La crisis de los propósitos colectivos: cómo Milei interpretó el descontento social
La sociedad argentina atraviesa cambios subterráneos que dejan descolocada a la política y redefinen la composición social del país.

La Argentina atraviesa una etapa de reconfiguración social profunda que la política no logra interpretar del todo. Los cambios, iniciados en décadas pasadas pero acelerados tras la pandemia, marcan tres tendencias históricas: el país tiende a ser estructuralmente más pobre, más viejo y más urbano. Esa mutación redefine la composición social y deja desfasada una arquitectura institucional pensada para el siglo XX.
En ese contexto, Javier Milei rompió el tablero político que se estructuraba en torno a dos coaliciones, y ese sistema todavía no se rearmó. Deambula entre el regreso a una nueva polarización, el demorado surgimiento de nuevas figuras o la fragmentación. La irresolución de ese dilema es ganancia para el Gobierno, que atraviesa meses difíciles sin que nadie capitalice la vacancia.
En el plano económico, en cambio, la irresolución es una desventaja. El debate dentro de la mesa política sobre la conveniencia de acelerar o no el acuerdo que reclama Luis Caputo refleja esa tensión. La economía no termina de funcionar de acuerdo con las expectativas, y el Gobierno sufre un largo valle.
Debajo de esos movimientos visibles se producen transformaciones sociales que cobraron nueva dimensión desde la pospandemia. El sector más descontento con el Gobierno es la clase media, la que más sobrecarga sufrió por la eliminación de subsidios y los aumentos de servicios, tarifas, prepagas y escuelas. Es la que perdió capacidad de ahorro, se endeudó en montos mayores y más recortó sus expectativas.
Esa clase media es la principal víctima de la transformación socioeconómica de las últimas décadas. Pasó de ser símbolo de movilidad ascendente y rasgo característico del país frente a la región a sufrir un angostamiento marcado en número y capacidades. En su lugar emerge la nueva clase que define las dinámicas sociales: la media-baja. Si la Argentina de la segunda mitad del siglo XX se definía por su clase media, ahora lo hace por su clase media-baja.
En la última medición de Management & Fit, la clase media fue la que peor calificó la coyuntura, incluso más dura que la clase baja. Ante la pregunta sobre cómo evalúa la situación económica del país, el 42,1% de los sectores medios la calificó como "muy mala" contra el 31,6% de los más bajos. No es que estén peor que los más pobres: se sienten peor.
Algo similar ocurre con los adultos. Los jóvenes son protagonistas de la época, pero los adultos son cada vez más numerosos. Una reciente encuesta de la consultora Mide refleja un desencanto muy superior entre los mayores de 46 años. Entre el 64 y el 68% de ese segmento considera que el país va en la dirección equivocada, contra el 45% de los sub 25 y el 51% de los sub 35. Y entre el 60 y el 61% opina que la Argentina "está en una crisis profunda", contra el 34% de los sub 25 y el 47% de los sub 35.
Según Gonzalo de Janin, que dirigió el trabajo, "hay distintas explicaciones para este desencanto maduro". "Los mayores de 60 están afectados por la baja de las jubilaciones. Y los que están debajo de esa línea son los más afectados por la suba de los alquileres, las expensas, el colegio, la prepaga. También son los más críticos de las formas de Milei", explicó. Es un sector amplio que no termina de sentirse comprendido como parte del proyecto libertario, con más mensajes para los jóvenes que para los adultos.
La descompensación también se ve en la extrema urbanización. Alrededor del 90% de los habitantes vive en ciudades, una de las proporciones más altas del mundo. Ese proceso enfrenta ahora un estrés productivo, porque el modelo económico que promueve el Gobierno tiende a favorecer las regiones andina, patagónica y pampeana por la expansión de la minería, los hidrocarburos y el campo. Los cordones de las grandes urbes, dedicados a industrias y servicios, emergen con mucha menos proyección.
Un trabajo reciente de la consultora Moiguer retrató esos contrastes al preguntar por las expectativas para los próximos doce meses. En el eje patagónico el 45% afirmó tener expectativas favorables; en el andino, el 41%; y en el pampeano, el 38%. En el AMBA, en cambio, la respuesta fue bastante más baja.
El desfase entre una arquitectura institucional concebida para lógicas del siglo XX y las mutaciones que rediseñan una sociedad en modo siglo XXI genera tensiones naturales. Hay una pronunciada crisis de representación en todos los órdenes. Milei supo aprovecharla para plantar su bandera contra el sistema político y económico, pero su rol como catalizador de ese desencanto muestra limitaciones.
Por qué importa
El desfase entre instituciones del siglo XX y una sociedad mutada explica la crisis de representación que Milei supo capitalizar, pero que ahora lo tensiona. La clase media y los adultos mayores concentran el desencanto y podrían redefinir el mapa político.
Qué sigue
Resta ver si el Gobierno logra reconectar con la clase media y los adultos mayores, los segmentos más críticos, o si esa vacancia la capitaliza otra fuerza política de cara a las próximas elecciones.
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