Estilo de Vida

Arantxa, la española de 34 años que dejó la ciudad para criar a sus hijos en una aldea de Asturias

Con dos hijos pequeños y una casa abandonada durante tres décadas, ella y su pareja apostaron por una vida entre montañas, lejos del miedo urbano.

Redacción••3 min de lectura
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Arantxa, la española de 34 años que dejó la ciudad para criar a sus hijos en una aldea de Asturias

Arantxa, una española de 34 años, dejó la ciudad junto a su pareja, Saúl, para criar a sus dos hijos en una pequeña aldea de Asturias, en el norte de España. La familia reconstruyó una casa que llevaba unos 30 años abandonada y hoy vive rodeada de montañas y naturaleza, con el objetivo de que los chicos crezcan con más autonomía y menos miedo.

La decisión se gestó durante la pandemia, cuando la pareja empezó a cuestionar el ritmo de vida que llevaba. Buscaban tranquilidad, contacto con la naturaleza y un entorno donde Gala, de cinco años, y Arturo, de tres, pudieran jugar al aire libre sin las restricciones de la ciudad.

"Lo pensamos mucho y vimos que queríamos más libertad y tranquilidad", explicó Arantxa. La mujer es oriunda de Pulpí, en Almería, mientras que Saúl proviene del norte de Palencia. Fue en Asturias donde encontraron el escenario que buscaban para concretar su proyecto familiar.

El motivo central de la mudanza fue la crianza. Arantxa considera que en muchos entornos urbanos los chicos perdieron la libertad de jugar solos o de pasar horas al aire libre. "Yo pensaba en el futuro de mis hijos y me decía: no quiero que crezcan en un sitio donde haya miedo", sostuvo.

Su preocupación se vincula con una transformación que muchas familias perciben: la pérdida de autonomía infantil y la desaparición de los espacios donde los chicos pueden jugar libremente. El tránsito, la inseguridad, las agendas sobrecargadas y el uso creciente de pantallas modificaron las experiencias cotidianas de la infancia.

La importancia del juego no es solo una percepción familiar. UNICEF destaca que el juego es una herramienta fundamental para el desarrollo emocional, social y cognitivo de los niños, porque favorece la creatividad, la autonomía y la capacidad de resolver problemas. La Organización Mundial de la Salud, en sus directrices de 2019 sobre actividad física para menores de cinco años, subraya la necesidad de promover el movimiento cotidiano y reducir el sedentarismo.

Sin embargo, los especialistas advierten que el bienestar infantil depende de múltiples factores. Vivir en el campo no garantiza por sí solo una crianza más saludable: los vínculos afectivos, la educación, la seguridad y el acceso a servicios siguen siendo centrales. En ese punto, la experiencia de Arantxa y Saúl muestra que la cercanía de servicios también pesa: la escuela está a unos diez minutos y cuenta con transporte escolar, comedor y actividades extraescolares.

Cuando Arantxa llegó a Asturias estaba embarazada de su primera hija. Después de buscar durante bastante tiempo, la pareja encontró una propiedad que llevaba aproximadamente tres décadas cerrada y que estaba prácticamente en ruinas. Lejos de desanimarse, decidieron reconstruirla. Recuperaron estructuras de piedra y madera, conservaron una cocina tradicional de leña y comenzaron a trabajar el terreno con la intención de cultivar alimentos, plantar árboles frutales y tener animales.

La vida rural también tiene dificultades. Arantxa reconoce que mudarse al campo no significa necesariamente ahorrar dinero. La autosuficiencia requiere conocimientos, inversión, paciencia y mucho trabajo, y por ahora todavía deben comprar buena parte de los alimentos que consumen.

"Los límites nos los ponemos nosotros mismos", reflexionó Arantxa, convencida de que muchas decisiones importantes comienzan cuando se anima a cuestionar aquello que parecía establecido. Su experiencia no implica que todas las familias deban abandonar las ciudades ni que la vida rural sea una solución universal, pero invita a pensar qué lugar ocupan el tiempo, la libertad y la naturaleza en la infancia contemporánea.

Por qué importa

La historia refleja una discusión creciente entre las familias sobre la autonomía infantil, el uso de pantallas y el acceso a espacios verdes. También muestra que la vida rural no es una solución automática: exige inversión, trabajo y acceso a servicios como la escuela.

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