Día Mundial del Alzheimer: las 5 señales de alarma y a qué edad se vuelve más frecuente
Una especialista de Fleni explica qué cambios cotidianos deben motivar una consulta y cómo acompañar a un paciente sin quitarle autonomía

Repetir varias veces la misma pregunta. Confundirse con el dinero después de haber administrado las cuentas de la casa durante años. Perderse en un recorrido conocido. No encontrar palabras de uso diario. Abandonar actividades que antes daban placer. Esos son algunos de los cambios que, según los especialistas, deberían motivar una consulta médica en el marco del Día Mundial del Alzheimer, que se conmemora cada 21 de septiembre.
La demencia se vuelve más frecuente a medida que avanza la edad: su prevalencia ronda el 1% entre los 65 y 69 años y sube al 16% entre los 80 y 84, al 25% entre los 85 y 89 y supera el 50% en los mayores de 95. A nivel global, la Organización Mundial de la Salud estima que más de 55 millones de personas viven con demencia y que cada año se registran cerca de 10 millones de nuevos casos.
Lucía Crivelli, jefa del Departamento de Neuropsicología de Fleni, identifica cinco grandes signos de alarma. Ninguno permite por sí solo diagnosticar Alzheimer, pero cuando los cambios persisten e interfieren con la vida cotidiana es necesario realizar una evaluación. "La pérdida de memoria no es una consecuencia inevitable del envejecimiento", advierte la especialista.
El primer signo es la pérdida de memoria reciente. "No es solamente olvidarnos cada tanto dónde dejamos las llaves, sino también olvidar conversaciones completas, acontecimientos recientes o hacer reiteradamente las mismas preguntas sin acordarnos de que ya nos las respondieron", explica Crivelli. En un olvido asociado con la edad, la persona puede no recordar dónde dejó un objeto y luego recuperar esa información. En los olvidos patológicos, en cambio, el recuerdo no aparece ni siquiera con ayuda.
El segundo signo aparece en tareas que antes resultaban habituales. Alguien que durante años administró las cuentas del hogar empieza a cometer errores con el dinero, o quien preparó siempre la misma receta de pronto tiene problemas para seguirla. "El tema son las actividades cotidianas que hacía antes sin problema y ahora empiezan a causarle dificultades", resume la neuropsicóloga.
La desorientación temporal o espacial constituye el tercer grupo de señales. Puede manifestarse cuando alguien se confunde con las fechas, se pierde en sitios familiares o tiene problemas para encontrar el camino de regreso a su casa. "Es alarmante cuando sucede en lugares conocidos o en su casa. No cuando las dificultades son frente a un desafío que es novedoso", aclara Crivelli.
El cuarto signo es no encontrar palabras de uso cotidiano. Todos pueden tener ocasionalmente una palabra "en la punta de la lengua", pero importa la frecuencia y el tipo de términos que dejan de aparecer. "Que no me salga la palabra 'mesada', que no me salga la palabra 'silla' o un nombre muy frecuente que uso siempre. El nombre de mis hijos, el nombre de alguien que veo con habitualidad", ejemplifica.
El quinto signo incluye modificaciones del comportamiento, del estado de ánimo o de la personalidad. "Una persona que antes, por ejemplo, era muy sociable ahora empieza a tener aislamiento, empieza a tener dificultades para socializar, abandona actividades que antes disfrutaba o presenta cambios en la conducta que son llamativos para su familia", describe la especialista.
Después del diagnóstico, el desafío cambia: ya no se trata solo de detectar qué capacidades se pierden, sino de preservar las que permanecen. Un error frecuente en las familias es la sobreprotección anticipatoria: por temor a que la persona se equivoque o se frustre, el entorno empieza a resolver por ella actividades que todavía puede hacer.
"El principio es sostener en lugar de reemplazar. Ofrecer apoyos concretos para que la persona pueda seguir decidiendo y actuando, en vez de decidir y actuar en su lugar", explica Carolina Díaz, directora médica y especialista en geriatría y gerontología del Centro Hirsch. En la práctica, eso puede significar ofrecer opciones concretas en lugar de preguntas abiertas, dividir una actividad en pasos más sencillos o usar recordatorios.
El impacto también alcanza a quien cuida. Hijos que empiezan a asistir a sus padres, parejas que asumen tareas permanentes y hermanos que reparten responsabilidades atraviesan una reorganización exigente. El agotamiento físico, la irritabilidad, los trastornos del sueño, la ansiedad y el aislamiento social pueden ser señales de sobrecarga del cuidador.
Por qué importa
Con más de 55 millones de personas con demencia en el mundo, detectar los signos a tiempo y evitar la sobreprotección familiar puede cambiar la calidad de vida del paciente y de quienes lo cuidan.
Qué sigue
La consulta temprana con un especialista en neuropsicología o geriatría es el próximo paso ante señales persistentes. También es clave que los cuidadores pidan ayuda antes de llegar al agotamiento.
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