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Unabomber, la nueva película de Netflix: Russell Crowe brilla, pero el guion queda a mitad de camino

La cinta de Janus Metz con Jacob Tremblay y Shailene Woodley alterna entre el retrato psicológico de Ted Kaczynski y un procedural del FBI que nunca termina de encajar.

Redacción••4 min de lectura
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Crítica de Unabomber: Netflix tenía una historia fascinante, pero se queda a medio camino

Unabomber, la nueva película de Netflix dirigida por Janus Metz, parte de una historia real con todos los ingredientes para convertirse en un thriller absorbente: un prodigio matemático que entró a Harvard con solo 16 años, experimentos psicológicos cuestionables, una radicalización progresiva y una investigación del FBI que durante años no pudo ponerle rostro a uno de los terroristas domésticos más buscados de Estados Unidos. El problema es que el film intenta abarcar dos historias al mismo tiempo y nunca decide cuál le interesa contar de verdad.

Por momentos parece un retrato psicológico sobre la juventud de Ted Kaczynski, sobre todo cuando Jacob Tremblay entra en contacto con el profesor Henry Murray, interpretado por Russell Crowe. En otros, se convierte en un procedural más convencional que sigue a una agente del FBI encarnada por Shailene Woodley mientras busca pistas lingüísticas dentro del manifiesto del Unabomber. Las dos líneas tienen elementos interesantes, pero casi nunca se alimentan entre sí con la fuerza necesaria para justificar que compartan película.

La juventud de Ted Kaczynski, lo más interesante

La decisión más atractiva del guion de Sam Chalsen y Nelson Greaves es empezar a observar a Kaczynski mucho antes de que se convirtiera en el hombre que aterrorizó a Estados Unidos con una campaña de bombas enviadas por correo durante años.

En 1958 aparece un Ted Kaczynski de apenas 16 años, muy inteligente, socialmente incómodo y poco preparado para moverse en un entorno universitario lleno de estudiantes mayores. Tremblay transmite bien esa sensación de adolescente colocado en un mundo para el que está preparado intelectualmente, pero emocionalmente fuera de lugar.

Ahí entra Henry Murray, profesor de Harvard y psicólogo implicado en controvertidos experimentos que sometían a estudiantes a niveles extremos de presión psicológica. Kaczynski participó realmente en esas pruebas, aunque la película adopta una interpretación muy concreta al sugerir que esas experiencias pudieron jugar un papel importante en su radicalización posterior.

El problema es que esa conexión resulta mucho más contundente dentro de la película que en la realidad documentada. El propio Kaczynski restó importancia después al impacto de aquellos experimentos, por lo que conviene entender que Unabomber dramatiza una posible explicación, no resuelve por qué terminó convirtiéndose en terrorista. Cuando la película permanece en Harvard, esa ambigüedad es interesante. Cuando la convierte en causa y efecto, pierde fuerza.

Russell Crowe, el que más eleva el material

Russell Crowe es la presencia más sólida del reparto. Su Henry Murray combina una aparente cordialidad académica con algo bastante más inquietante que aparece poco a poco detrás de cada conversación.

Murray observa a Kaczynski como estudiante, pero también como material de laboratorio. Hay cierta admiración intelectual hacia él, aunque nunca suficiente para impedir que termine sometiéndolo a un experimento pensado para desmontar sus convicciones y estudiar cómo responde bajo presión.

Las mejores escenas llegan cuando ambos personajes se enfrentan intelectualmente, porque ahí Unabomber deja de ser una recreación rutinaria de hechos conocidos y se acerca a algo más perturbador: la idea de un joven vulnerable observado por adultos que consideran su sufrimiento una oportunidad científica.

Es una pena que la película no profundice más en esa relación, porque Crowe parece estar interpretando una película con más capas que la que finalmente lo rodea.

Jacob Tremblay tiene una tarea casi imposible

Interpretar a Ted Kaczynski con 16 años plantea un problema evidente: la película necesita que veamos a un adolescente brillante, aislado e inseguro sin convertir cada gesto en una señal del monstruo en el que sabemos que terminará. Jacob Tremblay funciona bien cuando muestra esa juventud. Su aspecto y su forma de relacionarse dejan claro que Kaczynski es un muchacho rodeado de adultos que sabe mucho más de matemáticas que de personas.

Sin embargo, cuando el guion subraya su deterioro psicológico, la interpretación se vuelve más limitada. Hay demasiadas miradas tensas, respuestas abruptas y gestos diseñados para recordarnos que estamos viendo al futuro Unabomber.

La culpa no es solo del actor. El guion parece tener miedo de permitir que Kaczynski resulte simplemente difícil de interpretar, y termina acumulando síntomas y señales que conducen al espectador hacia una explicación concreta. Una historia así necesitaba lo contrario: más preguntas y menos flechas señalando respuestas.

La investigación del FBI parece de otra película

La segunda línea temporal lleva hasta 1995, cuando el FBI sigue intentando identificar al hombre que lleva años enviando bombas y publicando textos contra la tecnología y la sociedad industrial. Ahí aparece Shailene Woodley como Joanne Miller, una agente ficticia que empieza a cuestionar el perfil psicológico usado por la investigación y cree que el manifiesto de Kaczynski puede contener las pistas para identificarlo.

Sobre el papel, la idea tiene sentido. Contraponer al joven Ted con los investigadores que intentan comprender al hombre en el que se convirtió podía crear un diálogo interesante entre ambas épocas. El problema es que esa conexión casi nunca aparece.

Por qué importa

La película pone sobre la mesa el debate sobre los experimentos psicológicos de Harvard y la radicalización de Kaczynski, un caso que marcó la historia del terrorismo doméstico en Estados Unidos. Para el público argentino, es una oportunidad de ver cómo Netflix aborda hechos reales controvertidos.

Qué sigue

Unabomber ya está disponible en Netflix. El film abre la discusión sobre si Hollywood debería seguir dramatizando casos reales de terroristas sin resolver del todo las preguntas que plantea.

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