De la gomería al viñedo: cómo un mendocino recuperó 450 años de historia familiar
Alberto Budetta dejó su negocio en Buenos Aires para retomar el legado vitivinícola de sus ancestros italianos en el Valle de Uco.


Alberto Budetta abandonó su gomería en Bella Vista para transformarse en productor vitivinícola en Mendoza. La decisión llegó en Semana Santa de 2003, cuando decidió recuperar una tradición familiar que se remontaba a 1558 en Italia.
La infancia de Budetta transcurrió entre la calle, el fútbol y los terrenos baldíos de su barrio. Sus padres, inmigrantes de Bellosguardo, Salerno, le transmitieron valores que marcaron su vida: el trabajo, el esfuerzo y la perseverancia. Los domingos eran sagrados, dedicados a la familia alrededor de la mesa con pasta casera, salsa y carne estofada. "Son valores que intento transmitirles a mis hijos, no solo con palabras, sino también con el ejemplo", afirma hoy mientras rememora su crianza.
Durante la adolescencia probó varios trabajos: ayudante en camiones de whisky, albañil, playero de estaciones de servicio en Mar del Plata y tornero gracias a su formación en un colegio industrial. Pero su sueño era la independencia. Con ayuda de sus padres abrió una gomería y creció paso a paso con trabajo y esfuerzo.
Sin embargo, una historia ancestral rondaba sus pensamientos. Su linaje había cultivado uvas en Italia, un oficio nacido en su familia hace más de 450 años. La Segunda Guerra Mundial había truncado ese trabajo y aniquilado una parte esencial de su identidad. Budetta sabía que era momento de recuperarla.
"Le propuse a mi esposa, Graciela, que en ese momento estaba embarazada de siete meses de Chiara, nuestra hija más chica, irnos a Mendoza", recuerda. "Sin dudarlo, tiempo después nos subimos al auto y salimos a recorrer distintos lugares donde pudiéramos desarrollar este proyecto".
Antes de mudarse, Budetta se sumergió en la reconstrucción de su árbol genealógico. Visitó el municipio de Bellosguardo, pero los registros apenas llegaban al año 1700. La solución vino de la iglesia del pueblo: el cura lo ayudó a buscar entre libros de bautismos y defunciones que casi se desarmaban al pasar las hojas. "Así llegamos hasta el año 1558. Fue un momento inolvidable", dice emocionado.
Hoy Bellosguardo tiene alrededor de 800 habitantes, entre ellos su primo Alessandro, quien cultiva olivos y elabora aceite extra virgen orgánico. Budetta siente que los genes, la historia y el cariño transmitido por sus padres tienen una influencia profunda en su vida cotidiana.
La familia se enamoró de Mendoza y regresó decidida a aplicar los principios aprendidos: trabajo, esfuerzo y perseverancia. Budetta realizó llamados a la Casa de Mendoza, a la facultad de Ciencias Agrarias de Luján de Cuyo y contactó a nuevas personas que lo acercaran al proyecto.
Un día encontró a Amílcar, profesional del Instituto Nacional del Agua de Mendoza. "Fue un profesional excepcional y, sobre todo, una gran persona. A los pocos minutos de hablar, empezamos a construir una relación que duraría muchos años, hasta la pandemia, que lamentablemente se lo llevó", revela Budetta. Amílcar les dibujó un triángulo en una hoja que apuntaba hacia el Arroyo Grande, al pie de la montaña, en el Manzano Histórico de Tunuyán.
Con esfuerzo y asesoramiento de un ingeniero agrónomo, la pareja vendió un terreno en Castelar y compró las primeras hectáreas. Poco a poco eligieron las variedades de uva que mejor se adaptaran al clima, con una condición fundamental: reservar un lugar para plantar mil plantas de aglianico, una cepa casi desconocida en Argentina pero profundamente ligada al legado familiar.
"Era una forma de honrar aquella historia que había quedado en Italia y de continuarla en una nueva tierra. Así comenzó nuestra historia en Mendoza", explica Budetta.
Vivir en un viñedo, tal como lo hicieron sus ancestros, trajo una nueva perspectiva sobre la calidad de vida. Con la cordillera imponente de telón de fondo, el matrimonio y sus hijos descubrieron la magia de estar en contacto permanente con la naturaleza. Observar cómo las plantas resisten inviernos duros y luego brotan entregando frutos maravillosos transformó su comprensión sobre el respeto a los seres vivos. "Es convivir con seres vivos que merecen todo el cuidado y respeto", afirma.
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