Historia

Cinco bronces franceses que decoraron el Pabellón Argentino y sobreviven en Buenos Aires

El edificio se construyó en París para la Exposición Universal de 1889, funcionó como Museo Nacional de Bellas Artes y fue demolido en 1933. Sus esculturas tuvieron un derrotero largo hasta sus ubicaciones actuales.

Redacción••4 min de lectura
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Cinco bronces franceses en Buenos Aires

El Pabellón Argentino se demolió en 1933 en Buenos Aires, como parte de la ampliación de la plaza San Martín. El edificio había sido construido en París para la Exposición Universal de 1889, a metros de la Torre Eiffel, y su autor, el arquitecto francés Albert Ballu, convocó a artistas de renombre para decorarlo. Cinco bronces franceses integraban ese conjunto ornamental y hoy siguen dispersos en distintos puntos de la ciudad.

El pabellón llegó al país en 1890, se rearmó frente a la plaza en 1893 y se inauguró el 14 de abril de 1894 como centro de diversión y esparcimiento. El proyecto fracasó en lo comercial y el edificio tuvo varios usos: muestras, beneficios, bailes y festejos patrios. Participó de la Exposición Nacional de 1898, pasó a manos de la Unión Industrial en 1900 y entre 1911 y 1932 alojó al Museo Nacional de Bellas Artes.

El exterior estaba adornado con grandes grupos escultóricos cuyo derrotero fue largo hasta encontrar su ubicación actual. El más importante, obra del escultor Jean Hugues, ocupaba el centro de la fachada principal, sobre la calle Arenales. Tocada con un gorro frigio, una joven con un toro a sus espaldas está acompañada de figuras que evocan la agricultura, la ganadería, la industria y el comercio; el hombre de la izquierda sostiene una locomotora.

Ese bronce ocultaba un secreto: fue vaciado por la firma parisina Thiébaut Frères después de finalizada la exposición, por lo que no fue parte del pabellón en París. Su lugar lo ocupaba una versión en yeso pintada de dorado, como el resto de la estructura metálica. A principios de la década de 1940 se lo ubicó en un patio de las Escuelas Raggio, en Libertador y General Paz.

Hugues nació en Marsella en 1840, estudió con Dumont y Bonaissieux, obtuvo el Prix de Rome en 1875 y recibió numerosas distinciones en su carrera. Murió en París en 1930. El Museo Nacional de Bellas Artes conserva una maqueta en yeso de esta obra, donada por María Rosa Lezica de Pirovano en 1946.

Los cuatro pilones esquineros del pabellón estaban coronados con mástiles rodeados de grupos alegóricos, obra de Louis-Ernest Barrias. Eran dos motivos repetidos, ambos con una fama, figura femenina alada que toca una trompeta. Llama la atención la profusa decoración de las bases de los mástiles, porque originalmente estaban a una altura que no habría permitido apreciar esos detalles.

Una joven que sostiene un arado representa a La Agricultura. Su mano izquierda descansa sobre un escudo nacional y la rodean espigas de trigo y bolsas de cereal. En la otra alegoría, un hombre de piernas cruzadas sostiene con su mano izquierda un timón decorado con un pez volador. También presenta un escudo nacional y a su lado se ve una bolsa y frutas: uvas y, de manera inesperada, un ananás.

Muchos autores y las placas al pie de sus ubicaciones actuales llaman a este grupo La Navegación, pero el sustantivo es femenino tanto en castellano como en francés. La investigadora Sonia Berjman comenta que el ananás provendría de la confusión existente entonces en Francia sobre los países sudamericanos, vistos como «una gran selva», y remite a los artículos del paisajista Édouard André sobre esa fruta, poco conocida en ese país, en la Revue horticole.

El mismo tema, denominado Comercio Marítimo e incluyendo el timón y un monstruo marino, obra de Jean Turcan, aparece en la decoración interior del pabellón, en una de las cuatro pechinas de la cúpula principal, pero con figura femenina, tal vez por homogeneidad con sus tres compañeras.

Solamente dos de estos bronces, también de Thiébaut, fueron parte del pabellón en París; los otros dos, como el de Hugues, eran yesos. Para septiembre de 1889 la crisis económica que se avecinaba en Argentina era insoslayable. Cuando el delegado de la comisión en París pidió estimados del costo del desarmado allí y del rearmado en Buenos Aires, la cifra fue tal que se decidió vender el edificio una vez clausurada la exposición, a principios de noviembre.

El pliego de condiciones del remate informaba que dos de las alegorías eran bronces y las otras dos, yesos pintados de dorado. Las otras cuatro esculturas estaban en el atelier del escultor, lo que revela que los otros dos bronces fueron vaciados después de la inauguración de la muestra. Hubo solo dos interesados y ambos declinaron al enterarse del costo de desarmado y rearmado. Días antes del remate, el intendente porteño Francisco Seeber acordó con el gobierno transportar el pabellón a Buenos Aires, compartiendo los gastos.

Por qué importa

Las esculturas son un testimonio material de un edificio clave en la historia cultural argentina, hoy desaparecido. Su derrotero revela cómo la crisis de 1890 y las decisiones de la época marcaron el patrimonio que llegó al país.

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