar durante miles de años.

La Cueva de las Manos es el nodo más conocido de un sistema arqueológico con más de 70 sitios documentados en la cuenca del río Pinturas, conectados por los mismos corredores naturales que usaban los cazadores en su nomadismo estacional. El complejo incluye el Alero Charcamata, la Cueva Grande del Arroyo Feo, el Alero Cárdenas y decenas de sitios más pequeños. Los arqueólogos leen ese territorio como un mapa de campamentos de caza, sitios de procesamiento, lugares de reunión y sitios funerarios.

El hombre que descifró el cañadón

En 1964, un topógrafo de 46 años llamado Carlos J. Gradin llegó al cañadón de Pinturas y no se fue nunca. Nacido en 1918 y fallecido en 2002, no era arqueólogo de formación: había pasado años midiendo campos en la Patagonia y sacando fotos. Esa acumulación silenciosa lo convirtió en otra cosa. Empezó a escribir artículos, se acercó a los investigadores y terminó trabajando como arqueólogo técnico y luego en el Conicet.

Su hijo, Carlos, recuerda la casa familiar como una reunión arqueológica sin pausa. "Prácticamente era una reunión medio permanente de temas arqueológicos entre ellos y también con los colegas, amigos que siempre andaban por casa", cuenta. "Siempre estaban las diapositivas proyectándose para preparar alguna charla. No es que mi padre me haya contado acerca de la cueva: la cueva estuvo ahí siempre dando vueltas".

Desde 1973, el trabajo en el Pinturas fue un esfuerzo conjunto con el arqueólogo Carlos Aschero y la arqueóloga Ana Aguerre, con financiamiento del Conicet. Los tres excavaron, relevaron y publicaron. Construyeron la cronología y la clasificación estilística que hoy permiten leer ese palimpsesto de piedra.

Gradin tenía además la capacidad de dialogar con el territorio a través de quienes lo conocían de verdad. "Mi viejo nos quería presentar especialmente a Cárdenas, el baqueano con el que recorrió muchísimos lugares", recuerda su hijo. "Era un hombre de campo, acampaba y salía a recorrer a caballo muchos sitios". José del Carmen Cárdenas aparece hoy en el museo de Perito Moreno. Otro baqueano, Alfonso Barría, llevó a Gradin por primera vez a ver las pinturas.

En 1972, unos baqueanos lo llevaron al cañón del arroyo Charcamata, afluente del Pinturas. Encontró un abrigo rocoso de 81 metros de largo, 24 de alto y 45 de profundidad, con pinturas de 8.700 años desplegadas en 60 metros de pared. Una escena de caza de puma, rarísima a nivel mundial, y dos guanacas en pleno parto mirando hacia atrás a sus crías. El Alero Charcamata fue declarado Monumento Histórico Nacional recién en 2019. Gradin no lo vio.

Cuando murió, en 2002, sus cenizas fueron esparcidas en el cañadón del río Pinturas. Su hijo volvió para ese viaje. "Fue breve", recuerda.

Por qué importa

Es uno de los pocos sitios de arte rupestre del mundo que se puede ver en original, sin réplica. Su valor no está solo en las pinturas, sino en la relación entre esas obras y el paisaje que las contiene.

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