Compraron un olivar abandonado en Córdoba y hoy producen uno de los aceites premiados del país
Dos emprendedores recuperaron un campo de Luyaba con olivos de más de 80 años y elaboran 5.000 litros anuales de aceite de oliva virgen extra orgánico, además de una línea de biocosmética

Diego Niembro y Josefina Di Pace compraron hace dos décadas un campo abandonado en Luyaba, un pequeño pueblo al pie de las sierras de Traslasierra, en Córdoba. Allí recuperaron un olivar con ejemplares de más de 80 años y hoy producen unos 5.000 litros al año de aceite de oliva virgen extra orgánico que fue premiado en concursos internacionales.
El emprendimiento se llama Chacras de Luyaba y ocupa quince hectáreas. A los olivos antiguos, que todavía se riegan mediante acequias alimentadas por agua de las sierras, sumaron unas 1.000 plantas nuevas de cultivo orgánico que les proveen la materia prima para el aceite y para una línea de biocosmética natural.
Cuando conocieron Traslasierra, hace 25 años, la pareja empezó a imaginar un proyecto vinculado con este cultivo. De jóvenes eligieron viajar y buscar el contacto con la naturaleza, y uno de esos viajes los llevó por primera vez a la región cordobesa. La tranquilidad de los paisajes, la calidad de vida y la calidez de su gente hicieron que las visitas se volvieran cada vez más frecuentes, hasta que surgió la posibilidad de tener su propio lugar en Luyaba.
El proyecto arrancó con un olivar que necesitaba ser recuperado. Antes de pensar en producir hubo que volver a poner en marcha las plantas y restaurar el campo. Los primeros años fueron de trabajo y aprendizaje: instalarse en una de las casas abandonadas del lugar, arreglarla de a poco y avanzar sobre el olivar. Eso fue esencial para conocer el cultivo de cerca y comprender el funcionamiento del sistema de riego por acequias, que también repararon.
La ayuda de un conocido fue clave. Cerca suyo estaba la figura de un amigo cuyo padre había sido durante años presidente del Comité Olivícola Argentino, una especie de escuela informal que le permitió acercarse al mundo del aceite de oliva y entender que el campo era el verdadero punto de partida.
La cosecha dura dos meses, abril y mayo, se realiza totalmente a mano y comienza muy temprano por la mañana. La fruta se recoge en el punto justo entre la inmadurez y la madurez, un poco verde y otro poco cubierta de tonalidades violetas y negras. En la finca prensan el mismo día para lograr aceites orgánicos de alta calidad.
“La frescura se logra a partir de procesar la aceituna el mismo día que se cosecha, manteniendo el aroma, el sabor a fruta fresca y sus propiedades intactas”, explica Niembro. “El equilibrio viene dado por una cosecha temprana y por un blend de variedades típicas de la zona, como Picual, Manzanilla, Nevadillo y Arbequina, que vamos procesando según su grado de maduración”, agrega.
Después de la cosecha, las aceitunas llegan a la planta de extracción, donde se les quitan las hojas y se las lava. Luego ingresan en la maquinaria y el aceite se bombea a los tanques, donde decanta durante unos 25 días antes del filtrado y el embotellado. El sistema utiliza tecnología moderna de tres fases: molienda, amasado y centrifugado.
El productor destaca que sus aceites tienen acidez inferior al 0,20% y una alta concentración de polifenoles, compuestos reconocidos por sus propiedades antioxidantes y antiinflamatorias. En 2026 obtuvieron una medalla de oro en Olive Japan, además de una mención especial y una medalla de oro en Olivinus.
“El terruño de Traslasierra, con la acumulación sedimentaria de la Sierra Grande de Córdoba, sumado a las temperaturas y al microclima de esta región, que tiene una gran cantidad de días soleados al año, es clave”, señala Niembro. Esa combinación influye directamente en la calidad de las aceitunas y del aceite.
El emprendimiento forma parte del Camino del Olivo, una propuesta en la que distintas fincas productoras de la zona abren sus puertas para mostrar los olivares y difundir la cultura del aceite de oliva. Además de los aceites, en la tienda se comercializa la línea Jardines de Luyaba, una colección de biocosmética basada en el olivo que incluye aceites corporales, tónicos, sérums, jabones, mascarillas y cremas faciales y corporales.
La historia de Chacras de Luyaba se suma a otros proyectos que nacen de recursos naturales y se sostienen con trabajo artesanal, como los ladrillos con arena del desierto o la cosmética artesanal de Sabe a Rama.
Por qué importa
El caso muestra cómo un campo abandonado puede reconvertirse en un negocio rentable y premiado, con producción orgánica y trabajo artesanal. Afecta a productores y consumidores que buscan aceites de calidad y a una región que apuesta al turismo olivícola.
Qué sigue
Chacras de Luyaba seguirá abierta al público los fines de semana como parte del Camino del Olivo. Resta ver si amplía su producción o su línea de biocosmética en los próximos años.
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