Economía

Morosidad y fintech: el debate que va más allá de una sola empresa

Un análisis sociológico propone cinco claves para entender por qué las billeteras virtuales ocupan un lugar central en la economía cotidiana de los argentinos.

Redacción3 min de lectura
Morosidad: el bosque detrás del árbol

El debate sobre la morosidad de las deudas de los hogares argentinos atraviesa un momento de intensidad. En ese contexto, la mirada sociológica propone correr la indignación para formular una pregunta de más largo plazo: ¿qué procesos hicieron posible que una fintech ocupe hoy un lugar central en la economía cotidiana de los argentinos?

El punto de partida es una lección del sociólogo Ricardo Sidicaro, fallecido el año pasado, quien enseñaba a formular buenas preguntas aunque incomoden. A partir de esa premisa, el análisis ordena el debate en cinco ejes que exceden el caso de una empresa en particular.

El primero sostiene que el crédito nunca fue igualitario. La estratificación del mercado crediticio no nació con las fintech: hace décadas que la literatura muestra cómo el acceso al crédito —montos, plazos y costos— se distribuye de manera desigual según ingresos, patrimonio y estabilidad laboral. Las billeteras virtuales no inventaron esa desigualdad, pero la reorganizan y le cambian la escala y la velocidad.

El segundo eje plantea que antes de juzgar hay que entender qué problema resuelve la plataforma. Las fintech ofrecen servicios financieros en lugares y momentos donde la banca tradicional no llegaba. Que una empresa resuelva un problema no la exime de responsabilidad por sus efectos, pero la pregunta sociológica es previa al veredicto. La contracara política es por qué las apps crecieron en territorios que funcionaban como un desierto organizativo de la banca tradicional.

El tercer punto es el que más cuesta aceptar en el debate público: la deuda llegó antes que la app. La expansión de las billeteras virtuales debe leerse en relación con la caída de los ingresos de los hogares y la fragilidad de otras protecciones sociales, un deterioro anterior a que las plataformas se convirtieran en un proveedor masivo de crédito. No es que apareció una oferta y la gente se endeudó porque estaba disponible: esa oferta se expandió sobre una sociedad que ya venía perdiendo ingresos y que ya había aprendido a endeudarse para sostener lo cotidiano.

A esas prácticas el autor las llama deudas de sacrificio: deudas que empiezan como amortiguador frente a la pérdida de ingresos y que, con el tiempo, dejan de ser un recurso extraordinario para convertirse en un rasgo estructural de la reproducción social. Las billeteras virtuales no aparecieron en una sociedad que vivía sin deuda, sino en una donde endeudarse ya era, para muchos hogares, una forma de llegar a fin de mes.

El cuarto eje señala una paradoja incómoda: lo que ahora vemos, antes no se veía. Hoy puede discutirse la morosidad de los hogares porque buena parte de esa deuda se formalizó y el Banco Central puede medirla. Durante años, sectores enteros se financiaron por fuera del sistema formal: préstamos familiares, fiado del almacén, circuitos comunitarios. Cuando esas prácticas se formalizan, empiezan a contarse. La formalización financiera no solo cambia cómo se endeudan los hogares: cambia también qué tan visible es ese endeudamiento.

El quinto punto sostiene que no se trata de una empresa, sino de una revolución que llegó para quedarse. Más allá del ciclo político, se atraviesa una transformación profunda en los medios de pago que redefine la relación cotidiana con el dinero. La digitalización forma parte de un proceso global que no depende de una empresa ni de una tecnología en particular. Por eso, la discusión corre el riesgo de quedarse corta si se limita a las prácticas comerciales de un actor.

Los procesos sociales detrás de esta transformación —la caída de los ingresos, la desigualdad del crédito y la sedimentación de la deuda como forma de vida— tienen una duración mucho mayor que la de sus protagonistas de hoy. La propuesta es volver a mirar el bosque cuando el árbol ocupa todo el campo de visión.

Fuente: LA NACION

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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