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La erupción del Hunga Tonga revela una vía inesperada para combatir el metano atmosférico

Un estudio detectó altas concentraciones de formaldehído en la pluma volcánica, lo que sugiere un mecanismo natural de oxidación del gas.

Redacción
La erupción del Hunga Tonga revela una vía inesperada para combatir el metano atmosférico

La erupción del volcán Hunga Tonga-Hunga Haʻapai, ocurrida el 15 de enero de 2022 en el Pacífico Sur, fue una de las más violentas registradas por instrumentos modernos. Un estudio difundido por la Universidad de Miami la describió como la mayor explosión natural en más de un siglo.

La imagen inicial fue devastadora: tsunami, ceniza, ondas atmosféricas y una columna que alcanzó alturas extraordinarias. Pero años después, los científicos empezaron a encontrar en esa nube una señal mucho menos evidente.

La sorpresa apareció al analizar datos satelitales. Investigadores detectaron concentraciones inusualmente altas de formaldehído en la pluma volcánica. Ese compuesto es relevante porque aparece como producto intermedio cuando el metano se rompe en la atmósfera.

Cómo una erupción pudo revelar una vía contra el metano

Un estudio publicado en Nature Communications estimó una oxidación de metano de 900 ± 220 megagramos por día dentro de la pluma del Hunga Tonga.

Los autores propusieron que la erupción inyectó agua de mar salada, ceniza y otros aerosoles en la estratósfera, y que la luz solar activó reacciones capaces de generar cloro altamente reactivo. Ese cloro habría contribuido a destruir parte del metano liberado.

La Universidad de Copenhague, que participó en la investigación, explicó que la presencia de formaldehído fue la pista clave: al ser una molécula de vida corta, su detección durante varios días indicaba que el proceso de destrucción de metano seguía ocurriendo dentro de la nube.

El metano es uno de los gases de efecto invernadero más potentes en el corto plazo. Por eso, cualquier mecanismo que permita reducirlo en la atmósfera despierta interés. Sin embargo, los científicos son prudentes: no se trata de celebrar una erupción ni de proponer volcanes artificiales.

La idea que surge es más fina. Si una mezcla natural de sal, partículas y luz solar puede activar reacciones que destruyen metano, tal vez se puedan estudiar procesos parecidos de manera controlada, segura y verificable.

La advertencia es fundamental. Manipular química atmosférica puede tener riesgos: afectar ozono, producir contaminantes secundarios o alterar equilibrios que aún no se comprenden por completo. Por eso, el hallazgo funciona más como una pista científica que como una solución lista para aplicar.

La erupción no “salvó” al planeta ni compensó el calentamiento global. Pero mostró que la atmósfera puede esconder rutas químicas inesperadas. Y en un mundo que busca reducir gases de efecto invernadero, esa señal abrió una pregunta poderosa: si la naturaleza mostró el mecanismo, ¿podrá la ciencia aprender a copiarlo sin causar daños mayores?

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