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Dejó Wall Street y se mudó a un pueblo de Colorado: "Me sentía asfixiada"

Allison Snyder abandonó su trabajo en un estudio jurídico de Nueva York y se instaló en un valle al sur de Telluride, pero la comunidad cerrada la llevó a replantear todo.

Redacción••4 min de lectura
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Dejó Wall Street y se mudó a un pueblo de Colorado: "Me sentía asfixiada"

Allison Snyder tenía 34 años cuando dejó su trabajo en un estudio jurídico de Wall Street, en Nueva York, y se mudó a un valle al sur de Telluride, en Colorado, Estados Unidos. Lo hizo a comienzos de 2017, después de pasar un año de campamento por el oeste del país, convencida de que encontraría una forma de vida más simple y conectada con la naturaleza.

El cambio, sin embargo, no salió como esperaba. La comunidad del lugar le resultó cerrada y difícil de integrar, y con el tiempo empezó a extrañar aquello que había dejado atrás. Su historia, contada por ella misma en una entrevista, muestra el reverso de la mudanza al campo que tantos imaginan como una salida.

Durante años había ascendido dentro del estudio jurídico, pero se sentía agotada y desconectada del entorno natural. Tras renunciar, recorrió el oeste de Estados Unidos sin tener claro dónde establecerse. En ese viaje llegó a Telluride, donde la sorprendieron los colores del paisaje, las crestas de las montañas y las manadas de alces que cruzaban el valle. Cuando decidió volver a un sitio fijo, eligió un valle al sur de ese pueblo.

Los primeros meses reforzaron la impresión de haber acertado. Tenía senderos y picos de más de 3962 metros cerca de su casa. En invierno observaba las aves sobre la nieve y cortaba leña para el fuego; en primavera veía reverdecer los álamos y regresar a las marmotas después de la hibernación.

Al terminar el primer año, la sensación cambió. La comunidad le resultaba cerrada y, en lugar de sentirse recibida, con frecuencia le preguntaban por qué estaba allí o cómo había descubierto el lugar. Vivía en una localidad de menos de 200 habitantes, con una economía impulsada por el sector inmobiliario y el turismo, y percibía poca diversidad entre la población.

"Por mucho que disfrutara vivir en las montañas, nunca sentí del todo que perteneciera a mi pueblo", explicó sobre aquellos años. También echaba de menos el contacto habitual con personas de orígenes distintos.

Cuando estaba cerca de buscar otro lugar, comenzó una relación con quien hoy es su esposo, que llevaba casi 20 años en la zona. Describió ese vínculo como una especie de "curita": además de darle compañía, estar en pareja con alguien considerado local hizo que otros la recibieran con más frecuencia.

Durante los cinco años siguientes intentó echar raíces. Como gran parte de su trabajo era remoto, se ofreció como voluntaria en un equipo cercano de esquí nórdico y en un programa local de mentoría, y trabajó a tiempo parcial en un alojamiento dedicado al esquí de travesía. Esas actividades le permitieron conocer gente con intereses parecidos, como las carreras por senderos y el montañismo, aunque no encontró los vínculos duraderos que buscaba.

También pasó un año en el gobierno local, donde aprovechó su formación jurídica: investigó asuntos planteados por residentes y trabajó para resolverlos. Una tarea que al principio percibió como valorada terminó por resultarle frustrante. Sostuvo que encontró resistencia al cambio y actitudes despectivas vinculadas con su género, distintas de las que había visto en su carrera en Wall Street, un ámbito dominado por hombres. Renunció al puesto. "Ese esfuerzo, como todos los demás intentos por echar raíces, me dejó sintiéndome más aislada", señaló.

Cada vez que consideraba marcharse, el paisaje pesaba en la decisión. Se preguntaba dónde podría encontrar cañones y senderos similares y concluía que ningún otro sitio le parecía comparable. Durante la pandemia, además, creció la llegada de personas que dejaron zonas más densamente pobladas para instalarse en pequeños pueblos de montaña, lo que volvió todavía más difícil abandonar un lugar que se había vuelto muy buscado.

Para 2023 empezó a salir del pueblo con regularidad por viajes de trabajo. Asistía a conferencias en distintas ciudades y extendía las estadías para recorrerlas, visitar museos y conocer gente. Así reconoció que había pasado de un extremo al otro. "En Nueva York, la parte de mí que amaba el consuelo del canto de los pájaros y los largos días en las montañas se sentía asfixiada, y en el área de Telluride, la parte de mí con más curiosidad cultural se sentía asfixiada", explicó.

Snyder concluyó que necesitaba un sitio donde combinar lo que valoraba de ambos estilos de vida. Los viajes le permitieron dejar atrás lo que definió como "un paraíso de montaña que en realidad no era un paraíso para mí". Ella y su esposo vendieron la casa en las montañas y todavía buscan el lugar que mejor se adapte a los dos, con una vida repartida entre Italia y Nuevo México.

Por qué importa

El caso muestra el reverso del ideal de mudarse al campo: la soledad y la dificultad para integrarse a comunidades pequeñas pueden pesar más que el paisaje. Es un espejo de la ola de gente que dejó las grandes ciudades tras la pandemia.

Qué sigue

Snyder y su esposo todavía buscan el lugar definitivo donde combinar naturaleza y vida cultural. La historia no tiene un cierre: la pareja sigue evaluando alternativas entre Italia y Nuevo México.

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