Psicología

El estrés no daña la salud: la creencia de que es dañino, según un estudio

Un científico alemán propone resignificar las señales del cuerpo para convertir la presión en rendimiento, con base en investigaciones de Harvard y Nature

Redacción••3 min de lectura
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Otra mirada sobre el estrés

El estrés no enferma por sí mismo. Lo que daña es la creencia de que el estrés es dañino. Esa es la tesis central que sostiene Christian Poensgen, científico y coach ejecutivo alemán, a partir de investigaciones que muestran que la interpretación que hacemos de las señales del cuerpo pesa más que la presión en sí.

Poensgen se topó con el problema durante su doctorado. Quería medir la relación entre estrés y rendimiento, pero sus sensores no lograban distinguir a un participante estresado de uno entusiasmado: mismo pulso acelerado, misma reacción en la piel. Para saber qué le pasaba a cada uno tuvo que dejar de medir y empezar a preguntar. Hoy escribe junto a Eric Partaker el libro Ultraproductive: The 90-Minute Method to Optimize Focus, Sleep, and Stress, que se publica a fines de octubre.

Los datos respaldan esa idea. Según la Escuela de Salud Pública de Harvard, el 85% de los estadounidenses cree que el estrés daña su salud, su familia y su trabajo. Un estudio que siguió a unos 30.000 adultos durante ocho años encontró que el estrés alto elevaba 43% el riesgo de muerte, pero solo entre quienes creían que era dañino. Los que vivían con mucho estrés sin esa creencia tuvieron la mortalidad más baja de toda la muestra.

La propuesta de Poensgen se apoya en David Yeager, que en un paper publicado en Nature en 2022, con seis ensayos y más de 4.500 personas, describió una mentalidad sinérgica: dos creencias que solo funcionan juntas. La primera es resignificar la respuesta del cuerpo. El corazón que late fuerte antes de una presentación no avisa que algo se rompe, sino que el sistema se prepara: más oxígeno, más alerta.

En plena crisis de 2008, los gerentes de UBS que veían el estrés como un potenciador reportaron menos dolores de cabeza y fatiga, y más satisfacción con su vida. Además, su cortisol sube, cumple su función y baja rápido, que es lo que evita que el estrés agudo se vuelva crónico.

La segunda creencia es resignificar el desafío. Acá entra Carol Dweck: con mentalidad de crecimiento, el problema deja de ser un examen público y se vuelve un entrenamiento. Nir Eyal lo plantea en Beyond Belief: quien tiene agencia no lee el obstáculo como un alto, sino como una invitación a adaptarse.

Poensgen también propone escribirse una carta. Pide a sus clientes que expliquen, con sus propias palabras y como si le hablaran a un amigo, por qué el estrés los ayuda. Parece ingenuo, pero asegura que es de lo más efectivo.

El último paso es fijar metas de estrés: elegir hasta tres desafíos difíciles y significativos, el propio Everest, para que la tensión tenga adónde ir. Las suyas fueron terminar el libro, hacer 20 repeticiones de press de banca con su peso corporal y cortar a horario para regalarles tres horas diarias a su mujer y sus hijos.

No se trata de romantizar al estrés ni salir a buscar más presión, sino dejar de pelear con una señal que igual va a llegar e intentar elegir qué significa para nosotros.

Por qué importa

La nota propone un cambio de enfoque aplicable a la vida cotidiana y laboral: resignificar las señales del cuerpo puede reducir el impacto del estrés crónico. Afecta a cualquiera que viva bajo presión sostenida.

Qué sigue

El libro de Poensgen y Partaker se publica a fines de octubre y profundizará en el método de 90 minutos para optimizar foco, sueño y estrés.

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