La trampa del garante: por qué los recursos argentinos no alcanzan para insertarse en el mundo
Un análisis advierte que tener gas, litio y alimentos no equivale a tener opciones: sin reglas que sobrevivan a la alternancia política, el capital no llega.

La Argentina tiene gas, litio, cobre, alimentos, capacidad nuclear y capital humano en un momento en que la rivalidad entre Estados Unidos y China y la competencia por los minerales críticos revalorizan esos activos. Sin embargo, un análisis plantea que confundir lo que el país posee con lo que puede hacer es el error de fondo de su diplomacia económica. Un activo no es todavía una opción.
El gas de Vaca Muerta solo se convierte en una alternativa internacional cuando existen gasoductos, plantas de licuefacción, financiamiento y contratos. Nada de eso llega si quien debe financiarlo duda de que las reglas vayan a durar. La geología es estable; la política argentina, menos.
El razonamiento, según este enfoque, se apoya en una asimetría clásica de la inversión de largo plazo. Antes de invertir, el inversor tiene poder: puede elegir Chile, Australia o Perú. Una vez construida la mina o la planta, el capital queda hundido y el poder pasa al país anfitrión, que puede modificar impuestos, retenciones o reglas cambiarias. El inversor anticipa esa posibilidad y la descuenta desde el primer día.
Un proyecto minero o energético se piensa a 25 años, durante los cuales habrá unas seis elecciones presidenciales. Si el partido que estableció las reglas tiene un 70% de probabilidades de ganar cada elección y la oposición, si gana, las revierte, la probabilidad de que esas reglas sobrevivan es de 0,7 multiplicado por sí mismo seis veces, es decir, un 12%. Si la oposición respetara las reglas la mitad de las veces que ganara, subiría al 38%; si las respetara nueve de cada diez veces, llegaría al 83%. Son números hipotéticos para ilustrar un problema real.
Cuando sucede esto, el gobierno cae en la llamada trampa del garante. Su estrategia para construir credibilidad propia destruye la del país, porque le muestra al inversor que los compromisos dependen de quién gobierne. La trampa tiene dos mitades y cada fuerza suele ocupar una.
Los gobiernos de centroderecha viajan al exterior con una promesa y una advertencia: ellos respetarán las reglas, pero la oposición, si vuelve, podría deshacerlas. La oposición, por su parte, denuncia contratos abusivos y promete revisarlos. Ambos comportamientos tienen lógica electoral. El inversor, sin embargo, no oye que el gobierno es confiable: oye que la Argentina solo es confiable mientras gobierne ese partido.
Cuanto más insiste un gobierno en que solo él puede garantizar la estabilidad, más revela que esa estabilidad depende de su permanencia en el poder. Lo que suma credibilidad partidaria resta credibilidad nacional. Es un dilema de acción colectiva, porque la credibilidad nacional funciona como un bien común del que todos quieren beneficiarse y que pocos tienen incentivos para preservar.
La trampa se alimenta a sí misma. Ante la incertidumbre, los inversores exigen garantías adicionales, como estabilidad fiscal, arbitraje internacional y condiciones favorables. Esas concesiones se convierten después en un blanco político. La oposición denuncia que el gobierno regaló los recursos; el gobierno responde que sin esos beneficios nadie habría invertido. Cuanto más cuesta conseguir credibilidad, más difícil resulta conservarla.
Durante décadas, las instituciones internacionales ayudaron a atenuar este problema. La OMC, los tratados de inversión, el FMI o los acuerdos regionales elevaban el costo de incumplir. Ese mundo está cambiando: la competencia geopolítica devolvió protagonismo a los acuerdos bilaterales, los subsidios, los controles de exportación y las cadenas de suministro organizadas según criterios de seguridad nacional. La credibilidad se vuelve más importante justo cuando resulta más difícil importarla. Hay que producirla en casa.
La solución no consiste en que oficialismo y oposición compartan un programa económico. Las democracias existen para elegir entre alternativas. En el ejercicio de las seis elecciones, el número decisivo era la probabilidad de que quien recupera el poder mantenga las reglas que encontró. Ese número no depende de la buena voluntad, sino de lo que cada partido gane o pierda al mantenerlas.
Acuerdos legislativos amplios, reglas claras para revisar contratos y compromisos cuyos beneficios sobrevivan al gobierno que los firmó pueden ayudar. El desafío es que deshacer lo hecho cueste más que conservarlo. La rivalidad entre Estados Unidos y China ha vuelto más valiosos los recursos argentinos, pero no necesariamente ha vuelto más autónomo al país. Para eso hace falta transformar activos en inversiones, inversiones en opciones y opciones en capacidad de negociación. Y esa cadena requiere algo menos espectacular que el litio o Vaca Muerta: reglas que sobrevivan a la alternancia política.
Por qué importa
La credibilidad del país define si los proyectos de litio, gas y cobre se financian. Si cada gobierno desacredita a su sucesor, el inversor descuenta el riesgo y exige más concesiones, que después se vuelven blanco político.
Qué sigue
La discusión sobre acuerdos legislativos amplios y reglas de revisión de contratos que sobrevivan a un cambio de gobierno, el punto que define si los activos se transforman en capacidad de negociación.
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